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El proceso de Bolonia y la filosofía

by Jorge Ledo on Marzo 5, 2009

in notas

Me lanzan la pregunta —o el guante— a través de otro blog acerca de cómo afectará el proceso de Bolonia al ámbito de los estudios filosóficos. La pregunta tiene su aquel, como decimos los gallegos, porque presupone que el programa marco de Bolonia y su aplicación implican la herida de muerte a las humanidades y a la posibilidad de que los estudiantes desarrollen capacidades más allá de las técnicas en la Universidad.

Como algunos lectores saben, no soy precisamente el más indicado para hablar de Bolonia, mi filiación a la universidad española termina precisamente cuando el proyecto comienza a tomar forma y cuando las instituciones tienen que empezar a considerar seriamente la modificación de sus estructuras para aplicar el nuevo programa. Mientras todo esto comenzaba a pasar, yo me trasladé a Escocia, a la Universidad de Aberdeen. Las diferencias entre el programa de enseñanza de universidades españolas y británicas era clara: de partida, muchos de los cursos que en España eran obligados en el Reino Unido sencillamente no existían. El contraste era perceptible en el sentido de que uno se planteaba que los alumnos no contaban con una formación generalista al terminar sus estudios universitarios, algo incomprensible en España.

España frente a Europa

Debo decir antes de continuar que mi experiencia en el Reino Unido está ligada a un centro de investigación multidisciplinar —Centre for Modern Thought— donde conviven historiadores de la ciencia —Mario Biagioli—, historiadores y teóricos del lenguaje cinematográfico —Kriss Ravetto—, directores de cine —Raúl Ruiz—, antropólogos —Daniel James, James Leach y Trevor Stack—, filósofos —Alberto Moreiras, Petar Bojanic—, teóricos críticos —Christopher Fynsk, Nadia Kiwan—, físicos teóricos —Celso Grebogi—, juristas —Tony Carti—, politólogos —Mustapha Kamal Pasha, John Paterson—, teólogos —Joachim Schaper— e historiadores de la literatura y la cultura—Cairns Craig, Michael Syrotinski, Nikolaj Lübecker, Nerea Arruti, Julia Biggane, Teresa Vilarós, Nick Nesbitt—. La manera de cohesionar a un grupo tan variopinto y a sus estudiantes se realiza a través de seminarios semestrales donde todos los miembros participan y de frecuentes conferencias y congresos donde se invita a especialistas mundiales en muy diversos campos. En el Centro no existen cursos al uso tradicional. Si enseñamos, lo hacemos en las disciplinas que nos conciernen, pero el Centro en sí mismo es un lugar de encuentro, de discusión y de investigación. Esta fórmula convierte la formación universitaria en una experiencia muy distinta a cursar un doctorado convencional, y tiene sus ventajas y sus inconvenientes que creo que dan una pauta a aquellos que están atemorizados por el programa de Bolonia.

Aberdeen University Campus

Entre las ventajas hay que destacar una formación mucho más amplia que la de cualquier otro programa de doctorado que conozca: como alumno, uno decide sobre qué quiere investigar y la manera en que quiere hacerlo, y a cambio se le ofrece un enorme abanico de posibilidades de enfoque, además de conocer de primera mano investigaciones y tendencias en disciplinas que en principio le están vedadas. Esto por sí mismo no tiene precio. Las desventajas son también claras, al menos desde una perspectiva externa: no hay una estructura aparente que permita dar coherencia al currículo, no hay un dominio exclusivo de especialización y la investigación particular es una tarea individual. Digo que son desventajas que se asimilan luego en la estructura mayor que es la del Centro, puesto que a posteriori esa investigación específica debe ser formulada de manera significativa para el resto de miembros, de manera que fuerza a una disciplina de trabajo y de escritura enormemente estimulantes y particulares.

En el sistema británico la formación difiere en gran medida dependiendo del centro universitario donde uno se forme y de las características del departamento que lo acoja. Sin duda, una de las diferencias con respecto a España es la falta de uniformidad en los programas de licenciatura. Si uno estudia en un departamento de literatura volcado, digamos, en literatura latinoamericana, poco verá de literatura medieval o renacentista, pero frente al inmovilismo habitual en España —cada vez menos— en el Reino Unido, como en Estados Unidos, es muy frecuente que los estudiantes se desplacen para estudiar sus doctorados a centros donde se encuentran los profesionales que les interesan. De hecho, el doctorado se concibe como el verdadero ámbito de especialización frente a la licenciatura, que suele funcionar de una manera muy particular: gran cantidad de alumnos se mueven entre varias disciplinas y el resultado final es una incógnita hasta que tienen que decidir hacia dónde enfocarán su carrera profesional.

¿El resultado? Bien, mi percepción es que en lo que respecta al estudiante licenciado medio, en España suelen tener una formación más sólida o, al menos, más estructurada. Pero a diferencia de España, los estudiantes en el mundo anglosajón acaban sus estudios con la capacidad suficiente para desempeñar la profesión escogida. Una diferencia que llama enormemente la atención con respecto al estudiante de licenciatura español es la confianza en el sistema, por una parte, y la independencia y la madurez para modificar el currículo de acuerdo con los intereses que el estudiante va desarrollando progresivamente. Y eso, desde mi punto de vista, es una ventaja sobre nosotros.

Bolonia puede tener muchas cosas malas, sin duda, como todo programa educativo de ambiciones tan amplias, pero tiene algunas buenas. La primera y más importante, convierte la educación universitaria en un lugar donde se forman profesionales. Por aberrante que pueda resultar a los puristas, la Universidad ya no es la misma que hace 20 años: el número de alumnos y de licenciados es tan vasto que requiere de este tipo de estrategias para darle coherencia y entidad a una institución que en principio no está diseñada para acoger una población estudiantil tan amplia. Es preciso que se formen profesionales que sean capaces de adquirir habilidades para el mundo real, y si Bolonia logra esto, merecerá la renuncia a ciertos aspectos: Primum uiuere…

Sobre la renuncia y la dependencia institucional

Durante todos estos meses he leído muchas columnas y artículos de colegas acerca de Bolonia. Sinceramente, en ellos uno encuentra de todo y no es justo —puesto que encierra una falsedad— generalizar. Pero quiero dirigirme a aquellos que temen Bolonia y la tratan como el apocalipsis de la cultura occidental tal y como la conocemos. Una de las cosas que a uno le sorprende cuando pasa cierto tiempo en otras instituciones universitarias es la dependencia que nosotros, los profesionales que trabajamos en ellas, creamos en torno a la institución.

La Universidad es para la amplísima mayoría de sus usuarios —uso el término a conciencia— parte de un proceso, no un fin en sí misma. La mayor parte de los estudiantes la observan con una perspectiva utilitaria y eso no es necesariamente malo. Para aquellos que amamos las humanidades, en toda la grandeza de la palabra, tampoco debe ser un problema que nuestras instituciones no nos presten la atención debida. No vivimos en un tiempo donde sea difícil realizar proyectos paralelos o complementarios a los que se desarrollan en la Universidad y, si uno teme o mira con reservas a Bolonia, es una época excepcional para llevarlos adelante. Si Bolonia molesta, hoy como nunca contamos con los medios para ser independientes de las instituciones y realizar proyectos de muy largo alcance con una inversión mínima.

Rackham Amphitheater

A nadie se le escapa que, en el ámbito profesional, las humanidades tienen cada vez una audiencia menor pero, por otra parte, es mucha la gente que tiene un interés legítimo por ellas fuera de una línea curricular definida. El conflicto se presenta cuando uno quiere apoyo institucional para algo que no genera ese interés en una audiencia determinada. Uno no puede depender de una institución para que dé importancia a su trabajo si este consiste, supuestamente, en tratar temas de interés universal. Si un profesional en la historia de la filosofía —que no es lo mismo que un filósofo—, en la historia de ciencia —que no es lo mismo que un científico—, en la historia del arte —que no es lo mismo que un artista— o en la historia de la literatura —que no es lo mismo que un literato— no se esfuerza en convertir su campo de interés en algo atrayente, entonces el problema no es social ni institucional, es un problema de enfoque de su colectivo determinado y como tal hay que afrontarlo.

¿Hacia donde dirigir la crítica para que sea constructiva?

José Luis Molinuevo lo ha dicho de manera muy clara en su blog: antes de que los círculos de profesionales universitarios dedicados a las humanidades se lancen contra Bolonia, sería conveniente que echaran un vistazo a la situación social de su profesión; porque hay algunos problemas y algunas cuestiones que urgen bastante más que el cambio de un modelo educativo, que siempre puede solventarse por numerosos medios. Cerraré con las preguntas que creo que todos ellos (nosotros) debiéramos hacernos antes de continuar protestando contra Bolonia.

  1. ¿Sirve el sistema educativo actual para formar la capacidad crítica? En caso de ser así, por qué la demanda de plazas en el dominio de las letras decrece de manera constante, por qué se cacarea día sí día también la crisis de las humanidades. La historia de la filosofía solo enseña historia de la filosofía, y prenteder que la filosofía desaparecerá si la disciplina lo hace del currículo es una falacia histórica —hay una enorme cantidad de filósofos de primera talla que poco o nada tuvieron que ver con una institución similar a la Universidad— y una bofetada a cualquier cosa remotamente parecida a un razonamiento lógico.

  2. ¿Hay una demanda social real de los contenidos creados en departamentos universitarios del ámbito de letras? Una cosa que me sorprende siempre que atiendo a una conferencia en Estados Unidos sobre filosofía, literatura o historia del arte es que la amplia mayoría de asistentes no estudian algo remotamente parecido a lo que se trata en ellas. Recuerdo hace años, hablando con uno de los editores más importantes de España en el ámbito de las humanidades, que comentábamos cómo en nuestro país era impracticable realizar colecciones como las que se hacían en Italia, en Francia, en Alemania, o en el mundo anglosajón. La razón es que en estos países existía un público potencial para esas publicaciones que no había en castellano. La pregunta siguente es clara:

  3. ¿Qué sucede en esos países, que cuentan en ocasiones con un ámbito lingüístico mucho menor que el del castellano, que no pasa en el nuestro? Tras ojear el perfil del lector competente en ellos, la respuesta no permite el escaqueo: nuestros vecinos, tradicionalmente, han valorado siempre una práctica de escritura mucho más considerada con el neófito. Hay colecciones que permiten cubrir de manera satisfactoria una materia y tienden un puente para el que las lee con textos más especializados. Existe una ética de la escritura que enseña a sacrificar el dato por la historia que se cuenta, y esto es algo que nunca he visto enseñar en ninguna universidad española y sí, por el contrario, se tiene muy en cuenta en las universidades extranjeras.

  4. De todo ello deriva una práctica que me parece que ha sido, y sigue siendo, la más contraproducente de todas en el mundo de la alta cultura en castellano, y es el ostracismo de los profesionales que se dedican a enseñarla. Sistemáticamente, cuando uno lee una columna en la prensa donde se alerta contra el fin de las humanidades, jamás se expone de manera clara y convincente —más importante la segunda que la primera— qué se pierde con su desaparición, y lo que es más importante, rara vez la alerta va más allá de cuestiones de corrección gramatical o de la importancia de conocer las raíces latinas y griegas del castellano.

  5. Un intelectual, un auténtico intelectual, tiene una vocación infinita no por el claustro ni por el refectorio, sino por trabajar en lo que legítimamente cree que es importante y por hacerlo visible y comprensible —con éxito, se entiende— a la sociedad que paga con sus impuestos el mantenimiento del archivo donde pasa abnegadamente su vida, del refectorio donde escribe y de la palestra desde la que comunica. El ejercicio realmente perjudicial es el contrario: defender la centralidad del claustro y del refectorio y considerar como secundarias —sino terciarias o cuaternarias— la divulgación y la transparencia de la investigación. Y si molesta al erudito, es quizás porque el erudito necesita la cura de humildad que Bolonia le está dando.

  6. La última y la más importante: ¿Por qué está la universidad sola plantando cara al programa de Bolonia?




Vivimos en un mundo extraño, en un mundo donde Brad Pitt ha hecho más por la Ilíada que toda la crítica en castellano del siglo XX, donde Oliver Stone ha hecho más por Plutarco o Quinto Curcio Rufio que toda la helenística hispana y donde Zack Snyder ha hecho por Diodoro Sículo y Heródoto lo que parecía imposible. Verlo así es, evidentemente, injusto; pero no por injusto menos cierto. En fin, sigo creyendo que nuestra tarea es hoy, más que nunca, la de formar lectores y ciudadanos con capacidad crítica. Pero creo que la capacidad crítica comienza en primer lugar por uno mismo, y la independencia institucional —si es que la institución molesta— puede ser una de las prácticas más sanas que los hipercríticos con Bolonia pueden llevar adelante. El cuerpo universitario, el cuerpo de docentes en secundaria es materia aparte y digna de todo elogio, debería tomar muy en serio los retos que le propone Europa y, ante todo, un público —la sociedad que los pare y los nutre— que tienen desde tiempo inmemorial abandonado.

Dejo aquí algunos sitios que se han unido a esta propuesta de hablar de la filosofía en el marco de Bolonia: Phiblógsopho, El espejo de la realidad, Antes de las Cenizas, … En caso de haber más que han seguido el meme, siempre pueden dejar el enlace en los comentarios de las entradas citadas o en los de esta.

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