Ficta eloquentia

Retórica, política y poética medieval y renacentista. Silva de varia lección

Etiqueta: Robert Darnton

Google, Robert Darnton y la República de las Letras digital

Anaclet Pons ya había tra­duci­do la primera colum­na que Robert Darn­ton escribió para la New York Review of Books acer­ca de Google Books —mis impre­siones sobre ella podéis leer­las aquí— para incor­po­rar­la a un intere­sante mono­grá­fi­co de la revista Pasajes. Hoy ha subido a su muy recomend­able blog, Clio­nau­ta, la tra­duc­ción de la segun­da colum­na que Darn­ton le ha ded­i­ca­do al tema. En vista de las moles­tias que Ana­clet se toma por difundir las ideas de Darn­ton, me he deci­di­do a tra­ducir y pon­er a vues­tra dis­posi­ción la respues­ta que Paul N. Courant —his­to­ri­ador y econ­o­mista de la Uni­ver­si­dad de Michi­gan— le ha ded­i­ca­do a este tex­to. Courant la ha subido a su blog y la ha envi­a­do a la New York Review of Books.

Como sabéis, este año estoy en la Uni­ver­si­dad en la que Courant tra­ba­ja. Esta fue, jun­to con Har­vard, el primer cen­tro académi­co de Esta­dos Unidos que se tomó seri­amente la dig­i­tal­ización de su fon­do bib­li­ográ­fi­co, mucho antes de que Google existiera. Courant ha cono­ci­do de primera mano todo el pro­ce­so —tan­to el pre­vio a Google como el pos­te­ri­or— y ofrece en su tex­to un enfoque a medio camino entre la economía y la bib­liote­conomía que puede —y debe— servir para mati­zar el pes­imis­mo de la últi­ma colum­na de Darn­ton.

Frente a los tex­tos pre­vios en la New York Review of Books, esta colum­na ha sido redac­ta­da por un econ­o­mista que ha tenido car­gos de respon­s­abil­i­dad en la Bib­liote­ca de la Uni­ver­si­dad de Michi­gan, un entorno idó­neo para cono­cer el tra­ba­jo de Google, puesto que el gigante de Cal­i­for­nia tiene una de sus cen­trales en Ann Arbor. He numer­a­do los pár­rafos del tex­to de Courant para facil­i­tar su con­sul­ta, su cita y las ref­er­en­cias a él en los comen­tar­ios.


V. C. Vickers - The Google Book (1913)

1. Mi cole­ga y ami­go Robert Darn­ton es un his­to­ri­ador mar­avil­loso y un ele­gante escritor. Su visión utópi­ca de una infraestruc­tura dig­i­tal para una nue­va Repúbli­ca de las letrasGoogle and the Future of Books», New York Review of Books, 12 de enero de 2009) ele­va el espíritu. Sin embar­go, su idea acer­ca de que hubiera cualquier posi­bil­i­dad de que el Con­gre­so y la Bib­liote­ca del Con­gre­so pudier­an haber imple­men­ta­do esa visión en la déca­da de los noven­ta es una fan­tasía utópi­ca. A su vez, su pun­to de vista sobre el mun­do que podría emerg­er como resul­ta­do del vol­ca­do dig­i­tal de obras bajo dere­cho de autor es una fan­tasía dis­tópi­ca.

2. El Con­gre­so, al que Darn­ton imag­i­na invir­tien­do dinero y real­izan­do cam­bios de leg­is­lación que hubier­an hecho que las obras descat­a­lo­gadas aún suje­tas a dere­cho de copia —la vas­ta may­oría de tex­tos pub­li­ca­dos durante el siglo XX— estu­vier­an dig­i­tal­mente disponibles bajo unos tér­mi­nos razon­ables, jamás mostró interés alguno en lle­var a cabo algo por el esti­lo. Antes bien: aprobó la Dig­i­tal Mil­len­ni­um Copy­right Act y la Son­ny Bono Copy­right Term Exten­sion Act. (Después ven­dría la High­er Edu­ca­tion Oppor­tu­ni­ty Act, que obliga a las insti­tu­ciones académi­cas a vig­i­lar su ámbito elec­tróni­co a la búsque­da de vio­la­ciones de los dere­chos de copia). No es sor­pren­dente: los comités que escriben la ley de dere­chos de copia están dom­i­na­dos por rep­re­sen­tantes que cuidan de Hol­ly­wood y de otros que poseen los dere­chos. Su idea sobre la Repúbli­ca de las Letras es una donde todo el mun­do que algu­na vez ha leí­do, escucha­do o vis­to casi cualquier cosa debería pagar… cada vez que lo haga.

3. El Tri­bunal Supre­mo, que tuvo la opor­tu­nidad de lim­i­tar la exten­sión de un dere­cho de explotación ya demasi­a­do largo (como Darn­ton, creo que 14 años ren­ov­ables otros 14 es más que sufi­ciente para lograr los propósi­tos del dere­cho de copia), rehusó hac­er­lo (con solo dos votos en con­tra) en el caso de Eldred con­tra Ashcroft, sen­ten­ci­a­do en 2003. Al con­trario: reforzó la sen­ten­cia con leg­is­lación opues­ta a los prin­ci­p­ios fun­da­men­tales del dere­cho de copia rec­om­pen­san­do a autores que lle­van tiem­po muer­tos y previnien­do así que nue­stro lega­do cul­tur­al apareciera en el dominio públi­co.

4. Resum­ien­do, durante algo más que la últi­ma déca­da la políti­ca públi­ca ha sido con­sis­ten­te­mente peor que inútil para ayu­dar a hac­er la may­or parte de las obras del siglo XX sus­cep­ti­bles de búsque­da y uso bajo for­ma dig­i­tal. Esta es la alter­na­ti­va a la que debe­mos some­ter la eval­u­ación de Google Book Search y el acuer­do de Google con edi­tores y autores.

5. En primer lugar, debe­mos recor­dar que has­ta que Google anun­ció en 2004 que iba a dig­i­talizar las colec­ciones de algu­nas de las bib­liote­cas más grandes del mun­do, abso­lu­ta­mente nadie tenía un plan para una dig­i­tal­ización masi­va a la escala requeri­da. Bib­liote­cas bien dotadas, incluyen­do Har­vard y la Uni­ver­si­dad de Michi­gan, esta­ban embar­cadas en esfuer­zos de dig­i­tal­ización a un rit­mo menor de 10.000 volúmenes anuales. Google llevó la dis­cusión direc­ta­mente a dece­nas de miles de volúmenes por sem­ana e hizo factible la meta de dig­i­talizar (casi) todo. Ten­demos a pen­sar aho­ra que la dig­i­tal­ización masi­va es tarea fácil. Hace menos de cin­co años pen­sábamos que su cos­to la hacía imprac­ti­ca­ble.

6. El cen­tro de la fan­tasía dis­tópi­ca de Darn­ton sobre el acuer­do de Google deri­va direc­ta­mente de la per­spec­ti­va de que «Google dis­fru­tará de aque­l­lo que solo puede ser denom­i­na­do como un monop­o­lio […] de acce­so a la infor­ma­ción». Pero Google no goza de nada pare­ci­do a un monop­o­lio al acce­so de la infor­ma­ción en gen­er­al, ni a la infor­ma­ción que se encuen­tra en los libros que están suje­tos a los tér­mi­nos del acuer­do. Para empezar, y esto es un enorme ben­efi­cio públi­co por sí mis­mo, has­ta el 20% de los con­tenidos de los libros podrá leerse de man­era abier­ta por cualquiera que posea una conex­ión a Inter­net, y todo su con­tenido estará index­a­do y podrá ser someti­do a búsquedas. Más aún, Google está oblig­a­do a proveer el famil­iar link «encuén­tralo en una bib­liote­ca» en todos los libros que se ofre­cen en el pro­duc­to com­er­cial. Esto es, si tras leer el 20% de un libro un usuario quiere más y encuen­tra el pre­cio por el acce­so on-line exce­si­vo, se le mostrarán una lista de las bib­liote­cas que dispo­nen de un ejem­plar, pudi­en­do diri­girse a ellas o hac­er uso del prés­ta­mo inter­bib­liote­cario. Esto debili­ta de man­era clara el poder de mer­ca­do del pro­duc­to de Google. De hecho, es mucho mejor que la situación actu­al, donde los usuar­ios de Google Book Search solo puede leer frag­men­tos, no el 20% del libro, y des­de ahí deben decidir si han encon­tra­do lo que bus­ca­ban.

7. Darn­ton está tam­bién pre­ocu­pa­do por la posi­bil­i­dad de que Google peque de avari­cia gra­van­do los pre­cios, uti­lizan­do estrate­gias comunes en muchos edi­tores de lit­er­atu­ra cien­tí­fi­ca que con­ll­e­van un enorme coste para las bib­liote­cas académi­cas, sus uni­ver­si­dades y, al menos igual­mente impor­tante, para los usuar­ios poten­ciales que sen­cil­la­mente care­cen de acce­so a ellas. Sin embar­go, las car­ac­terís­ti­cas del mer­ca­do de los artícu­los de cien­cia y tec­nología son fun­da­men­tal­mente dis­tin­tas de las que cor­re­spon­den al vas­to cor­pus de lit­er­atu­ra descat­a­lo­ga­da que alber­gan las bib­liote­cas uni­vesi­tarias. Este con­sti­tuirá el grue­so de obras que Google venderá en lugar de los propi­etar­ios de los dere­chos de copia bajo el acuer­do de aven­imien­to. En la actu­al­i­dad, la pro­duc­ción de lit­er­atu­ra cien­tí­fi­ca requiere un acce­so inmedi­a­to y de cal­i­dad al resto de lit­er­atu­ra cien­tí­fi­ca que se está pro­ducien­do: uno no puede pub­licar, o con­seguir becas y ayu­das económi­cas sin un acce­so de estas car­ac­terís­ti­cas. Los edi­tores lo saben, y gra­van con­se­cuente­mente. Par­tic­u­lar­mente los pre­cios de los artícu­los indi­vid­uales son muy ele­va­dos, lo que apoya las licen­cias escan­dalosa­mente ele­vadas que pagan las uni­ver­si­dades por el acce­so a sus bases de datos. En el caso de Google, al haber muchas vías para el acce­so a la may­or parte de los libros que se venderán gra­cias al acuer­do, su pre­cio será segu­ra­mente jus­to y bajo, lo que con­ll­e­vará bajos pre­cios por las licen­cias de acce­so a su base de datos. De nue­vo, «encuén­tralo en una bib­liote­ca» empare­ja­do con una gen­erosa vista pre­via del títu­lo, no podría diferir más de la prác­ti­ca empre­sar­i­al de muchos edi­tores de revis­tas cien­tí­fi­cas, téc­ni­cas y médi­cas.

8. Hay otra razón para creer que los pre­cios no serán “injus­tos”: Google está mucho más intere­sa­da en hac­erse con públi­co para googlizar prác­ti­ca­mente todo que en hac­er dinero a través de ven­tas direc­tas. La man­era de atraer a la gente a la lit­er­atu­ra a través de Google es con­ver­tir­lo en un pro­ce­so sen­cil­lo y que com­pense a los lec­tores. Para las obras bajo dominio públi­co, Google ya provee libre acce­so y con­tin­uará hacién­do­lo. Para las obras suje­tas al acuer­do con las casas edi­to­ri­ales, parece que ofre­cerá una inter­faz bien dis­eña­da, la vista pre­via de un 20% de la obra y pre­cios razon­ables. Jun­to a ello, las bib­liote­cas que no se suscrib­an al pro­duc­to con­tarán con un ter­mi­nal con acce­so gra­tu­ito a su fon­do para el dis­frute de los usuar­ios. Esto aumen­ta el ben­efi­cio públi­co deriva­do del acuer­do tan­to por vía direc­ta como por per­mi­tir un canal de dis­tribu­ción que no requiere pago a Google ni a los dueños de los dere­chos de explotación.

9. El acuer­do dista de ser per­fec­to. La prác­ti­ca amer­i­cana de hac­er planes públi­cos medi­ante arbi­trio pri­va­do está muy lejos de ser per­fec­ta. Pero en ausen­cia del acuer­do —inclu­so si Google se ha impuesto sobre las deman­das de edi­tores y autores— no ten­dríamos la infraestruc­tura dig­i­tal que dé soporte a la Repúbli­ca de las Letras del siglo XXI. Ten­dríamos índices y frag­men­tos y no habría man­era de leer una can­ti­dad sus­tan­cial de cualquiera de los mil­lones de libros online en juego. El acuer­do nos da una vista pre­via de una vas­ta can­ti­dad de con­tenido, y la prome­sa de fácil acce­so al resto, y de esta man­era pro­mueve enorme­mente el bien públi­co.

10. Por supuesto, preferiría la bib­liote­ca uni­ver­sal; pero estoy bas­tante con­tento con la libr­ería uni­ver­sal. A fin de cuen­tas, las libr­erías son buenos sitios para leer libros y después decidir si com­prar­los o ir a la bib­liote­ca a leer algo más.

Paul N. Courant.

Nota: Esta car­ta rep­re­sen­ta mi pun­to de vista, y no el de la Uni­ver­si­dad de Michi­gan, ni el de ninguno de sus depar­ta­men­tos o bib­liote­cas.

Sumo los vín­cu­los a algu­nas de las ref­er­en­cias de Courant: Dig­i­tal Mil­len­ni­um Copy­right Act, Son­ny Bono Copy­right Term Exten­sion Act, High­er Edu­ca­tion Oppor­tu­ni­ty Act y Eldred con­tra Ashcroft. Espero que el tex­to os haya gus­ta­do tan­to como a mí y os ani­mo a que util­icéis los comen­tar­ios.

Digitalizando todos los libros del mundo

He leí­do con suma aten­ción el artícu­lo que Jean-Claude Gué­don ha escrito como répli­ca a otro artícu­lo que mi admi­ra­do Robert Darn­ton escribió en The New York Review of Books hace un mes y medio.

Darn­ton alaba­ba de man­era opti­mista las ven­ta­jas que tiene la dig­i­tal­ización de libros en la actu­al­i­dad, y cómo el proyec­to de Google Books con­ducirá a nue­vo modo de inves­ti­gar, deter­mi­na­do por el acce­so inmedi­a­to a la infor­ma­ción; giro este, sólo equipara­ble al que supu­so la gen­er­al­ización de la imprenta en Europa durante la segun­da mitad del siglo XV y comien­zos del siglo XVI. En sus propias pal­abras:

In 2006 Google signed agree­ments with five great research libraries—the New York Pub­lic, Har­vard, Michi­gan, Stan­ford, and Oxford’s Bodleian—to dig­i­tize their books. Books in copy­right posed a prob­lem, which soon was com­pound­ed by law­suits from pub­lish­ers and authors. But putting that aside, the Google pro­pos­al seemed to offer a way to make all book learn­ing avail­able to all peo­ple, or at least those priv­i­leged enough to have access to the World Wide Web. It promised to be the ulti­mate stage in the democ­ra­ti­za­tion of knowl­edge set in motion by the inven­tion of writ­ing, the codex, mov­able type, and the Inter­net.

Como Darn­ton sug­iere en otro lugar del artícu­lo, su acer­camien­to al proyec­to de Google es el de un entu­si­as­ta, un eru­di­to, un his­to­ri­ador de la cul­tura, que com­prende las difi­cul­tades de su ofi­cio y que ve las posi­bil­i­dades de ahor­ro de tiem­po y de recur­sos tan­to para el inves­ti­gador como para la per­sona intere­sa­da por la cul­tura. Has­ta aquí nue­stro entu­si­as­mo es com­par­tido. Sin embar­go, Gué­don pone de man­i­fiesto var­ios aspec­tos que pare­cen escapárse­le a Darn­ton:

* El modo en que Google limi­ta el libre uso de esos tex­tos.
* El modo en que Google se con­vierte en medi­ador nece­sario entre el obje­to cul­tur­al y el lec­tor.

A mí, como usuario con una pro­fun­da con­vic­ción sobre las bon­dades de los tex­tos dig­i­tales —y con una bib­liote­ca dig­i­tal propia que comien­za a ser la pesadil­la de cualquier dis­co duro— me intere­sa espe­cial­mente la primera. Pero Gué­don argu­men­ta de modo con­vin­cente la indis­ol­u­bil­i­dad de ambas.

Cuan­do uno accede a Google Books y pasa allí una tarde, aca­ba lle­gan­do a la con­clusión de que se tra­ta de un espa­cio mal pen­sa­do. Digo esto porque a mí se me ocur­ren bas­tantes más cosas que hac­er con los libros que las que se me per­miten. La primera de ellas es realizar búsquedas cruzadas medi­ante oper­adores booleanos en un con­jun­to de tex­tos que yo eli­ja, la segun­da es com­pro­bar las ocur­ren­cias de un con­jun­to deter­mi­na­do de fór­mu­las tex­tuales para iden­ti­ficar esti­los, fuentes y demás, y así un largo etcétera. Es evi­dente, como bien expli­ca Gué­don, que Google nece­si­ta lim­i­tar el acce­so y el tratamien­to de los libros en orden a pro­te­ger su “mod­e­lo de nego­cio”, y es evi­dente que el lec­tor que no hace de la lec­tura y del análi­sis tex­tu­al su tra­ba­jo ape­nas notará esta difer­en­cia a la hora de acced­er a los libros.

Aquí entramos en otro prob­le­ma impor­tante: exis­ten lec­tores intere­sa­dos en muchos de los temas que ocu­pan a los his­to­ri­adores; pero son pocos los que pueden aprox­i­marse a ellos con cier­ta desen­voltura —¿y quién lo hace?, en real­i­dad— a ellos. El tra­ba­jo del his­to­ri­ador es describir, expon­er, sin­te­ti­zar los datos de modo claro para que la inter­pretación pos­te­ri­or de los mis­mos alber­gue un mín­i­mo interés para el lec­tor cul­to; de no ser así, su tra­ba­jo habrá de rein­ter­pre­tarse o quedar rel­e­ga­do al olvi­do.

GoogleBooks

Prob­a­ble­mente todos los libros del mun­do acaben por dig­i­talizarse, y ello trans­for­mará indud­able­mente nue­stro modo de rela­cionar­los con el libro, la infor­ma­ción y la his­to­ria. En un futuro quizás no muy lejano, el tra­ba­jo de los pro­fe­sores de humanidades estará mucho más cen­tra­do en enseñar cómo ges­tionar los con­tenidos que en los con­tenidos mis­mos, o sen­cil­la­mente desa­pare­cerá. Esto plantea nuevos retos: el giro en el mod­e­lo educa­ti­vo, si las estruc­turas más escle­ro­ti­zadas del sis­tema lo per­miten, va a ser rad­i­cal. Aquí es fun­da­men­tal alla­nar el camino no al cam­bio, y sí a la dura batal­la por man­ten­er el sen­ti­do de toda esa masa informe. Está en juego, en el fon­do, el modo en que el pen­samien­to occi­den­tal se rela­ciona con su his­to­ria y, val­ga la redun­dan­cia, con la his­to­ria de su pen­samien­to. Si nos preparamos para el cam­bio, ver­e­mos estu­dios que durante el siglo pasa­do eran impens­ables por ambi­ciosos y com­ple­jos; si no, el hecho de ten­er dig­i­tal­iza­dos todos los libros del mun­do prob­a­ble­mente solo sig­nifique una excusa para la desapari­ción de la memo­ria y de las ende­bles rela­ciones que hemos crea­do entre ellos durante sig­los. Del mis­mo modo, cam­biará el hábito de lec­tura y de análi­sis con él. Aho­ra bien, para que esto suce­da es pre­ciso que se creen las her­ramien­tas nece­sarias y se com­pren­dan de modo claro las vías para sim­pli­ficar o com­plicar infini­ta­mente la con­sul­ta de tex­tos y demás mate­ri­ales.

Google limi­ta estas posi­bil­i­dades, parado­jas de los nuevos tiem­pos, al ofre­cer­los. Su papel como medi­ador, como señala Gué­don, hace que las mis­mas bib­liote­cas con las que tra­ba­ja no puedan explo­rar el autén­ti­co poten­cial de una inmen­sa bib­liote­ca dig­i­tal. Suma­do a esto, el tra­ba­jo de dig­i­tal­ización de Google es un tan­to mediocre en oca­siones, no solo por lo que toca a la cal­i­dad de la res­olu­ción, sino a errores de bul­to en repeti­ción y omisión de pági­nas, como señal­a­ba Robert B. Towsend en otro artícu­lo que —de momento[^1]— es de ref­er­en­cia sobre el par­tic­u­lar, o tam­bién las ref­er­en­cias en xml, bib­tex y demás, que son un 90% de las veces erróneas.

Hay ini­cia­ti­vas que pre­tenden cam­biar esta situación con muy diver­sos logros. En esta entra­da sólo haré ref­er­en­cia a dos de ellas como mod­e­los dis­tin­tos de tra­ba­jo y de per­spec­ti­vas:

* Por una parte, The Euro­pean Library, un proyec­to que tiene como meta a largo pla­zo dig­i­talizar todos los doc­u­men­tos del viejo con­ti­nente y que sin embar­go tiene todo el aspec­to de ir a la deri­va pre­cisa­mente porque no com­prende, como le pasa a Gal­li­ca —inclu­i­da en ésta—, que no bas­ta con la pres­en­cia de imá­genes mon­tadas en un pdf, si no ofre­cen un tex­to que pue­da ser ras­trea­do.

* Por otra, The Inter­net Archive, que últi­ma­mente se está con­vir­tien­do en mi repos­i­to­rio favorito por varias razones: la primera es que se tra­ta de una platafor­ma libre y abier­ta, donde hay tex­tos dig­i­tal­iza­dos por multi­na­cionales como microsoft, por enti­dades y archivos públi­cos, por usuar­ios par­tic­u­lares, y for­man un gran colec­ti­vo con un interés con­tin­uo por mejo­rar la cal­i­dad de sus con­tenidos y ampli­ar­la. The Inter­net Archive no se limi­ta a hac­er aco­pio de tex­tos, sino que alber­ga con­tenidos de todo tipo, que o bien han per­di­do sus dere­chos de copia pri­va­da, o bien han sido crea­d­os bajo una licen­cia Cre­ative Com­mons, o bien han sido don­a­dos por sus autores o por casas edi­to­ri­ales que poseían los dere­chos. Lo bueno de Inter­net Archive es que tiene detrás una comu­nidad muy críti­ca y muy acti­va, un grupo amplio y prepara­do de comis­ar­ios (cura­tors) que se encar­gan de revis­ar, reseñar y recomen­dar los con­tenidos.

Por supuesto, ningu­na de las dos real­iza la tarea que he men­ciona­do ante­ri­or­mente, inclu­so Google Books sigue sien­do supe­ri­or en posi­bil­i­dades de búsque­da. Pero me parece que Inter­net Archive cuen­ta con un fac­tor que va a ser esen­cial en el futuro de la lec­tura y el estu­dio en Inter­net: la creación de una comu­nidad críti­ca y espe­cial­iza­da en torno a esos con­tenidos. Se tra­ta una de las dos piezas, sien­do la otra la creación de instru­men­tal semán­ti­co y rela­cional ade­cua­do, esen­ciales para que las bib­liote­cas vir­tuales no cor­ran la suerte de las bib­liote­cas tridi­men­sion­ales. Y a mí me fasci­na la idea de con­ver­tirme en bib­liote­cario, aunque sea un bib­liote­cario modesto y acha­coso, de este mun­do vir­tu­al.

**********

Algunas lecturas de interés para una postura coherente hacia Google Books:

* Google Books vs. Bison, de Mark J. Lud­wig y Mar­garet R. Wells. Estu­pen­do artícu­lo de The Library Jour­nal escrito des­de el pun­to de vista de doc­u­men­tal­is­tas y bib­liote­car­ios, que con­trastan el uso de Google Books con el sis­tema de infor­ma­ción bib­li­ográ­fi­ca de la Uni­ver­si­dad de Buf­fa­lo (BISON), los resul­ta­dos del análi­sis derivan en la der­ro­ta abso­lu­ta de Bison ante el gigante de Sil­i­con Val­ley. Las con­clu­siones, me parece, las cor­rec­tas: tenien­do en cuen­ta el pro­gre­so en la dig­i­tal­ización de fon­dos enormes, la car­rera ya está per­di­da en cuan­to a la creación de más doc­u­men­tos, pero la creación de ser­vi­cios en torno a los archivos es el que ofrece un cam­po ilim­i­ta­do de posi­bil­i­dades, a la vez que prác­ti­ca­mente desier­to por el momen­to.

* Para los ataques de dis­tin­tos gru­pos edi­to­ri­ales Europeos y algu­nas de sus insti­tu­ciones con­tra Google Books, puede verse lo que ha pasa­do en Fran­cia (1, 2, 3 y 4) o en Ale­ma­nia. Y, por con­traste, todo (1, 2 y 3) lo que ha pasa­do en España.

* Para las bon­dades de Google Books den­tro del ámbito académi­co —fuera de artícu­los de opinión como el men­ciona­do de Darn­ton—, puede entrarse con buen pie vía el análi­sis que Gre­go­ry Crane le dedicó al auge de las bases tex­tuales en inter­net hace un par de años y a las ideas de Tim O’Reilly sobre las necesi­dades de com­putar toda la masa bib­li­ográ­fi­ca que apor­ta el repos­i­to­rio y algunos ejem­p­los de cómo serían mod­e­los bási­cos de análi­sis. Está claro que tam­bién puede acud­irse a este recorte del doc­u­men­tal «El mun­do según Google» que habla de Google Books:

* Por últi­mo, me que­da hac­er ref­er­en­cia a la lista de recur­sos para la inves­ti­gación en Inter­net que Antho­ny Grafton hizo en The New York­er hará cosa de un año. Es a su vez una fenom­e­nal intro­duc­ción al uso de las bases de datos y las bib­liote­cas vir­tuales por oposi­ción a los archivos clási­cos.

[^1]:

Digo de momen­to porque el pro­pio Google Books tiene her­ramien­tas para señalar estos errores de modo que puedan ser sub­sana­dos y cor­regi­dos con cier­ta celeri­dad.

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