En 1971, en la Uni­ver­si­dad de Illi­nois at Urbana-Cham­paign, un joven de 23 años decidió sen­tarse frente al tecla­do de una com­puta­do­ra. Era el 5 de julio y en su mochi­la había una copia de la Declaración de Inde­pen­den­cia de los Esta­dos Unidos que le habían regal­a­do el día ante­ri­or. Fue pre­cisa­mente el 4 de julio, el primer día que la Uni­ver­si­dad le había per­mi­ti­do acced­er a un fla­mante Xerox Sig­ma V sin restric­ciones de tiem­po. El joven, hala­ga­do por el priv­i­le­gio e intim­i­da­do por el desem­bol­so económi­co de la Insti­tu­ción, ya había toma­do la decisión de hac­er que su tra­ba­jo con la máquina revirtiera en ben­efi­cio de la comu­nidad.

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