Que Eras­mo había toma­do bue­na nota de las lec­ciones apren­di­das durante sus escarceos corte­sanos y que comen­z­a­ba a com­pren­der las ven­ta­jas de una fama lit­er­aria que iba a cobrar tintes leg­en­dar­ios que­da claro durante la segun­da déca­da del siglo XVI, cuan­do sabrá hac­erse acree­dor del apoyo y de la pro­tec­ción de lo más grana­do de la rama seglar de la aris­toc­ra­cia y de la monar­quía euro­peas —Enrique VIII de Inglater­ra, Fran­cis­co I de Fran­cia, el emper­ador Car­los V— y de la reli­giosa —Julio II, León X y Clemente VII entre ellos—. En cualquier caso, esta pro­tec­ción estu­vo mar­ca­da por altiba­jos y, durante las dos últi­mas décadas de su vida, por situa­ciones que pusieron pau­lati­na­mente la pre­tendi­da impar­cial­i­dad del Rotero­damo al límite.

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