Ficta eloquentia

Retórica, política y poética medieval y renacentista. Silva de varia lección

Etiqueta: educación

Dart-Europe: El portal europeo de tesis en formato digital

Dart-Europe es el equiv­a­lente europeo al motor de búsque­da de Pro­quest para tesis doc­tor­ales real­izadas y defen­di­das en uni­ver­si­dades norteam­er­i­canas y cana­di­ens­es. Ha sido real­iza­da y pues­ta en fun­cionamien­to bajo los aus­pi­cios de LIBER (Ligue des Bib­lio­thèques Européenes de Recherche), que tam­bién está impli­ca­da en otros proyec­tos como Euro­peana, y está admin­istra­da por la Uni­ver­si­ty Col­lege de Lon­dres.

Se tra­ta de una platafor­ma que hacía tiem­po que era nece­saria. Aunque todavía no suple la con­sul­ta de catál­o­gos bib­li­ográ­fi­cos y la búsque­da en los ficheros de bib­liote­cas uni­ver­si­tarias, es un primer paso prom­ete­dor, y esto ya debería ser moti­vo de ale­gría para los inves­ti­gadores. Pero además, puede encon­trarse en su pági­na un amplio repos­i­to­rio de doc­u­mentación que infor­ma acer­ca del fun­cionamien­to, metas y prob­le­mas téc­ni­cos rela­ciona­dos con el proyec­to.

En prin­ci­pio, el por­tal se encar­ga de recoger los metadatos de tesis de doc­tor­a­do y de máster a través del pro­to­co­lo OAI-PMH, siem­pre que sean de libre acce­so y que puedan descar­garse, leerse y uti­lizarse libre­mente. Ya existe un amplio número de Uni­ver­si­dades que par­tic­i­pan en el proyec­to apor­tan­do sus bases de datos; la incor­po­ración de nuevas enti­dades es libre, así que si leéis esto des­de una Uni­ver­si­dad euro­pea que no aparece en la lista, sería una estu­pen­da idea pon­erse en con­tac­to con vues­tra bib­liote­ca y ani­mar­los, si es que no lo están hacien­do ya, a for­mar parte de la platafor­ma.

Para empezar una búsque­da, sólo tenéis que pin­char en la ima­gen bajo esta línea:

Dart-Europe

Como siem­pre, espero que os sea de util­i­dad.

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Blogs, universidad, humanidades y redes sociales

Parta­mos del tópi­co: Inter­net con­tiene cada vez más infor­ma­ción. Infini­ta­mente más, de hecho, de lo que cualquiera hubiera podi­do sospechar cuan­do todo esto empezó. Se nos comenta­ba por entonces que Inter­net cam­biaría el mun­do, aunque no se sabía muy bien cómo. Para quienes estu­vi­mos por aquí des­de el prin­ci­pio —aho­ra resul­ta que ya no somos “nativos dig­i­tales”, algo que pre­fiero no ser, si supone una lam­en­ta­ble pér­di­da de per­spec­ti­va históri­ca—, Labyrinth era uno de esos sitios que demostra­ban que Inter­net sería una her­ramien­ta impre­scindible. Despier­ta una son­risa ver aho­ra por dónde ha ido la red des­de 1994 y darse cuen­ta de que la ampliación de sus con­tenidos no hubiera tenido sen­ti­do sin el “giro social” que aho­ra la sus­ten­ta.

La mis­ión de los blogs y de las redes sociales es tan com­ple­ja y polié­dri­ca como uno quiera. Algunos las usan para suplir la soledad real con la socia­bil­i­dad vir­tu­al, otros para dar a cono­cer sus proyec­tos, otros para ten­er un espa­cio vis­i­ble en la red y así has­ta el infini­to. Pero hay algo en común a todos ellos: por ínfi­mos que sean, siem­pre debe haber con­tenidos.

A raíz de mi entra­da ded­i­ca­da a la Filología His­páni­ca, he dis­cu­ti­do con algunos cole­gas la razón de ten­er un blog; una dis­cusión para­lela, por cier­to, a otra con­ver­sación en mar­cha en el blog de un buen ami­go: Jon Beasley Mur­ray. Muchos com­pañeros insis­ten en que es una pér­di­da de tiem­po, dicen: «el tiem­po que inviertes en tu blog, es tiem­po que le restas a inves­ti­gar o a escribir pub­li­ca­ciones académi­cas». Y no les fal­ta razón, claro. Escribir un blog es un con­sumo de tiem­po y de energía con­sid­er­able, por mal que uno lo haga. Hay, sin embar­go, al menos una bue­na razón para tomarse la moles­tia: la creación de vín­cu­los entre con­tenidos que de otra man­era estarían per­di­dos en un caos informe. En este sen­ti­do, la escrit­u­ra puede con­ver­tirse en una mez­cla de eru­di­ción, archivís­ti­ca, his­to­ria y divul­gación muy atrac­ti­va.

Mapa de Internet - 15 de enero de 2006Les comenta­ba a estos cole­gas y ami­gos, que todos los libros que cono­cen, todas las rela­ciones que alber­ga su ilus­tre cabeza dejarán de exi­s­tir si no saben vert­er­las en Inter­net. Los libros que muchos amamos, los libros de mae­stros como Tof­fanin, Huizin­ga, Cur­tius, Yates, Garin, Kris­teller, Momigliano, Bak­tin y un inabar­ca­ble etcétera, son archivos de tex­to huér­fanos. Son tex­tos muer­tos. Nadie, o casi nadie, los ha eti­que­ta­do; nadie, sal­vo otros tex­tos que nacen tam­bién muer­tos, habla de ellos. Los nativos dig­i­tales no saben que exis­ten. Los his­to­ri­adores en gen­er­al, y los his­to­ri­adores de la cul­tura en par­tic­u­lar, deberían “perder más el tiem­po” reen­lazan­do esos con­tenidos den­tro de Inter­net, que algún día con­for­mará nues­tra his­to­ria y será nue­stro lega­do. Deses­ti­mar esta tarea es igno­rar la razón últi­ma de la pro­fe­sión. No están eti­que­tan­do y resum­ien­do el con­tenido en twine, deli­cious o mag­no­lia (q. e. p. d.); no están expli­can­do su impor­tan­cia y sus nex­os de conex­ión con otros con­tenidos en entradas de blogs, en la Wikipedia, en Free­base o en Knol; no están pre­sen­tán­do­los —a ami­gos y famil­ia, por ejem­p­lo— en sitios como face­book, tuen­ti, frien­feed; no están tro­ceán­do­los en twit­ter o dejan­do que los des­menuzen en menéame; etc. No bas­ta con subir con­tenidos a Inter­net. Hay tan­ta infor­ma­ción, en real­i­dad, que hac­er­lo sólo es el primer jalón del pro­ce­so, por más que la obsti­nación quiera con­fundir­lo con el pro­ce­so mis­mo.

Es posi­ble que de aquí en diez años, sal­vo los blogs —a pesar de su con­tin­uo esta­do ter­mi­nal— ninguno de esos nom­bres suene de nada. Alguien escribirá una entra­da igual que esta, y hablará de face­book o de twit­ter como yo acabo de hablar de Labyrinth. Ponién­donos bor­gianos, quizás sea yo mis­mo en este sitio o en otro com­ple­ta­mente dis­tin­to.

Se men­cionó tam­bién durante la con­ver­sación la cal­i­dad de los blogs: «no es una escrit­u­ra seria», coin­cidían. Estu­pid­ez, fal­ta de sen­ti­do del humor y de humil­dad, miedo al ries­go y a la exper­i­mentación es algo que por des­gra­cia sobra en el mun­do de la his­to­ria académi­ca. Mien­tras nosotros, que ten­emos años de for­ma­ción a nues­tras espal­das que han paga­do con sus impuestos los padres y abue­los de los nativos dig­i­tales, sig­amos pro­te­gién­donos tras las insti­tu­ciones y sus estrate­gias, mien­tras sig­amos de algu­na man­era ocul­tan­do —y no es fuerte el tér­mi­no— nues­tras inqui­etudes, intere­ses y gus­tos al mun­do, mere­cer­e­mos el ostracis­mo al que la sociedad nos con­de­na. Aho­ra mis­mo Inter­net es un mun­do sin explo­rar para la pro­fe­sión y no por fal­ta de mate­ri­ales. ¿Hay que men­cionar Euro­peana, Inter­net Archive, la Bib­liote­ca Nacional de Fran­cia o la British Library? Hace cin­cuen­ta años nue­stros mae­stros iban en pro­ce­sión a estos sitios a apren­der para después com­par­tir­lo con alum­nos y cole­gas. La pre­gun­ta jus­ta sería: ¿si estas insti­tu­ciones están aquí, dónde esta­mos nosotros exac­ta­mente?

En el mun­do de la inco­heren­cia más abso­lu­ta, la acad­e­mia se ded­i­ca aho­ra a recor­rer estos sitios des­de su ter­mi­nal para vol­car su con­tenido de nue­vo a papel. Tan­to se ha instau­ra­do la prédi­ca de que las humanidades sir­ven para for­mar la con­cien­cia críti­ca, que la con­cien­cia críti­ca —y el sen­ti­do común— parece haberse queda­do atrofi­a­da. Tam­bién se alzan voces en con­tra de la Uni­ver­si­dad como insti­tu­ción, pero nadie parece recor­dar ya la Uni­ver­si­dad como idea. ¿Por qué es minori­taria la pub­li­cación abier­ta de inves­ti­ga­ciones en Inter­net? ¿No se tra­ta de que la may­or parte de la gente acce­da a los con­tenidos? ¿No se tra­ta de hac­er que la cul­tura llegue al may­or número de per­sonas? ¿No se tra­ta de ayu­dar a enten­der y, en el diál­o­go, que nos ayu­den a enten­der mejor? Hace mucho tiem­po, y lo digo con tono amar­go, que este espíritu per­vive en los menos, y que­da en los más pros­ti­tu­i­do al ser­vi­cio de otro tipo de intere­ses bas­tante más mezquinos.

Hubo un tiem­po en que todo tex­to escrito era un acto de amor, no solo a la sabiduría, sino tam­bién al otro; cualquier escritor conoce mejor que nadie la ambiva­len­cia entre dis­frute, dolor y frus­tración que puede escon­der­se tras cada golpe de tecla. Una eti­mología muy sim­ple: ama­teur. Fue gra­cioso hablan­do con estos cole­gas que men­cionaran ama­teur, que no es lo mis­mo que afi­ciona­do, con cier­to des­pre­cio. Expon­erse y quer­er dar sal­i­da a tus inqui­etudes parece que despro­fe­sion­al­iza, cuan­do debiera alabarse. En la sociedad com­pet­i­ti­va y estúp­i­da en que vivi­mos ser divul­ga­ti­vo se con­funde —en no pocas oca­siones a mala fe— con saber menos, cuan­do lo que con­ll­e­va es saber más: comu­nicar, entre otras cosas. No tiene sen­ti­do dar a un lec­tor cuarenta ref­er­en­cias bib­li­ográ­fi­cas en cada entra­da. La escrit­u­ra debe man­ten­er un equi­lib­rio entre la infor­ma­ción que tienes y que merece la pena, y tus neu­ro­sis y trau­mas; si se pierde este pun­to de arranque uno ya no comu­ni­ca, diva­ga.

Manuel M. Almei­da tiene una frase en el encabeza­do de su blog, que reza “… al prin­ci­pio era el post”; me gus­taría que mis cole­gas vier­an Inter­net y la blo­gos­fera como el prin­ci­pio de algo. Releía hoy un libro clási­co (1 y 2) de Remi­gio Sab­ba­di­ni —Le scop­erte dei cod­i­ci lati­ni e gre­ci ne’ sec­oli 14 e 15— ded­i­ca­do a los motivos que impi­dieron a Europa olvi­dar su lega­do clási­co. Coluc­cio Salu­tati, Leonar­do Bruni, Pog­gio Brac­ci­oli­ni y tan­tos otros —nom­bres, me temo, oscuros sal­vo para el espe­cial­ista— recor­rieron las bib­liote­cas monás­ti­cas del con­ti­nente que habían per­maneci­do calladas durante sig­los, un silen­cio recrea­do magis­tral­mente por Umber­to Eco. Sin saber­lo, esta­ban preparan­do mate­ri­ales que ali­men­ta­rían a un nue­vo inven­to, la imprenta, que cam­biaría de modo rad­i­cal el acce­so a la infor­ma­ción en toda Europa. Quince años después de Labyrinth se nos comien­za a hac­er tarde. Y me ape­na que tal can­ti­dad de gente mucho más vál­i­da y capaz que yo no quiera ver la mar­avil­losa época que ten­emos por delante.

Quizás, solo quizás, “galopar” hoy por las regiones de Inter­net a la búsque­da de estos tesoros, y expli­car­le a quien ten­ga ganas de saber qué encier­ran, sea nues­tra mis­ión más impor­tante.

Google, Robert Darnton y la República de las Letras digital

Anaclet Pons ya había tra­duci­do la primera colum­na que Robert Darn­ton escribió para la New York Review of Books acer­ca de Google Books —mis impre­siones sobre ella podéis leer­las aquí— para incor­po­rar­la a un intere­sante mono­grá­fi­co de la revista Pasajes. Hoy ha subido a su muy recomend­able blog, Clio­nau­ta, la tra­duc­ción de la segun­da colum­na que Darn­ton le ha ded­i­ca­do al tema. En vista de las moles­tias que Ana­clet se toma por difundir las ideas de Darn­ton, me he deci­di­do a tra­ducir y pon­er a vues­tra dis­posi­ción la respues­ta que Paul N. Courant —his­to­ri­ador y econ­o­mista de la Uni­ver­si­dad de Michi­gan— le ha ded­i­ca­do a este tex­to. Courant la ha subido a su blog y la ha envi­a­do a la New York Review of Books.

Como sabéis, este año estoy en la Uni­ver­si­dad en la que Courant tra­ba­ja. Esta fue, jun­to con Har­vard, el primer cen­tro académi­co de Esta­dos Unidos que se tomó seri­amente la dig­i­tal­ización de su fon­do bib­li­ográ­fi­co, mucho antes de que Google existiera. Courant ha cono­ci­do de primera mano todo el pro­ce­so —tan­to el pre­vio a Google como el pos­te­ri­or— y ofrece en su tex­to un enfoque a medio camino entre la economía y la bib­liote­conomía que puede —y debe— servir para mati­zar el pes­imis­mo de la últi­ma colum­na de Darn­ton.

Frente a los tex­tos pre­vios en la New York Review of Books, esta colum­na ha sido redac­ta­da por un econ­o­mista que ha tenido car­gos de respon­s­abil­i­dad en la Bib­liote­ca de la Uni­ver­si­dad de Michi­gan, un entorno idó­neo para cono­cer el tra­ba­jo de Google, puesto que el gigante de Cal­i­for­nia tiene una de sus cen­trales en Ann Arbor. He numer­a­do los pár­rafos del tex­to de Courant para facil­i­tar su con­sul­ta, su cita y las ref­er­en­cias a él en los comen­tar­ios.


V. C. Vickers - The Google Book (1913)

1. Mi cole­ga y ami­go Robert Darn­ton es un his­to­ri­ador mar­avil­loso y un ele­gante escritor. Su visión utópi­ca de una infraestruc­tura dig­i­tal para una nue­va Repúbli­ca de las letrasGoogle and the Future of Books», New York Review of Books, 12 de enero de 2009) ele­va el espíritu. Sin embar­go, su idea acer­ca de que hubiera cualquier posi­bil­i­dad de que el Con­gre­so y la Bib­liote­ca del Con­gre­so pudier­an haber imple­men­ta­do esa visión en la déca­da de los noven­ta es una fan­tasía utópi­ca. A su vez, su pun­to de vista sobre el mun­do que podría emerg­er como resul­ta­do del vol­ca­do dig­i­tal de obras bajo dere­cho de autor es una fan­tasía dis­tópi­ca.

2. El Con­gre­so, al que Darn­ton imag­i­na invir­tien­do dinero y real­izan­do cam­bios de leg­is­lación que hubier­an hecho que las obras descat­a­lo­gadas aún suje­tas a dere­cho de copia —la vas­ta may­oría de tex­tos pub­li­ca­dos durante el siglo XX— estu­vier­an dig­i­tal­mente disponibles bajo unos tér­mi­nos razon­ables, jamás mostró interés alguno en lle­var a cabo algo por el esti­lo. Antes bien: aprobó la Dig­i­tal Mil­len­ni­um Copy­right Act y la Son­ny Bono Copy­right Term Exten­sion Act. (Después ven­dría la High­er Edu­ca­tion Oppor­tu­ni­ty Act, que obliga a las insti­tu­ciones académi­cas a vig­i­lar su ámbito elec­tróni­co a la búsque­da de vio­la­ciones de los dere­chos de copia). No es sor­pren­dente: los comités que escriben la ley de dere­chos de copia están dom­i­na­dos por rep­re­sen­tantes que cuidan de Hol­ly­wood y de otros que poseen los dere­chos. Su idea sobre la Repúbli­ca de las Letras es una donde todo el mun­do que algu­na vez ha leí­do, escucha­do o vis­to casi cualquier cosa debería pagar… cada vez que lo haga.

3. El Tri­bunal Supre­mo, que tuvo la opor­tu­nidad de lim­i­tar la exten­sión de un dere­cho de explotación ya demasi­a­do largo (como Darn­ton, creo que 14 años ren­ov­ables otros 14 es más que sufi­ciente para lograr los propósi­tos del dere­cho de copia), rehusó hac­er­lo (con solo dos votos en con­tra) en el caso de Eldred con­tra Ashcroft, sen­ten­ci­a­do en 2003. Al con­trario: reforzó la sen­ten­cia con leg­is­lación opues­ta a los prin­ci­p­ios fun­da­men­tales del dere­cho de copia rec­om­pen­san­do a autores que lle­van tiem­po muer­tos y previnien­do así que nue­stro lega­do cul­tur­al apareciera en el dominio públi­co.

4. Resum­ien­do, durante algo más que la últi­ma déca­da la políti­ca públi­ca ha sido con­sis­ten­te­mente peor que inútil para ayu­dar a hac­er la may­or parte de las obras del siglo XX sus­cep­ti­bles de búsque­da y uso bajo for­ma dig­i­tal. Esta es la alter­na­ti­va a la que debe­mos some­ter la eval­u­ación de Google Book Search y el acuer­do de Google con edi­tores y autores.

5. En primer lugar, debe­mos recor­dar que has­ta que Google anun­ció en 2004 que iba a dig­i­talizar las colec­ciones de algu­nas de las bib­liote­cas más grandes del mun­do, abso­lu­ta­mente nadie tenía un plan para una dig­i­tal­ización masi­va a la escala requeri­da. Bib­liote­cas bien dotadas, incluyen­do Har­vard y la Uni­ver­si­dad de Michi­gan, esta­ban embar­cadas en esfuer­zos de dig­i­tal­ización a un rit­mo menor de 10.000 volúmenes anuales. Google llevó la dis­cusión direc­ta­mente a dece­nas de miles de volúmenes por sem­ana e hizo factible la meta de dig­i­talizar (casi) todo. Ten­demos a pen­sar aho­ra que la dig­i­tal­ización masi­va es tarea fácil. Hace menos de cin­co años pen­sábamos que su cos­to la hacía imprac­ti­ca­ble.

6. El cen­tro de la fan­tasía dis­tópi­ca de Darn­ton sobre el acuer­do de Google deri­va direc­ta­mente de la per­spec­ti­va de que «Google dis­fru­tará de aque­l­lo que solo puede ser denom­i­na­do como un monop­o­lio […] de acce­so a la infor­ma­ción». Pero Google no goza de nada pare­ci­do a un monop­o­lio al acce­so de la infor­ma­ción en gen­er­al, ni a la infor­ma­ción que se encuen­tra en los libros que están suje­tos a los tér­mi­nos del acuer­do. Para empezar, y esto es un enorme ben­efi­cio públi­co por sí mis­mo, has­ta el 20% de los con­tenidos de los libros podrá leerse de man­era abier­ta por cualquiera que posea una conex­ión a Inter­net, y todo su con­tenido estará index­a­do y podrá ser someti­do a búsquedas. Más aún, Google está oblig­a­do a proveer el famil­iar link «encuén­tralo en una bib­liote­ca» en todos los libros que se ofre­cen en el pro­duc­to com­er­cial. Esto es, si tras leer el 20% de un libro un usuario quiere más y encuen­tra el pre­cio por el acce­so on-line exce­si­vo, se le mostrarán una lista de las bib­liote­cas que dispo­nen de un ejem­plar, pudi­en­do diri­girse a ellas o hac­er uso del prés­ta­mo inter­bib­liote­cario. Esto debili­ta de man­era clara el poder de mer­ca­do del pro­duc­to de Google. De hecho, es mucho mejor que la situación actu­al, donde los usuar­ios de Google Book Search solo puede leer frag­men­tos, no el 20% del libro, y des­de ahí deben decidir si han encon­tra­do lo que bus­ca­ban.

7. Darn­ton está tam­bién pre­ocu­pa­do por la posi­bil­i­dad de que Google peque de avari­cia gra­van­do los pre­cios, uti­lizan­do estrate­gias comunes en muchos edi­tores de lit­er­atu­ra cien­tí­fi­ca que con­ll­e­van un enorme coste para las bib­liote­cas académi­cas, sus uni­ver­si­dades y, al menos igual­mente impor­tante, para los usuar­ios poten­ciales que sen­cil­la­mente care­cen de acce­so a ellas. Sin embar­go, las car­ac­terís­ti­cas del mer­ca­do de los artícu­los de cien­cia y tec­nología son fun­da­men­tal­mente dis­tin­tas de las que cor­re­spon­den al vas­to cor­pus de lit­er­atu­ra descat­a­lo­ga­da que alber­gan las bib­liote­cas uni­vesi­tarias. Este con­sti­tuirá el grue­so de obras que Google venderá en lugar de los propi­etar­ios de los dere­chos de copia bajo el acuer­do de aven­imien­to. En la actu­al­i­dad, la pro­duc­ción de lit­er­atu­ra cien­tí­fi­ca requiere un acce­so inmedi­a­to y de cal­i­dad al resto de lit­er­atu­ra cien­tí­fi­ca que se está pro­ducien­do: uno no puede pub­licar, o con­seguir becas y ayu­das económi­cas sin un acce­so de estas car­ac­terís­ti­cas. Los edi­tores lo saben, y gra­van con­se­cuente­mente. Par­tic­u­lar­mente los pre­cios de los artícu­los indi­vid­uales son muy ele­va­dos, lo que apoya las licen­cias escan­dalosa­mente ele­vadas que pagan las uni­ver­si­dades por el acce­so a sus bases de datos. En el caso de Google, al haber muchas vías para el acce­so a la may­or parte de los libros que se venderán gra­cias al acuer­do, su pre­cio será segu­ra­mente jus­to y bajo, lo que con­ll­e­vará bajos pre­cios por las licen­cias de acce­so a su base de datos. De nue­vo, «encuén­tralo en una bib­liote­ca» empare­ja­do con una gen­erosa vista pre­via del títu­lo, no podría diferir más de la prác­ti­ca empre­sar­i­al de muchos edi­tores de revis­tas cien­tí­fi­cas, téc­ni­cas y médi­cas.

8. Hay otra razón para creer que los pre­cios no serán “injus­tos”: Google está mucho más intere­sa­da en hac­erse con públi­co para googlizar prác­ti­ca­mente todo que en hac­er dinero a través de ven­tas direc­tas. La man­era de atraer a la gente a la lit­er­atu­ra a través de Google es con­ver­tir­lo en un pro­ce­so sen­cil­lo y que com­pense a los lec­tores. Para las obras bajo dominio públi­co, Google ya provee libre acce­so y con­tin­uará hacién­do­lo. Para las obras suje­tas al acuer­do con las casas edi­to­ri­ales, parece que ofre­cerá una inter­faz bien dis­eña­da, la vista pre­via de un 20% de la obra y pre­cios razon­ables. Jun­to a ello, las bib­liote­cas que no se suscrib­an al pro­duc­to con­tarán con un ter­mi­nal con acce­so gra­tu­ito a su fon­do para el dis­frute de los usuar­ios. Esto aumen­ta el ben­efi­cio públi­co deriva­do del acuer­do tan­to por vía direc­ta como por per­mi­tir un canal de dis­tribu­ción que no requiere pago a Google ni a los dueños de los dere­chos de explotación.

9. El acuer­do dista de ser per­fec­to. La prác­ti­ca amer­i­cana de hac­er planes públi­cos medi­ante arbi­trio pri­va­do está muy lejos de ser per­fec­ta. Pero en ausen­cia del acuer­do —inclu­so si Google se ha impuesto sobre las deman­das de edi­tores y autores— no ten­dríamos la infraestruc­tura dig­i­tal que dé soporte a la Repúbli­ca de las Letras del siglo XXI. Ten­dríamos índices y frag­men­tos y no habría man­era de leer una can­ti­dad sus­tan­cial de cualquiera de los mil­lones de libros online en juego. El acuer­do nos da una vista pre­via de una vas­ta can­ti­dad de con­tenido, y la prome­sa de fácil acce­so al resto, y de esta man­era pro­mueve enorme­mente el bien públi­co.

10. Por supuesto, preferiría la bib­liote­ca uni­ver­sal; pero estoy bas­tante con­tento con la libr­ería uni­ver­sal. A fin de cuen­tas, las libr­erías son buenos sitios para leer libros y después decidir si com­prar­los o ir a la bib­liote­ca a leer algo más.

Paul N. Courant.

Nota: Esta car­ta rep­re­sen­ta mi pun­to de vista, y no el de la Uni­ver­si­dad de Michi­gan, ni el de ninguno de sus depar­ta­men­tos o bib­liote­cas.

Sumo los vín­cu­los a algu­nas de las ref­er­en­cias de Courant: Dig­i­tal Mil­len­ni­um Copy­right Act, Son­ny Bono Copy­right Term Exten­sion Act, High­er Edu­ca­tion Oppor­tu­ni­ty Act y Eldred con­tra Ashcroft. Espero que el tex­to os haya gus­ta­do tan­to como a mí y os ani­mo a que util­icéis los comen­tar­ios.

La filología hispánica a la palestra

Los estu­dios sobre la lit­er­atu­ra his­páni­ca han pre­sen­ta­do tradi­cional­mente difer­en­cias tác­i­tas entre aque­l­los que se ocu­pan del Renacimien­to y quienes se ded­i­can a lo mod­er­no y con­tem­porá­neo. Sue­len ser los primeros muy dados a mane­jarse en sus clases con un cen­so más o menos cer­ra­do de autores y de temas, y rara vez con­tem­plan el dis­frute lit­er­ario como una razón legí­ti­ma para dedi­carse a su cam­po: creen en el val­or inmutable e intem­po­ral del clási­co rep­uta­do que cuen­ta con una larga tradi­ción a sus espal­das. Los segun­dos, bas­tante menos mira­dos en aque­l­lo de vari­ar, no sue­len lim­i­tarse a tratar obras de rel­a­ti­vo val­or lit­er­ario, para ocu­parse de temas que enlazan con otras esferas y movimien­tos int­elec­tuales y, lo que más me intere­sa sub­ra­yar hoy, para recomen­dar a sus alum­nos tex­tos que no pertenecen al ámbito del his­panis­mo.

Se tra­ta, sin duda, de una situación extraña: si hay una época pro­clive al estu­dio despre­jui­ci­a­do y ambi­cioso, que atien­da a dis­tin­tas “lit­er­at­uras nacionales”, dis­ci­plinas y tradi­ciones con­ver­gentes, es la nues­tra. Por des­gra­cia, la may­oría de mis cole­gas no sue­len ser par­tidar­ios de esa idea: pre­fieren dedi­carse a machacar a sus estu­di­antes con un canon fos­iliza­do de “grandes autores” áure­os y traer de vez en cuan­do a colación algún que otro tex­to secun­dario de digestión, si cabe, más pesa­da. Sus moti­va­ciones van de la desidia al desconocimien­to, pasan­do por la con­vic­ción de que un canon fija­do en el siglo XIX sigue respon­di­en­do a lo que hemos apren­di­do des­de entonces sobre la his­to­ria, la época, su cul­tura y sus cir­cun­stan­cias.

A ello se suma la ubicua querel­la en torno a la per­ti­nen­cia de la lit­er­atu­ra como mar­co para la enseñan­za de una cul­tura y una tradi­ción deter­mi­nadas. Se tra­ta de una dis­pu­ta bizan­ti­na que surge de vez en cuan­do, des­per­tan­do el incom­pren­si­ble apoyo de los más jóvenes y el repren­si­ble har­taz­go de los más vet­er­a­nos. Los orí­genes de la filología mod­er­na tienen su fuente en el Renacimien­to, y es bien difí­cil imag­i­nar que las fac­ul­tades de filología his­páni­ca actuales con­taran con el bene­plác­i­to de los padres de la dis­ci­plina. Petrar­ca, Guar­i­no de Verona, Pier Pao­lo Verg­e­rio, Eras­mo, Melanch­ton o Budé —por espi­gar un puña­do— coin­cidirían en que la uni­ver­si­dad actu­al se ha con­ver­tido en lo que en su tiem­po era una una escuela pri­maria: lo que se estu­dia es gramáti­ca.


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La gramáti­ca rena­cen­tista no solo com­prendía el estu­dio de la mor­fología y la sin­taxis —val­ga el anacro­nis­mo—, sino que se ocu­pa­ba a la vez de un acer­camien­to super­fi­cial a los autores infal­i­bles —los auc­tores octo— de quienes los alum­nos aprendían los rudi­men­tos de la lengua, esto es, la cor­rec­ción en el decir y la com­pren­sión lec­to­ra. Pos­te­ri­or­mente se ded­i­ca­ban a la retóri­ca, con la lec­tura e imitación de autores más com­pli­ca­dos, aprendían a escribir al arri­mo de los autores ópti­mos com­ponien­do temas diver­sos que habit­ual­mente se entre­saca­ban de los Ejer­ci­cios prepara­to­rios o Pro­gym­nas­ma­ta, una heren­cia pedagóg­i­ca de la antigüedad tardía. Después venía el apren­diza­je de la dialéc­ti­ca, es decir, se aban­don­a­ba la dis­cusión y la com­posi­ción retóri­ca, basa­da en la belleza del dis­cur­so y su capaci­dad para con­vencer a través de la vía emo­ti­va —pathos—, para acced­er a la argu­mentación de corte silogís­ti­co que perseguía la ver­dad. Esta últi­ma no sólo abría al estu­di­ante la vía de la arit­méti­ca, a la geometría, a la músi­ca y a la astronomía, sino que le con­cedía her­ramien­tas sufi­cientes para dis­cernir la validez de sus pro­pios razon­amien­tos y de los ajenos, preparán­do­lo para comen­zar a for­marse en leyes, en med­i­c­i­na, en his­to­ria o en teología.

En España, las fac­ul­tades de filología his­páni­ca se encuen­tran a día de hoy solo en el primer pel­daño de este sis­tema porque lo que se enseña es a leer, pero hay una pre­ocu­pación mucho menor por una for­ma­ción inte­gral que habrá de ser nece­saria si se quieren alum­nos capaces de com­pren­der el Renacimien­to, la Edad Media y el Bar­ro­co des­de una dimen­sión gen­er­al. Y en este caso lo mis­mo vale para los estu­di­antes que se decanten por la lit­er­atu­ra mod­er­na o con­tem­poránea: deberían dárse­les los rudi­men­tos para poder enfrentarse a la críti­ca cul­tur­al de una man­era mucho más efi­ciente y, ante todo, mucho más abier­ta y divul­ga­ti­va; en fin, enseñar­les a impon­erse el reg­i­men de la clar­i­dad que, por añe­jo que sea, será siem­pre pri­or­i­tario.

¿Qué lugar ocu­pa la lit­er­atu­ra en todo ello?, el que siem­pre ha deten­ta­do: un con­jun­to tex­tu­al más o menos exten­so que aspi­ra a mostrar la lengua como una arte­sanía, como una τέχνη que puede crear nuevos mun­dos, definir el pro­pio o reflex­ionar sobre cualquier aspec­to que merez­ca la pena pen­sarse. La cuestión reside en si la pre­pon­der­an­cia que se con­cede en las fac­ul­tades de filología tiene una cor­re­spon­den­cia históri­ca real. Y con esto no quiero aven­tu­rar que los filól­o­gos debier­an ser his­to­ri­adores —si se encar­gan de épocas pretéri­tas, y todas lo son, sobra el cal­i­fica­ti­vo—, sino que debier­an ser his­to­ri­adores cen­tra­dos en las tradi­ciones y las expre­siones tex­tuales. El cam­po es infini­to, pero si los filól­o­gos —y por el nom­bre alu­do a cualquier per­sona que tra­ba­ja en lit­er­atu­ra, no *solo* un lingüista, que parece ser su sen­ti­do en ultra­mar— quieren ten­er algún futuro, deben for­marse para leer tex­tos que nadie más lee, para dar­les una coheren­cia con­struyen­do un sen­ti­do en torno a ellos, para ser capaces de trans­mi­tir su impor­tan­cia y hac­er­lo de man­era per­cep­ti­ble para el resto de la sociedad. Su dominio de estos pro­ce­sos los con­vierte en mae­stros que edu­can a alum­nos y, más impor­tante, que atraen a dile­tantes.

En España, donde cada cual tiene una opinión par­tic­u­lar sobre qué es un filól­o­go —cuan­do sen­cil­la­mente es quien inten­ta com­pren­der una cul­tura a través de sus tex­tos, vuél­vase todo lo der­rid­i­ano que se quiera—, muchos entien­den que es el pro­fe­sion­al que osten­ta un conocimien­to más o menos téc­ni­co e históri­co de la lit­er­atu­ra. Otros, entre los que me cuen­to, pen­samos que su tarea es enseñar a leer y a enten­der a través de los tex­tos, cualquiera que sea su nat­u­raleza, un mar­co cul­tur­al y un peri­o­do históri­co deter­mi­na­dos. Se tra­ta de un con­jun­to de estrate­gias y pre­ven­ciones tan útiles para acer­carse, con la ori­entación ade­cua­da, a la cul­tura rena­cen­tista, como a la evolu­ción de Inter­net o a la Rev­olu­ción france­sa. Hablo, por tan­to, de una dis­ci­plina que enseña a orga­ni­zar y estruc­turar los conocimien­tos, a estable­cer vín­cu­los entre ellos, a hac­erse una com­posi­ción de lugar y a estable­cer juicios con cier­ta autori­dad.

Sea uno de cien­cias o de letras, de su padre o de su madre, lo quiera o no, es una activi­dad intu­iti­va que se real­iza de man­era cotid­i­ana, el peli­gro se da al enten­der que su recur­ren­cia la con­vierte un pro­ce­so nat­ur­al, cuan­do es un arte com­ple­jo y cru­el que con­de­na, si no se estu­dia, a caer eter­na­mente y de man­era inad­ver­ti­da en los mis­mos errores de per­cep­ción: nue­stros antepasa­dos rena­cen­tis­tas lo llam­a­ban bar­barie. La filología sen­cil­la­mente ofrece her­ramien­tas útiles para leer el mun­do. La frase es bel­la y no es mía; está, como casi todo, en los clási­cos.


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La enseñan­za de la lit­er­atu­ra —aho­ra bajo su acep­ción mod­er­na, es decir, líri­ca, nar­ra­ti­va y dra­ma— no es en sí mis­ma un val­or. Quiero decir, es bueno que la gente la lea, tan­to por los mod­e­los de expre­sión y por el goce estéti­co que apor­ta, como por el apren­diza­je históri­co y la capaci­dad cog­ni­ti­va que su prác­ti­ca con­ll­e­va. Aho­ra bien, dar­le un papel cen­tral cuan­do sal­vo aristócratas y pre­cep­tores dec­i­monóni­cos, cát­e­dros del siglo pasa­do o poet­as­tros de diver­so pela­je han hecho una vida de ello es no ya ridícu­lo, sino per­ni­cioso e irre­spon­s­able. Al con­trario, pen­sar que los tex­tos que no pertenecen a esta idea de la lit­er­atu­ra son un com­ple­men­to a su estu­dio, y encasil­lar­los como tales, es un insul­to a la inteligen­cia y una dis­tor­sión —incom­pren­si­ble­mente con­sen­sua­da— de una real­i­dad históri­ca a todas luces difer­ente. La tradi­ción a la que he remi­ti­do ante­ri­or­mente —el apren­diza­je de los rudi­men­tos de la cul­tura tex­tu­al como cimien­tos en la for­ma­ción del indi­vid­uo, y su pos­te­ri­or ascen­so en difi­cul­tad y vir­tu­o­sis­mo— era en el fon­do un acto que rendía trib­u­to a los muer­tos medi­ante la imitación, en un prin­ci­pio, pero con vis­tas a la emu­lación: la idea de pro­gre­so recorre vías más pro­fun­das y com­ple­jas que las que nor­mal­mente tien­den a sub­ra­yarse. Lo que vivi­mos hoy en día que­da, si a algo lle­ga, en una sen­cil­la pan­tomi­ma deriva­da por enési­ma vez de un roman­ti­cis­mo trasnocha­do.

Quisiera que no se me inter­pre­tara de man­era errónea o ses­ga­da. Cuan­do hablo de «leer el mun­do», me refiero tam­bién a leer el lengua­je que los refle­jos del mun­do hablan. El más trascen­den­tal y el más des­cuida­do sigue sien­do la infor­máti­ca. La man­era en que fun­ciona Inter­net, los mar­cos de relación real y con­cep­tu­al que establece, los movimien­tos sociales en torno a ella y su lengua­je —super­fi­cial y estruc­tur­al— debiera ser apren­di­da por los filól­o­gos porque, como los que escriben en esa var­iedad de lenguas saben mejor que yo, hoy más que nun­ca todo es tex­to y el códi­go, poesía.

Pero volva­mos al asun­to del his­panis­mo. Podemos sin­te­ti­zar la situación en dos aspec­tos prob­lemáti­cos: la desa­ten­ción de lo tex­tu­al —con la enorme com­ple­ji­dad que con­ll­e­va— como meol­lo de la pro­fe­sión y la per­ti­na­cia en enclaus­trarse en un can­tón lingüís­ti­co. La cosa no ten­dría demasi­a­da impor­tan­cia si no fuera por la enorme cri­sis que los estu­dios de letras habrán de enfrentar de man­era inmi­nente y por la tarea fun­da­men­tal de las fac­ul­tades de filología: for­mar a todo el cuer­po pro­fe­so­ral de lengua y lit­er­atu­ra de la enseñan­za secun­daria. Por tan­to, los filól­o­gos son los respon­s­ables últi­mos y son a quienes la sociedad con­cede la cus­to­dia de la lec­tura y la escrit­u­ra; y si no asumen esa car­ga de man­era respon­s­able, serán otros quienes tomen —mejor o peor— el rele­vo, ais­lán­do­los has­ta con­denar­los a su desapari­ción.

Estos prob­le­mas se extien­den a numerosos ámbitos; el papel desem­peña­do en cada uno de ellos puede pare­cer secun­dario a algunos y cen­tral a otros:

1. La lit­er­atu­ra en castel­lano, a pesar de la enorme impor­tan­cia del idioma en el mun­do, sigue desem­peñan­do un papel menor —o sub­al­ter­no— en el tra­ba­jo de los may­ores espe­cial­is­tas en lit­er­atu­ra del Renacimien­to o lit­er­atu­ra com­para­da.
2. Sal­vo escasas y hon­rosas excep­ciones, muy poca gente ded­i­ca­da al estu­dio de los Sig­los de Oro lee con cier­to cuida­do los tra­ba­jos cen­tra­dos en la lit­er­atu­ra euro­pea rena­cen­tista y, menos aún, inten­ta estable­cer pun­tos de diver­gen­cia y con­tac­to que la sitúen en un mar­co europeo históri­ca­mente real, y no en un absur­do metafísi­co deriva­do de muchas y muy vari­adas guer­ras de inde­pen­den­cia.
3. La for­ma­ción con que los alum­nos de secun­daria lle­gan a la uni­ver­si­dad es muy defi­ciente. Y esta mantiene un patrón que garan­ti­za que los inves­ti­gadores, mae­stros y divul­gadores del futuro vayan a ten­er que dedicar una con­sid­er­able can­ti­dad de tiem­po a adquirir los conocimien­tos nece­sar­ios para com­pren­der otras tradi­ciones. El común de ellos se dedi­cará, nat­u­ral­mente, a repe­tir un mod­e­lo que se retroal­i­men­ta de la mis­ma impos­tu­ra, ais­lando doble­mente —extra e intra­muros— a los espe­cial­is­tas.
4. El desconocimien­to prác­ti­ca­mente abso­lu­to del fun­cionamien­to de Inter­net sigue sien­do una caren­cia absur­da y ver­gonzosa en el cuer­po pro­fe­so­ral. Desa­ten­der­la no puede derivar después en que­jas sobre la cal­i­dad de la escrit­u­ra en la red, e insti­tu­cionalizarla sin prac­ti­car­la —he ahí el aspec­to más impor­tante del asun­to— deter­mi­nará prác­ti­cas educa­ti­vas igual­mente inútiles.
5. Si la filología his­páni­ca sigue ancla­da, en su expre­sión máx­i­ma den­tro de la jer­ar­quía académi­ca, en ser legataria de la tradi­ción enten­di­da de la peor de las man­eras: como inmovil­is­mo, no solo quedará toca­da de muerte la dis­ci­plina en sí, sino la ver­dadera tradi­ción y mis­ión que se les supone a los filól­o­gos: con­ser­var el sen­ti­do, o los sen­ti­dos de la pal­abra en la his­to­ria.

Me encan­tará cono­cer vues­tra opinión sobre el tema, tan­to de los que tenéis for­ma­ción de humanidades —filól­o­gos y no filól­o­gos— como de aque­l­los que tenéis for­ma­ción cien­tí­fi­ca. Siem­pre es un plac­er apren­der de vue­stros pun­tos de vista, así que servi­ros a gus­to de los comen­tar­ios.

Ken Robinson — Do Schools Kill Creativity?


El vídeo que os trai­go hoy es una pequeña con­fer­en­cia que Ken Robin­son dio hace un par de años para Ted Talks, uno de esos sitios en Inter­net que cualquier per­sona intere­sa­da en edu­cación, inno­vación, cre­ativi­dad, tec­nología y mil temas más debería con­sul­tar de vez en cuan­do.

Robin­son es un exper­to en cre­ativi­dad, que no es lo mis­mo —si no, no estaría en este sitio— que ser un ped­a­gogo: ayu­da a la gente a pen­sar y a desar­rol­lar sus cual­i­dades innatas, les ayu­da a encon­trar un camino para per­fec­cionar sus capaci­dades. Me exten­dería más, porque el per­son­aje lo merece, pero tenéis sufi­ciente infor­ma­ción en la Wikipedia sobre él y su tra­ba­jo.

La prop­ues­ta de Robin­son sobre la cre­ativi­dad que vais a ver es intere­sante, como tam­bién es fasci­nante su capaci­dad para trans­mi­tir con­tenidos de una man­era sim­ple, atrac­ti­va y diver­ti­da. No me gus­ta comen­tar los vídeos cuan­do se expli­can por sí mis­mos, solo digo que aque­l­los que lle­va­mos una vida en el mun­do académi­co deberíamos tomar algu­na que otra nota.

Si veis el vídeo y os parece intere­sante, haced uso de los comen­tar­ios. Me encan­tará saber vue­stro pun­to de vista acer­ca de sus prop­ues­tas y exponeros el mío.

Digitalizando todos los libros del mundo

He leí­do con suma aten­ción el artícu­lo que Jean-Claude Gué­don ha escrito como répli­ca a otro artícu­lo que mi admi­ra­do Robert Darn­ton escribió en The New York Review of Books hace un mes y medio.

Darn­ton alaba­ba de man­era opti­mista las ven­ta­jas que tiene la dig­i­tal­ización de libros en la actu­al­i­dad, y cómo el proyec­to de Google Books con­ducirá a nue­vo modo de inves­ti­gar, deter­mi­na­do por el acce­so inmedi­a­to a la infor­ma­ción; giro este, sólo equipara­ble al que supu­so la gen­er­al­ización de la imprenta en Europa durante la segun­da mitad del siglo XV y comien­zos del siglo XVI. En sus propias pal­abras:

In 2006 Google signed agree­ments with five great research libraries—the New York Pub­lic, Har­vard, Michi­gan, Stan­ford, and Oxford’s Bodleian—to dig­i­tize their books. Books in copy­right posed a prob­lem, which soon was com­pound­ed by law­suits from pub­lish­ers and authors. But putting that aside, the Google pro­pos­al seemed to offer a way to make all book learn­ing avail­able to all peo­ple, or at least those priv­i­leged enough to have access to the World Wide Web. It promised to be the ulti­mate stage in the democ­ra­ti­za­tion of knowl­edge set in motion by the inven­tion of writ­ing, the codex, mov­able type, and the Inter­net.

Como Darn­ton sug­iere en otro lugar del artícu­lo, su acer­camien­to al proyec­to de Google es el de un entu­si­as­ta, un eru­di­to, un his­to­ri­ador de la cul­tura, que com­prende las difi­cul­tades de su ofi­cio y que ve las posi­bil­i­dades de ahor­ro de tiem­po y de recur­sos tan­to para el inves­ti­gador como para la per­sona intere­sa­da por la cul­tura. Has­ta aquí nue­stro entu­si­as­mo es com­par­tido. Sin embar­go, Gué­don pone de man­i­fiesto var­ios aspec­tos que pare­cen escapárse­le a Darn­ton:

* El modo en que Google limi­ta el libre uso de esos tex­tos.
* El modo en que Google se con­vierte en medi­ador nece­sario entre el obje­to cul­tur­al y el lec­tor.

A mí, como usuario con una pro­fun­da con­vic­ción sobre las bon­dades de los tex­tos dig­i­tales —y con una bib­liote­ca dig­i­tal propia que comien­za a ser la pesadil­la de cualquier dis­co duro— me intere­sa espe­cial­mente la primera. Pero Gué­don argu­men­ta de modo con­vin­cente la indis­ol­u­bil­i­dad de ambas.

Cuan­do uno accede a Google Books y pasa allí una tarde, aca­ba lle­gan­do a la con­clusión de que se tra­ta de un espa­cio mal pen­sa­do. Digo esto porque a mí se me ocur­ren bas­tantes más cosas que hac­er con los libros que las que se me per­miten. La primera de ellas es realizar búsquedas cruzadas medi­ante oper­adores booleanos en un con­jun­to de tex­tos que yo eli­ja, la segun­da es com­pro­bar las ocur­ren­cias de un con­jun­to deter­mi­na­do de fór­mu­las tex­tuales para iden­ti­ficar esti­los, fuentes y demás, y así un largo etcétera. Es evi­dente, como bien expli­ca Gué­don, que Google nece­si­ta lim­i­tar el acce­so y el tratamien­to de los libros en orden a pro­te­ger su “mod­e­lo de nego­cio”, y es evi­dente que el lec­tor que no hace de la lec­tura y del análi­sis tex­tu­al su tra­ba­jo ape­nas notará esta difer­en­cia a la hora de acced­er a los libros.

Aquí entramos en otro prob­le­ma impor­tante: exis­ten lec­tores intere­sa­dos en muchos de los temas que ocu­pan a los his­to­ri­adores; pero son pocos los que pueden aprox­i­marse a ellos con cier­ta desen­voltura —¿y quién lo hace?, en real­i­dad— a ellos. El tra­ba­jo del his­to­ri­ador es describir, expon­er, sin­te­ti­zar los datos de modo claro para que la inter­pretación pos­te­ri­or de los mis­mos alber­gue un mín­i­mo interés para el lec­tor cul­to; de no ser así, su tra­ba­jo habrá de rein­ter­pre­tarse o quedar rel­e­ga­do al olvi­do.

GoogleBooks

Prob­a­ble­mente todos los libros del mun­do acaben por dig­i­talizarse, y ello trans­for­mará indud­able­mente nue­stro modo de rela­cionar­los con el libro, la infor­ma­ción y la his­to­ria. En un futuro quizás no muy lejano, el tra­ba­jo de los pro­fe­sores de humanidades estará mucho más cen­tra­do en enseñar cómo ges­tionar los con­tenidos que en los con­tenidos mis­mos, o sen­cil­la­mente desa­pare­cerá. Esto plantea nuevos retos: el giro en el mod­e­lo educa­ti­vo, si las estruc­turas más escle­ro­ti­zadas del sis­tema lo per­miten, va a ser rad­i­cal. Aquí es fun­da­men­tal alla­nar el camino no al cam­bio, y sí a la dura batal­la por man­ten­er el sen­ti­do de toda esa masa informe. Está en juego, en el fon­do, el modo en que el pen­samien­to occi­den­tal se rela­ciona con su his­to­ria y, val­ga la redun­dan­cia, con la his­to­ria de su pen­samien­to. Si nos preparamos para el cam­bio, ver­e­mos estu­dios que durante el siglo pasa­do eran impens­ables por ambi­ciosos y com­ple­jos; si no, el hecho de ten­er dig­i­tal­iza­dos todos los libros del mun­do prob­a­ble­mente solo sig­nifique una excusa para la desapari­ción de la memo­ria y de las ende­bles rela­ciones que hemos crea­do entre ellos durante sig­los. Del mis­mo modo, cam­biará el hábito de lec­tura y de análi­sis con él. Aho­ra bien, para que esto suce­da es pre­ciso que se creen las her­ramien­tas nece­sarias y se com­pren­dan de modo claro las vías para sim­pli­ficar o com­plicar infini­ta­mente la con­sul­ta de tex­tos y demás mate­ri­ales.

Google limi­ta estas posi­bil­i­dades, parado­jas de los nuevos tiem­pos, al ofre­cer­los. Su papel como medi­ador, como señala Gué­don, hace que las mis­mas bib­liote­cas con las que tra­ba­ja no puedan explo­rar el autén­ti­co poten­cial de una inmen­sa bib­liote­ca dig­i­tal. Suma­do a esto, el tra­ba­jo de dig­i­tal­ización de Google es un tan­to mediocre en oca­siones, no solo por lo que toca a la cal­i­dad de la res­olu­ción, sino a errores de bul­to en repeti­ción y omisión de pági­nas, como señal­a­ba Robert B. Towsend en otro artícu­lo que —de momento[^1]— es de ref­er­en­cia sobre el par­tic­u­lar, o tam­bién las ref­er­en­cias en xml, bib­tex y demás, que son un 90% de las veces erróneas.

Hay ini­cia­ti­vas que pre­tenden cam­biar esta situación con muy diver­sos logros. En esta entra­da sólo haré ref­er­en­cia a dos de ellas como mod­e­los dis­tin­tos de tra­ba­jo y de per­spec­ti­vas:

* Por una parte, The Euro­pean Library, un proyec­to que tiene como meta a largo pla­zo dig­i­talizar todos los doc­u­men­tos del viejo con­ti­nente y que sin embar­go tiene todo el aspec­to de ir a la deri­va pre­cisa­mente porque no com­prende, como le pasa a Gal­li­ca —inclu­i­da en ésta—, que no bas­ta con la pres­en­cia de imá­genes mon­tadas en un pdf, si no ofre­cen un tex­to que pue­da ser ras­trea­do.

* Por otra, The Inter­net Archive, que últi­ma­mente se está con­vir­tien­do en mi repos­i­to­rio favorito por varias razones: la primera es que se tra­ta de una platafor­ma libre y abier­ta, donde hay tex­tos dig­i­tal­iza­dos por multi­na­cionales como microsoft, por enti­dades y archivos públi­cos, por usuar­ios par­tic­u­lares, y for­man un gran colec­ti­vo con un interés con­tin­uo por mejo­rar la cal­i­dad de sus con­tenidos y ampli­ar­la. The Inter­net Archive no se limi­ta a hac­er aco­pio de tex­tos, sino que alber­ga con­tenidos de todo tipo, que o bien han per­di­do sus dere­chos de copia pri­va­da, o bien han sido crea­d­os bajo una licen­cia Cre­ative Com­mons, o bien han sido don­a­dos por sus autores o por casas edi­to­ri­ales que poseían los dere­chos. Lo bueno de Inter­net Archive es que tiene detrás una comu­nidad muy críti­ca y muy acti­va, un grupo amplio y prepara­do de comis­ar­ios (cura­tors) que se encar­gan de revis­ar, reseñar y recomen­dar los con­tenidos.

Por supuesto, ningu­na de las dos real­iza la tarea que he men­ciona­do ante­ri­or­mente, inclu­so Google Books sigue sien­do supe­ri­or en posi­bil­i­dades de búsque­da. Pero me parece que Inter­net Archive cuen­ta con un fac­tor que va a ser esen­cial en el futuro de la lec­tura y el estu­dio en Inter­net: la creación de una comu­nidad críti­ca y espe­cial­iza­da en torno a esos con­tenidos. Se tra­ta una de las dos piezas, sien­do la otra la creación de instru­men­tal semán­ti­co y rela­cional ade­cua­do, esen­ciales para que las bib­liote­cas vir­tuales no cor­ran la suerte de las bib­liote­cas tridi­men­sion­ales. Y a mí me fasci­na la idea de con­ver­tirme en bib­liote­cario, aunque sea un bib­liote­cario modesto y acha­coso, de este mun­do vir­tu­al.

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Algunas lecturas de interés para una postura coherente hacia Google Books:

* Google Books vs. Bison, de Mark J. Lud­wig y Mar­garet R. Wells. Estu­pen­do artícu­lo de The Library Jour­nal escrito des­de el pun­to de vista de doc­u­men­tal­is­tas y bib­liote­car­ios, que con­trastan el uso de Google Books con el sis­tema de infor­ma­ción bib­li­ográ­fi­ca de la Uni­ver­si­dad de Buf­fa­lo (BISON), los resul­ta­dos del análi­sis derivan en la der­ro­ta abso­lu­ta de Bison ante el gigante de Sil­i­con Val­ley. Las con­clu­siones, me parece, las cor­rec­tas: tenien­do en cuen­ta el pro­gre­so en la dig­i­tal­ización de fon­dos enormes, la car­rera ya está per­di­da en cuan­to a la creación de más doc­u­men­tos, pero la creación de ser­vi­cios en torno a los archivos es el que ofrece un cam­po ilim­i­ta­do de posi­bil­i­dades, a la vez que prác­ti­ca­mente desier­to por el momen­to.

* Para los ataques de dis­tin­tos gru­pos edi­to­ri­ales Europeos y algu­nas de sus insti­tu­ciones con­tra Google Books, puede verse lo que ha pasa­do en Fran­cia (1, 2, 3 y 4) o en Ale­ma­nia. Y, por con­traste, todo (1, 2 y 3) lo que ha pasa­do en España.

* Para las bon­dades de Google Books den­tro del ámbito académi­co —fuera de artícu­los de opinión como el men­ciona­do de Darn­ton—, puede entrarse con buen pie vía el análi­sis que Gre­go­ry Crane le dedicó al auge de las bases tex­tuales en inter­net hace un par de años y a las ideas de Tim O’Reilly sobre las necesi­dades de com­putar toda la masa bib­li­ográ­fi­ca que apor­ta el repos­i­to­rio y algunos ejem­p­los de cómo serían mod­e­los bási­cos de análi­sis. Está claro que tam­bién puede acud­irse a este recorte del doc­u­men­tal «El mun­do según Google» que habla de Google Books:

* Por últi­mo, me que­da hac­er ref­er­en­cia a la lista de recur­sos para la inves­ti­gación en Inter­net que Antho­ny Grafton hizo en The New York­er hará cosa de un año. Es a su vez una fenom­e­nal intro­duc­ción al uso de las bases de datos y las bib­liote­cas vir­tuales por oposi­ción a los archivos clási­cos.

[^1]:

Digo de momen­to porque el pro­pio Google Books tiene her­ramien­tas para señalar estos errores de modo que puedan ser sub­sana­dos y cor­regi­dos con cier­ta celeri­dad.

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