Ficta eloquentia

Retórica, política y poética medieval y renacentista. Silva de varia lección

Categoría: notas (Página 2 de 9)

El iPad como objeto cultural y como objeto de consumo

La noticia tecnológica del día: Apple acaba de lanzar un nuevo producto denominado iPad. El término ‘producto’ lo utilizo a propósito y pretendo con él explicar por qué la recepción en Internet no ha sido especialmente cálida.

El problema ha sido la falta de un contexto, tanto para tirios como para troyanos. En el caso de los usuarios fieles a la marca, las expectativas habían llegado a un grado de desbordamiento a través de rumores que hacían imposible que ningún objeto real cumpliera con una masa informe de características que no paraba de crecer. Junto a ello, Apple ha ido en contra de una de sus premisas en la creación de productos informáticos de consumo: presenta un objeto para la recepción pasiva de productos culturales cuando la línea de la empresa había consistido tradicionalmente en insistir en una potencial capacidad de creación de una manera rápida y sencilla. Y esto, como es evidente, ha descolocado a muchos. En el caso de quienes nunca han tenido relación con la marca, las reacciones fueron similares a las que hubo con el iPhone: crítica de precios, sumada a crítica de un sistema propietario, etc.; una amplia mayoría de ellos tiene, dos años después, un iPod táctil o el teléfono móvil de la marca.

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Sin embargo, lo que puede percibirse como un fallo de la empresa a la hora de satisfacer las necesidades de los usuarios, o de cumplir con sus expectativas, admite una lectura distinta. Apple ha optado por el sentido común y por hacer un ejercicio reflexivo a partir del que reeducar al usuario, movimiento que por su carácter insólito merece al menos una reflexión. El iPad no es una computadora que permita redactar una tesis, componer música, retocar fotografías de manera profesional o editar vídeos en HD; sino que sirve para disfrutar de todo ello. El concepto que hay detrás es quiénes somos y cómo aportamos valor a lo que consumimos, de ahí la posibilidad manejarse y distribuir lo que tenemos en nuestro terminal en todas las redes sociales. El iPad no podía ser la piedra filosofal de la informática de consumo porque ya lo es cualquier ordenador con cierta potencia; había que buscar un espacio distinto para dar significado a todo lo que consumimos. Como tal, va dirigido a los usuarios que necesitan un terminal para moverse por redes sociales, para revisar documentos que lo requieran, para leer libros ya escritos, etc.

En resumen, el iPad no alude al usuario creativo o a aquel que necesita hacer cosas con una computadora, sino que se plantea a ese mismo usuario, o al consumidor pasivo, como ente receptor —de ahí la insistencia en las redes sociales, la redistribución de la aplicación de correo electrónico, etc.— y como crítico y difusor de los mismos. Por tanto, una idea de creación no solo para aquellos con inquietudes, sino para los internautas como comunidad global.

Creo que el iPad será un éxito porque tiende la mano al amplio registro de usuarios que todavía miran con recelo, o usan de una manera vaga e imprecisa, sus ordenadores y su conexión a Internet. Pienso en usuarios que no necesitan la complejidad de un ordenador personal para configurar su cuenta de facebook, que no saben qué es flickr, que no quiere navegar de manera errante por páginas web, sino que requieren puntos de referencia perfectamente situados en Internet —coordenadas que podríamos denominar como mainstream digital—. Lo que Apple ha hecho es parecido a lo que el ZX Spectrum, el Commodore 64 o el Amiga hicieron en la década de los 80 para mi generación: ha pensado en un terminal doméstico que no requiere ningún conocimiento previo para disfrutar plenamente del ocio digital y de los protocolos de interacción social que ofrece Internet.

Gestión de tiempo y de espacio.

Detrás de ello, hay un estudio serio de modelos de mercado y de expansión hacia un enorme conjunto de usuarios potenciales. Pero hay además una consideración importante de uno de los grandes temas del diseño aplicado a la informática: la gestión de los espacios de trabajo y de ocio. Apple ha pensado en cómo distribuimos ambos espacios en la interacción con nuestras computadoras y ha creado un objeto que responde al ocio de una manera más precisa que un portátil o un sobremesa, ha aplicado la división de las dos grandes corrientes de uso de computación dividiéndolas en dos espacios claramente delimitados. Y eso tiene dos claras lecturas: la primera es que aquellos que como yo nos pasamos el día delante de nuestros portátiles y mezclamos ocio con trabajo nos ha ofrecido una delimitación física de los mismos, dando un contexto a un objeto nuevo —aquí las palabras de Jobs no parecen exageradas— que hace todo lo que se puede hacer con un ordenador que no es estrictamente productivo. Esta división permite pensar de una manera mucho más lógica nuestra relación con los ordenadores y materializa una necesaria división conceptual. Apple ha creado, me parece, un espacio necesario.

No es que el iPad permita hacer cosas impensables en otro aparato, sino que ayuda a distribuir los conceptos en distintos tipos de objetos, y eso es enormemente importante para todo tipo de usuarios.

Incorporación de nuevos usuarios y relectura de Internet.

El iPad, tal y como yo lo veo, es justamente lo contrario a una herramienta de trabajo. Es una herramienta de procrastinación, que la alienta y que la evita al convertirlo —a él en vez de a nuestra computadora— en su instrumento. Cumple, a su vez, con todas las premisas y atiende a todo el abanico de ocio en Internet, permitiendo acceder a una amplia masa de población a las redes sociales aunque carezcan de cuenta en ellas. Pienso por ejemplo en la generación que ahora cuenta con 50 años. Su relación con la computación ha sido, en su mayor parte, una relación laboral en la que había que usar el correo electrónico y quizás dos o tres aplicaciones específicas. No navegan por Internet, no leen blogs por suscripción a RSS y no hacen cosas que para el arco de población entre 15 y 35 años son básicas.

Jobs presentó el iPad sentado en un sillón con una mesilla al lado. No es un objeto para las oficinas, nadie pretenderá escribir textos extensos —aunque ciertos complementos lo permitan— en él. Ciertamente se puede usar iWork, nuestra galería de fotos, etc., pero tal y como yo lo veo, para hacer pruebas de concepto, para revisar fuera del escritorio y fuera del despacho algunos trabajos que hemos producido allí, de una manera casual y sin complicaciones de interfaz. Visto así, incluso la imposibilidad de realizar varias tareas simultáneamente parece una ventaja.

La lectura de libros electrónicos.

Apple reveals iBookstore and app for the iPad -- Engadget.jpgUna de las aplicaciones que Apple presentó para su nuevo dispositivo fue fue iBooks. Un software de lectura de libros en formato .epub. Y aquí de nuevo se plantea de manera evidente lo que quería decir antes. Apple ha pretendido crear una experiencia estética de lectura. Ha obviado la tinta electrónica —todavía no es su momento— y ha intentado crear la experiencia más agradable y similar a la lectura en papel, no ha reproducido las cualidades físicas del papel, sino la ‘interfaz de la lectura’. Para ello ha saqueado sin piedad dos aplicaciones de cierta fama: Delicious library para la creación de anaqueles virtuales donde almacenar libros y Classics para reproducir el proceso de lectura.

De nuevo, esto ha producido críticas por parte de los potenciales clientes: cómo se leerá un pdf, por qué pantalla con retroiluminación y no tinta electrónica, etc. Y volvemos con ello al concepto que hay detrás del dispositivo: no se trata de que no se pueda leer un pdf, que se puede, sino de que algún desarrollador cree una aplicación que repiense la manera que tenemos de tratar con formatos que no permiten un reescalado como el texto plano. Eso llegará más pronto que tarde. Se trata de que uno pueda acceder a ficción y ensayo de manera directa en su terminal, que pueda leerlos y disfrutar de la lectura como un placer estético, no como un trabajo.

A mí, que me dedico —por horrible que suene— a leer de manera profesional, no me resulta práctico. Y no lo es porque la premisa es que no lo sea, no se ha pensado en el dispositivo para eso y, más importante aún, el iPad no es un lector de libros electrónicos, aunque pueda cumplir con ese cometido.

La AppStore y la creación de ecosistemas para los usuarios.

Una de las cosas realmente atrayentes del iPad es cómo Apple ha creado una interfaz y un conjunto de aplicaciones básicas para los usuarios. La compañía nos ha mostrado cómo ve al usuario medio de Internet y, desde mi punto de vista, la radiografía les ha salido impecable.

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Eso no implica que cada usuario pueda hacer del dispositivo lo que quiera mediante aplicaciones de terceros. Por ejemplo, el iPad puede ser una herramienta muy interesante para aquellos que estén preparando una tesis o un libro si se cuenta con el mismo gestor bibliográfico que tiene en su computadora que permita leer bibliografía en pdf y anotarla y marcarla para que luego sea sincronizada y con un editor de textos básico que le permita hacer pequeñas correcciones en otro ámbito que no sea la mesa de trabajo, y con un dispositivo fácilmente transportable, ligero y energéticamente eficiente.

Lo mismo es aplicable a aquellos profesionales de la fotografía que deban revisar una enorme cantidad de fotografías, el dispositivo permite marcar y detectar posibles problemas tanto en el momento de pre como de preproducción, problemas que a veces podrán solucionarse con una aplicación ligera de retoque fotográfico en el dispositivo y a veces requerirán enviarse al centro de trabajo para una revisión posterior.

Como cierre, me parece que lo que hoy ha presentado hoy es una manifestación sincera de nuestros hábitos como usuarios, dándole puerta de entrada a muchos más que todavía desconocen Internet. La forma en la que lo ha hecho me parece interesante y queda por ver cuál será la recepción del dispositivo. Si mi lectura es acertada, Steve Jobs podrá jactarse de haber reinventado la informática de consumo.

El iPad define de una manera precisa qué es un usuario de Internet actual, cuáles son sus necesidades, y cómo interactúa con su medio. En ese sentido, servirá en unos años para comprender cómo veíamos Internet y que tipo de expectativas teníamos —en términos generales— a la hora de valernos de la red como medio comunicativo.

El libro digital, España y el modelo americano

Se ha levantado la polvareda, como era previsible, con respecto al libro digital en españa y a la penosa situación de las editoriales patrias con respecto a él. Me refiero ante todo a la polémica en Twitter y a la airada entrada de Mi mesa cojea al respecto, así como la entrada de Econectados a la que llego por Error500: todo indica que las editoriales han optado por el inmovilismo como sucedió con las discográficas hace una década, con la diferencia de que diez años son muchos en lo que toca al ámbito tecnológico y los usuarios ya tienen a su disposición todos los medios para la creación de plataformas de contenidos que pueden ser colmadas de material en muy poco tiempo.1 Se confunde quien piensa, sin embargo, que los editores españoles no conocen el mercado, saben bien que ese “quietismo” es la actitud más inteligente a seguir ahora, porque basta que suplan las infumables versiones en formato .rtf, .doc o sus refritos en .pdf por unas decentes —y revisadas y cotejadas— en .epub, .pdf o derivados para que pasen a engrosar el catálogo de libros piratas —y quien sepa algo de historia del libro, sabe que es término que ni pintado—, solamente aportando pérdidas en un cambio de plataforma que es, por otro lado, inevitable.


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Imagen bajo licencia Creative Commons: “My Kindle 2 now works sideways”, de jc.westbrook

Es cierto que el impacto de los lectores de libros electrónicos en España no es comparable al estadounidense, como también es cierto que las editoriales españolas ya deberían estar preparadas para la convivencia del mercado del papel y del digital. Nuestras editoriales podían haber tenido la vista suficiente como para lanzar best-sellers y clásicos anotados y preparados para estudiantes americanos y británicos de español —que los hay a expuertas—, algo que aún puede ser un buen campo de pruebas para ellas y les puede aportar importantes beneficios a largo plazo. Como sea, lo que plantean las entradas mencionadas más arriba es que las editoriales van a seguir el ejemplo de las discográficas, que nos han presentado un ciclo de pérdidas enorme —y no quiero discutirlo aquí— hasta encontrarse paulatinamente con un equilibrio entre lo que los usuarios demandan y las distribuidoras están dispuestas a ofrecer. Pero la realidad es que el mercado de libro cuenta con unos rasgos que, bien aprovechados, pueden llevarlo por derroteros distintos.

En primer lugar, el mercado de la música tiene poco o nada que ver con el mercado del libro. Mientras que escuchar música en un iPod o en un ordenador con una buena salida de sonido tiene poco de distinto a hacerlo en un equipo de alta fidelidad —que me perdonen los melómanos—, leer un libro en soporte digital tiene mucho de distinto al soporte en papel. Hay, claro, ventajas y desventajas. Para una persona como yo, que se dedica a los libros —a leerlos y a intentar escribirlos—, la ventaja de poder buscar una información concreta en cualquier momento parece de ciencia ficción, y el ahorro de tiempo es considerable. Claro que esto no significa que yo pueda producir más o mejor, sino que sencillamente tengo una comodidad añadida a la revisión de mis notas de lectura. El problema que yo le veo a los ebooks en el ámbito académico —lo he comentado más veces— es el formato: los académicos necesitamos saber el año de edición, la editorial y el lugar, el número de página, y demás cosas que el ebook se salta a la torera, para ayudar a nuestros lectores a encontrar las referencias que mencionamos y para que nuestros lectores nos espeten a su vez referencias que nos contradigan. Perder esta manera, o no aportar una nueva, de referenciado es inaceptable y un error a todas luces, maxime cuando es fácilmente subsanable.2 No cuesta imaginar un momento en un futuro —lejano o cercano— en que los libros académicos se publiquen únicamente en formato digital y estén plagados de hipervínculos para acceder de manera directa a fuentes que antes se mencionaban, sí, y que en un acto de fe, también, teníamos que dar por buenas. Llegados a ese punto, el ebook mostrará su potencial como una herramienta de estudio sin parangón en la historia del libro, y creo que todos debemos congratularnos con lo que nos viene por delante, algo para lo que la escritura de un blog ayuda mucho —por eso se lo recomiendo a mis colegas— y para lo que creo que sería deseable un entrenamiento específico en los programas de doctorado actuales.

Jerome and the Book.jpgDecía que el mundo de la música y el mundo del libro no son iguales y me gustaría ser un poco más claro al respecto. Mientras que es prácticamente innegable que todo el mundo escucha y escuchaba música y quien más o quien menos tiene en su casa un generoso catálogo de CDs o mp3, en el caso de los libros es difícilmente negable aquella cantinela impenitente de años ha de que cada vez se leen menos libros en esa cabriola fantástica que establece una equiparación entre lectura y compra de un volumen que, gracias a esos sitios legendarios llamados bibliotecas, sería más que discutible. Leer un libro no requiere las mismas destrezas que oír un disco o ver una película, y hay lectores, probablemente los más abnegados, fieles y tenaces, que buscan cosas distintas a la literatura de consumo, que desde el siglo XVIII es la que ha dado réditos a las editoriales. Es evidente que estas no van a poder evitar que Zafón, Rowling, Reverte, Marías, King, Clancy y demás jarca sean pirateados de manera inmisericorde, como ya lo llevan siendo desde hace lustros; sin embargo, las editoriales juegan con una baza que el mundo de la música no pudo explotar, que es el de su fondo editorial. Aquí la historia cambia, y mucho, porque estamos hablando de libros desaparecidos que todavía pueden prestar un enorme rendimiento económico con una inversión mínima, puesto que ya están escritos. Hablamos, en definitiva, de un arco temporal que va del tiempo de vida útil de un libro en los anaqueles de cualquier librería —soy generoso y obvio el comercio de libros—, entre uno y cinco años, a la duración de los derechos de explotación de la obra o, mutatis mutandis de su traducción, que dependiendo del país puede ocupar unos generosos sesenta años. Ahí es nada.

La nebulosa aquí es en realidad mayor, puesto que antiguas editoriales que cerraron sus puertas hace tiempo —pienso en Editora Nacional, una tragedia— vendieron o malvendieron los derechos de su fondo a algún oscuro —o luminoso, preclaro— editor que ha decidido dejar esas colecciones durmiendo el sueño de los justos. Un escaneo, un ocr concienciudo, una cuidadosa corrección —para adecuarse al original, no con afán de mejorarlo, o con opción si cabe de una “fe de erratas”— y una maquetación conservando tipo, cuerpo, paginación y demás y voilá, uno verá que distribuyendo el archivo por unos 8 euros va a encontrarse con que unos 2.000 profesores universitarios desperdigados por el mundo —es un decir— y un generoso número de estudiantes, si aquéllos se animan a incorporar el texto en sus cursos, se comprarán el libro de marras de la colección. Pongamos otros 1.000 alumnos y ya estamos en 3.000, que multiplicado da la friolera de 24.000 euros, algo que partiendo de la nula producción de beneficios actual haría que al mundo de los editores les tuviera que aparecer el símbolo del euro centelleando en sus pupilas. No te cuento si nos ofrecieran la Biblioteca de visionarios, heterodoxos y marginados, las obras completas de Julio Caro Baroja, las de Marcelino Menéndez Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, o los magnificos estudios de José Deleito y Piñuela a un precio especial de lanzamiento.

William Morris - ejemplo de página impresaMenciono esto porque sí hay cosas que un editor puede aprender del mundo del disco: remasterizar obras clásicas y casi perdidas. Aquí Google Books, con su falta de cuidado y amor por el texto y por su renderizado, junto a su pobre sistema de búsquedas, ha dejado una vía abierta para los editores en el sentido clásico: aquellos que amaban el libro como objeto además de como contenido. Las opciones del libro electrónico deben dar la opción de volver a transmitir ese amor, de reeducar estéticamente al público. Uno puede hacer un trabajo de maquetado y composición siguiendo el original pero puede ofrecer anexa una versión ampliada a la que adjuntar apéndices que permitan un lectura actualizada —para eso valemos los historiadores, los filósofos, los filólogos y demás razas de Mordor—, la incorporación de materiales de difícil acceso hace cuarenta años y hoy a un click de distancia, objetos gráficos y audiovisuales, etc. Creo que cuando Apple —siento mencionar al santo de mi devoción— anunció la creación de iTunes LP estaba pensando en una fórmula que a ellos les ha ido bastante bien, y que podría adaptarse de la siguiente manera al mundo del libro digital: es cierto que hay .rtfs, .docs, .pdfs y demás pululando por la red, pero hay una manera de presentar los contenidos y unos contenidos determinados que solo pueden ser organizados por el editor que posee los derechos de más obras, es necesario crear objetos de arte que nadie quiera piratear, tanto por la plataforma en la que se ven como por las ventajas inherentes que conlleva su compra. Y creo que todo ello debería ser excitante por el reto que supone para el mercado editorial. No ha habido un momento con mayores posibilidades creativas para escritores, diseñadores y creadores de contenido desde las prensas de William Morris y las obras que pueden producirse llevarían la experiencia de la lectura y del aprendizaje a un nuevo nivel. Aquí la pericia del editor en la selección de los textos para sus colecciones, y el trabajo que durante años la editorial ha realizado escogiendo con mimo sus títulos se verá enormemente recompensados. Espero que la plataforma que Apple prepara esté a la altura de dichas posibilidades experimentales y, de ser así, que no queden estas en lo anecdótico.

La entrada de Mi mesa cojea mencionada al principio de este texto incide en un hecho distinto al que yo comento, al enfocarse primordialmente a la literatura de consumo. He tenido la posibilidad de utilizar un Kindle y un Nook estos días y, sinceramente, no es la experiencia de lectura que busco, ni lo que espero para cambiarme de papel a un dispositivo nuevo. Además de las razones anteriormente aducidas, tengo claro que no voy a utilizar un lector de libros electrónicos donde su estética —y me refiero a cuestiones tipográficas, de caja y demás cosas que no tienen por qué preocupar a todo el mundo— es como poco aberrante. Pero la crítica de Jose A. Pérez es acertada, las editoriales deberían tener unos contenidos a la espera de soporte, y no al contrario, si el soporte adelanta a los contenidos y las preocupaciones por el libro como tal son mínimas —uno no sabe qué traducción, qué edición y con qué garantías la está leyendo— en un amplio espectro de lectores, las editoriales van a sufrir con sus títulos tradicionalmente más rentables. Quizás sea el momento de un cambio en el paradigma tradicional del mercado librario, que decía que los réditos obtenidos de las obras más vendidas servían para publicar las obras realmente importantes y de calidad, quizás el paso al libro electrónico permita que las editoriales ofrezcan a su público, a precios competitivos, obras raras y hermosas y que sean estás las que permitan no su supervivencia, sino una nueva edad dorada. Por soñar, que no quede.

actualización: Al hilo del debate algunos blogs han publicado algunas entradas de tanto interés ligeramente anteriores a esta o posteriores. Hago aquí una pequeña lista aproximativa de algunas de las que me han llamado más la atención:



  1. No deja de sorprenderme leer algunas de las perlas de la entrada de Econectados —«Dime un libro y lo encuentro en Google gratis», «lo siento por los libreros, pero van a desaparecer rápidamente», «los libreros están amenazando a las editoriales con quitar sus libros de la vista si venden libros electrónicos en sus webs. Pura mafia. Igual de mafia que la ley española que obliga a vender el libro a un precio único para proteger a las librerías pequeñas. Lo siento, pero aquí debe haber libertad; y ahora mismo en este terreno no hay ni algunos quieren dejar», «Mmuchísimas [sic.] librerías cerrarán, lo siento por los libreros tradicionales pero así es la digitalización que hace más accesible todo. Podremos leer en segundos cualquier libro estemos donde estemos», etc.— que, como en el caso de la música, demuestran un desconocimiento absoluto de lo que es un editor, un productor musical, un librero, por no ir ya directamente a un texto cuidado, una traducción con garantías, etc. No seré yo quien defienda modelos de mercado caducos ni los abundantes abusos que hay en los precios de la música y los libros, pero comienza a ser exasperante la total falta de conocimiento en los defensores del todogratisahorayporquesí de lo que conlleva diseñar una colección de libros o de discos y lo que hay detrás de producirlos con el cuidado necesario. 

  2. Incluso por el número de palabra en el texto. 

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