Ficta eloquentia

Retórica, política y poética medieval y renacentista. Silva de varia lección

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Erasmo y Julio II

Que Eras­mo había toma­do bue­na nota de las lec­ciones apren­di­das durante sus escarceos corte­sanos y que comen­z­a­ba a com­pren­der las ven­ta­jas de una fama lit­er­aria que iba a cobrar tintes leg­en­dar­ios que­da claro durante la segun­da déca­da del siglo XVI, cuan­do sabrá hac­erse acree­dor del apoyo y de la pro­tec­ción de lo más grana­do de la rama seglar de la aris­toc­ra­cia y de la monar­quía euro­peas —Enrique VIII de Inglater­ra, Fran­cis­co I de Fran­cia, el emper­ador Car­los V— y de la reli­giosa —Julio II, León X y Clemente VII entre ellos—. En cualquier caso, esta pro­tec­ción estu­vo mar­ca­da por altiba­jos y, durante las dos últi­mas décadas de su vida, por situa­ciones que pusieron pau­lati­na­mente la pre­tendi­da impar­cial­i­dad del Rotero­damo al límite.

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Jürg Koch, in memoriam

He pasa­do el día en la bib­liote­ca de un hom­bre muer­to, hus­me­an­do en sus pape­les y rebus­can­do entre sus libros, desha­cien­do lo que memo­ria, cuida­do y azar se habían molesta­do en fijar durante toda una vida.

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El iPad como objeto cultural y como objeto de consumo

La noti­cia tec­nológ­i­ca del día: Apple aca­ba de lan­zar un nue­vo pro­duc­to denom­i­na­do iPad. El tér­mi­no ‘pro­duc­to’ lo uti­li­zo a propósi­to y pre­tendo con él explicar por qué la recep­ción en Inter­net no ha sido espe­cial­mente cál­i­da.

El prob­le­ma ha sido la fal­ta de un con­tex­to, tan­to para tirios como para troy­anos. En el caso de los usuar­ios fieles a la mar­ca, las expec­ta­ti­vas habían lle­ga­do a un gra­do de des­bor­damien­to a través de rumores que hacían imposi­ble que ningún obje­to real cumpli­era con una masa informe de car­ac­terís­ti­cas que no para­ba de cre­cer. Jun­to a ello, Apple ha ido en con­tra de una de sus premisas en la creación de pro­duc­tos infor­máti­cos de con­sumo: pre­sen­ta un obje­to para la recep­ción pasi­va de pro­duc­tos cul­tur­ales cuan­do la línea de la empre­sa había con­sis­ti­do tradi­cional­mente en insi­s­tir en una poten­cial capaci­dad de creación de una man­era ráp­i­da y sen­cil­la. Y esto, como es evi­dente, ha des­colo­ca­do a muchos. En el caso de quienes nun­ca han tenido relación con la mar­ca, las reac­ciones fueron sim­i­lares a las que hubo con el iPhone: críti­ca de pre­cios, suma­da a críti­ca de un sis­tema propi­etario, etc.; una amplia may­oría de ellos tiene, dos años después, un iPod tác­til o el telé­fono móvil de la mar­ca.


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Sin embar­go, lo que puede percibirse como un fal­lo de la empre­sa a la hora de sat­is­fac­er las necesi­dades de los usuar­ios, o de cumplir con sus expec­ta­ti­vas, admite una lec­tura dis­tin­ta. Apple ha opta­do por el sen­ti­do común y por hac­er un ejer­ci­cio reflex­i­vo a par­tir del que reed­u­car al usuario, movimien­to que por su carác­ter insól­i­to merece al menos una reflex­ión. El iPad no es una com­puta­do­ra que per­mi­ta redac­tar una tesis, com­pon­er músi­ca, reto­car fotografías de man­era pro­fe­sion­al o edi­tar vídeos en HD; sino que sirve para dis­fru­tar de todo ello. El con­cep­to que hay detrás es quiénes somos y cómo apor­ta­mos val­or a lo que con­sum­i­mos, de ahí la posi­bil­i­dad mane­jarse y dis­tribuir lo que ten­emos en nue­stro ter­mi­nal en todas las redes sociales. El iPad no podía ser la piedra filoso­fal de la infor­máti­ca de con­sumo porque ya lo es cualquier orde­nador con cier­ta poten­cia; había que bus­car un espa­cio dis­tin­to para dar sig­nifi­ca­do a todo lo que con­sum­i­mos. Como tal, va dirigi­do a los usuar­ios que nece­si­tan un ter­mi­nal para moverse por redes sociales, para revis­ar doc­u­men­tos que lo requier­an, para leer libros ya escritos, etc.

En resumen, el iPad no alude al usuario cre­ati­vo o a aquel que nece­si­ta hac­er cosas con una com­puta­do­ra, sino que se plantea a ese mis­mo usuario, o al con­sum­i­dor pasi­vo, como ente recep­tor —de ahí la insis­ten­cia en las redes sociales, la redis­tribu­ción de la apli­cación de correo elec­tróni­co, etc.— y como críti­co y difu­sor de los mis­mos. Por tan­to, una idea de creación no solo para aque­l­los con inqui­etudes, sino para los inter­nau­tas como comu­nidad glob­al.



Creo que el iPad será un éxi­to porque tiende la mano al amplio reg­istro de usuar­ios que todavía miran con rece­lo, o usan de una man­era vaga e impre­cisa, sus orde­nadores y su conex­ión a Inter­net. Pien­so en usuar­ios que no nece­si­tan la com­ple­ji­dad de un orde­nador per­son­al para con­fig­u­rar su cuen­ta de face­book, que no saben qué es flickr, que no quiere nave­g­ar de man­era errante por pági­nas web, sino que requieren pun­tos de ref­er­en­cia per­fec­ta­mente situ­a­dos en Inter­net —coor­de­nadas que podríamos denom­i­nar como main­stream dig­i­tal—. Lo que Apple ha hecho es pare­ci­do a lo que el ZX Spec­trum, el Com­modore 64 o el Ami­ga hicieron en la déca­da de los 80 para mi gen­eración: ha pen­sa­do en un ter­mi­nal domés­ti­co que no requiere ningún conocimien­to pre­vio para dis­fru­tar ple­na­mente del ocio dig­i­tal y de los pro­to­co­los de inter­ac­ción social que ofrece Inter­net.

Gestión de tiempo y de espacio.

Detrás de ello, hay un estu­dio serio de mod­e­los de mer­ca­do y de expan­sión hacia un enorme con­jun­to de usuar­ios poten­ciales. Pero hay además una con­sid­eración impor­tante de uno de los grandes temas del dis­eño apli­ca­do a la infor­máti­ca: la gestión de los espa­cios de tra­ba­jo y de ocio. Apple ha pen­sa­do en cómo dis­tribuimos ambos espa­cios en la inter­ac­ción con nues­tras com­puta­do­ras y ha crea­do un obje­to que responde al ocio de una man­era más pre­cisa que un portátil o un sobreme­sa, ha apli­ca­do la división de las dos grandes cor­ri­entes de uso de com­putación dividién­dolas en dos espa­cios clara­mente delim­i­ta­dos. Y eso tiene dos claras lec­turas: la primera es que aque­l­los que como yo nos pasamos el día delante de nue­stros portátiles y mez­clam­os ocio con tra­ba­jo nos ha ofre­ci­do una delim­itación físi­ca de los mis­mos, dan­do un con­tex­to a un obje­to nue­vo —aquí las pal­abras de Jobs no pare­cen exager­adas— que hace todo lo que se puede hac­er con un orde­nador que no es estric­ta­mente pro­duc­ti­vo. Esta división per­mite pen­sar de una man­era mucho más lóg­i­ca nues­tra relación con los orde­nadores y mate­ri­al­iza una nece­saria división con­cep­tu­al. Apple ha crea­do, me parece, un espa­cio nece­sario.

No es que el iPad per­mi­ta hac­er cosas impens­ables en otro apara­to, sino que ayu­da a dis­tribuir los con­cep­tos en dis­tin­tos tipos de obje­tos, y eso es enorme­mente impor­tante para todo tipo de usuar­ios.

Incorporación de nuevos usuarios y relectura de Internet.

El iPad, tal y como yo lo veo, es jus­ta­mente lo con­trario a una her­ramien­ta de tra­ba­jo. Es una her­ramien­ta de pro­cras­ti­nación, que la alien­ta y que la evi­ta al con­ver­tir­lo —a él en vez de a nues­tra com­puta­do­ra— en su instru­men­to. Cumple, a su vez, con todas las premisas y atiende a todo el aban­i­co de ocio en Inter­net, per­mi­tien­do acced­er a una amplia masa de población a las redes sociales aunque carez­can de cuen­ta en ellas. Pien­so por ejem­p­lo en la gen­eración que aho­ra cuen­ta con 50 años. Su relación con la com­putación ha sido, en su may­or parte, una relación lab­o­ral en la que había que usar el correo elec­tróni­co y quizás dos o tres apli­ca­ciones especí­fi­cas. No nave­g­an por Inter­net, no leen blogs por suscrip­ción a RSS y no hacen cosas que para el arco de población entre 15 y 35 años son bási­cas.

Jobs pre­sen­tó el iPad sen­ta­do en un sil­lón con una mesil­la al lado. No es un obje­to para las ofic­i­nas, nadie pre­tenderá escribir tex­tos exten­sos —aunque cier­tos com­ple­men­tos lo per­mi­tan— en él. Cier­ta­mente se puede usar iWork, nues­tra galería de fotos, etc., pero tal y como yo lo veo, para hac­er prue­bas de con­cep­to, para revis­ar fuera del escrito­rio y fuera del despa­cho algunos tra­ba­jos que hemos pro­duci­do allí, de una man­era casu­al y sin com­pli­ca­ciones de inter­faz. Vis­to así, inclu­so la imposi­bil­i­dad de realizar varias tar­eas simultánea­mente parece una ven­ta­ja.

La lectura de libros electrónicos.

Apple reveals iBookstore and app for the iPad -- Engadget.jpgUna de las apli­ca­ciones que Apple pre­sen­tó para su nue­vo dis­pos­i­ti­vo fue fue iBooks. Un soft­ware de lec­tura de libros en for­ma­to .epub. Y aquí de nue­vo se plantea de man­era evi­dente lo que quería decir antes. Apple ha pre­tendi­do crear una expe­ri­en­cia estéti­ca de lec­tura. Ha obvi­a­do la tin­ta elec­tróni­ca —todavía no es su momen­to— y ha inten­ta­do crear la expe­ri­en­cia más agrad­able y sim­i­lar a la lec­tura en papel, no ha repro­duci­do las cual­i­dades físi­cas del papel, sino la ‘inter­faz de la lec­tura’. Para ello ha saque­a­do sin piedad dos apli­ca­ciones de cier­ta fama: Deli­cious library para la creación de anaque­les vir­tuales donde alma­ce­nar libros y Clas­sics para repro­ducir el pro­ce­so de lec­tura.

De nue­vo, esto ha pro­duci­do críti­cas por parte de los poten­ciales clientes: cómo se leerá un pdf, por qué pan­talla con retroi­lu­mi­nación y no tin­ta elec­tróni­ca, etc. Y volve­mos con ello al con­cep­to que hay detrás del dis­pos­i­ti­vo: no se tra­ta de que no se pue­da leer un pdf, que se puede, sino de que algún desar­rol­lador cree una apli­cación que repi­ense la man­era que ten­emos de tratar con for­matos que no per­miten un reescal­a­do como el tex­to plano. Eso lle­gará más pron­to que tarde. Se tra­ta de que uno pue­da acced­er a fic­ción y ensayo de man­era direc­ta en su ter­mi­nal, que pue­da leer­los y dis­fru­tar de la lec­tura como un plac­er estéti­co, no como un tra­ba­jo.

A mí, que me dedi­co —por hor­ri­ble que suene— a leer de man­era pro­fe­sion­al, no me resul­ta prác­ti­co. Y no lo es porque la premisa es que no lo sea, no se ha pen­sa­do en el dis­pos­i­ti­vo para eso y, más impor­tante aún, el iPad no es un lec­tor de libros elec­tróni­cos, aunque pue­da cumplir con ese cometi­do.

La AppStore y la creación de ecosistemas para los usuarios.

Una de las cosas real­mente atrayentes del iPad es cómo Apple ha crea­do una inter­faz y un con­jun­to de apli­ca­ciones bási­cas para los usuar­ios. La com­pañía nos ha mostra­do cómo ve al usuario medio de Inter­net y, des­de mi pun­to de vista, la radi­ografía les ha sali­do impeca­ble.

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Eso no impli­ca que cada usuario pue­da hac­er del dis­pos­i­ti­vo lo que quiera medi­ante apli­ca­ciones de ter­ceros. Por ejem­p­lo, el iPad puede ser una her­ramien­ta muy intere­sante para aque­l­los que estén preparan­do una tesis o un libro si se cuen­ta con el mis­mo gestor bib­li­ográ­fi­co que tiene en su com­puta­do­ra que per­mi­ta leer bib­li­ografía en pdf y ano­tar­la y mar­car­la para que luego sea sin­croniza­da y con un edi­tor de tex­tos bási­co que le per­mi­ta hac­er pequeñas cor­rec­ciones en otro ámbito que no sea la mesa de tra­ba­jo, y con un dis­pos­i­ti­vo fácil­mente trans­portable, ligero y energéti­ca­mente efi­ciente.

Lo mis­mo es aplic­a­ble a aque­l­los pro­fe­sion­ales de la fotografía que deban revis­ar una enorme can­ti­dad de fotografías, el dis­pos­i­ti­vo per­mite mar­car y detec­tar posi­bles prob­le­mas tan­to en el momen­to de pre como de pre­pro­duc­ción, prob­le­mas que a veces podrán solu­cionarse con una apli­cación lig­era de retoque fotográ­fi­co en el dis­pos­i­ti­vo y a veces requerirán enviarse al cen­tro de tra­ba­jo para una revisión pos­te­ri­or.

Como cierre, me parece que lo que hoy ha pre­sen­ta­do hoy es una man­i­festación sin­cera de nue­stros hábitos como usuar­ios, dán­dole puer­ta de entra­da a muchos más que todavía descono­cen Inter­net. La for­ma en la que lo ha hecho me parece intere­sante y que­da por ver cuál será la recep­ción del dis­pos­i­ti­vo. Si mi lec­tura es acer­ta­da, Steve Jobs podrá jac­tarse de haber rein­ven­ta­do la infor­máti­ca de con­sumo.

El iPad define de una man­era pre­cisa qué es un usuario de Inter­net actu­al, cuáles son sus necesi­dades, y cómo inter­ac­túa con su medio. En ese sen­ti­do, servirá en unos años para com­pren­der cómo veíamos Inter­net y que tipo de expec­ta­ti­vas teníamos —en tér­mi­nos gen­erales— a la hora de valer­nos de la red como medio comu­nica­ti­vo.

El libro digital, España y el modelo americano

Se ha lev­an­ta­do la polvare­da, como era pre­vis­i­ble, con respec­to al libro dig­i­tal en españa y a la penosa situación de las edi­to­ri­ales patrias con respec­to a él. Me refiero ante todo a la polémi­ca en Twit­ter y a la aira­da entra­da de Mi mesa cojea al respec­to, así como la entra­da de Econec­ta­dos a la que llego por Error500: todo indi­ca que las edi­to­ri­ales han opta­do por el inmovil­is­mo como sucedió con las discográ­fi­cas hace una déca­da, con la difer­en­cia de que diez años son muchos en lo que toca al ámbito tec­nológi­co y los usuar­ios ya tienen a su dis­posi­ción todos los medios para la creación de platafor­mas de con­tenidos que pueden ser col­madas de mate­r­i­al en muy poco tiempo.[^1] Se con­funde quien pien­sa, sin embar­go, que los edi­tores españoles no cono­cen el mer­ca­do, saben bien que ese “qui­etismo” es la acti­tud más inteligente a seguir aho­ra, porque bas­ta que suplan las infum­ables ver­siones en for­ma­to .rtf, .doc o sus refritos en .pdf por unas decentes —y revisadas y cote­jadas— en .epub, .pdf o deriva­dos para que pasen a engrosar el catál­o­go de libros piratas —y quien sepa algo de his­to­ria del libro, sabe que es tér­mi­no que ni pin­ta­do—, sola­mente apor­tan­do pér­di­das en un cam­bio de platafor­ma que es, por otro lado, inevitable.

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Ima­gen bajo licen­cia Cre­ative Com­mons: “My Kin­dle 2 now works side­ways”, de jc.westbrook

Es cier­to que el impacto de los lec­tores de libros elec­tróni­cos en España no es com­pa­ra­ble al esta­dounidense, como tam­bién es cier­to que las edi­to­ri­ales españo­las ya deberían estar preparadas para la con­viven­cia del mer­ca­do del papel y del dig­i­tal. Nues­tras edi­to­ri­ales podían haber tenido la vista sufi­ciente como para lan­zar best-sell­ers y clási­cos ano­ta­dos y prepara­dos para estu­di­antes amer­i­canos y británi­cos de español —que los hay a expuer­tas—, algo que aún puede ser un buen cam­po de prue­bas para ellas y les puede apor­tar impor­tantes ben­efi­cios a largo pla­zo. Como sea, lo que plantean las entradas men­cionadas más arri­ba es que las edi­to­ri­ales van a seguir el ejem­p­lo de las discográ­fi­cas, que nos han pre­sen­ta­do un ciclo de pér­di­das enorme —y no quiero dis­cu­tir­lo aquí— has­ta encon­trarse pau­lati­na­mente con un equi­lib­rio entre lo que los usuar­ios deman­dan y las dis­tribuido­ras están dis­pues­tas a ofre­cer. Pero la real­i­dad es que el mer­ca­do de libro cuen­ta con unos ras­gos que, bien aprovecha­dos, pueden lle­var­lo por der­roteros dis­tin­tos.

En primer lugar, el mer­ca­do de la músi­ca tiene poco o nada que ver con el mer­ca­do del libro. Mien­tras que escuchar músi­ca en un iPod o en un orde­nador con una bue­na sal­i­da de sonido tiene poco de dis­tin­to a hac­er­lo en un equipo de alta fidel­i­dad —que me per­do­nen los meló­manos—, leer un libro en soporte dig­i­tal tiene mucho de dis­tin­to al soporte en papel. Hay, claro, ven­ta­jas y desven­ta­jas. Para una per­sona como yo, que se ded­i­ca a los libros —a leer­los y a inten­tar escribir­los—, la ven­ta­ja de poder bus­car una infor­ma­ción conc­re­ta en cualquier momen­to parece de cien­cia fic­ción, y el ahor­ro de tiem­po es con­sid­er­able. Claro que esto no sig­nifi­ca que yo pue­da pro­ducir más o mejor, sino que sen­cil­la­mente ten­go una como­di­dad aña­di­da a la revisión de mis notas de lec­tura. El prob­le­ma que yo le veo a los ebooks en el ámbito académi­co —lo he comen­ta­do más veces— es el for­ma­to: los académi­cos nece­si­ta­mos saber el año de edi­ción, la edi­to­r­i­al y el lugar, el número de pági­na, y demás cosas que el ebook se salta a la tor­era, para ayu­dar a nue­stros lec­tores a encon­trar las ref­er­en­cias que men­cionamos y para que nue­stros lec­tores nos espe­ten a su vez ref­er­en­cias que nos con­tr­a­di­gan. Perder esta man­era, o no apor­tar una nue­va, de ref­er­en­ci­a­do es ina­cept­able y un error a todas luces, maxime cuan­do es fácil­mente subsanable.[^2] No cues­ta imag­i­nar un momen­to en un futuro —lejano o cer­cano— en que los libros académi­cos se publiquen úni­ca­mente en for­ma­to dig­i­tal y estén pla­ga­dos de hiper­vín­cu­los para acced­er de man­era direc­ta a fuentes que antes se men­ciona­ban, sí, y que en un acto de fe, tam­bién, teníamos que dar por bue­nas. Lle­ga­dos a ese pun­to, el ebook mostrará su poten­cial como una her­ramien­ta de estu­dio sin parangón en la his­to­ria del libro, y creo que todos debe­mos con­grat­u­larnos con lo que nos viene por delante, algo para lo que la escrit­u­ra de un blog ayu­da mucho —por eso se lo recomien­do a mis cole­gas— y para lo que creo que sería deseable un entre­namien­to especí­fi­co en los pro­gra­mas de doc­tor­a­do actuales.

Jerome and the Book.jpgDecía que el mun­do de la músi­ca y el mun­do del libro no son iguales y me gus­taría ser un poco más claro al respec­to. Mien­tras que es prác­ti­ca­mente innegable que todo el mun­do escucha y escuch­a­ba músi­ca y quien más o quien menos tiene en su casa un gen­eroso catál­o­go de CDs o mp3, en el caso de los libros es difí­cil­mente negable aque­l­la can­ti­nela impen­i­tente de años ha de que cada vez se leen menos libros en esa cabri­o­la fan­tás­ti­ca que establece una equiparación entre lec­tura y com­pra de un vol­u­men que, gra­cias a esos sitios leg­en­dar­ios lla­ma­dos bib­liote­cas, sería más que dis­cutible. Leer un libro no requiere las mis­mas destrezas que oír un dis­co o ver una pelícu­la, y hay lec­tores, prob­a­ble­mente los más abne­ga­dos, fieles y tenaces, que bus­can cosas dis­tin­tas a la lit­er­atu­ra de con­sumo, que des­de el siglo XVIII es la que ha dado rédi­tos a las edi­to­ri­ales. Es evi­dente que estas no van a poder evi­tar que Zafón, Rowl­ing, Reverte, Marías, King, Clan­cy y demás jar­ca sean piratea­d­os de man­era inmis­eri­corde, como ya lo lle­van sien­do des­de hace lus­tros; sin embar­go, las edi­to­ri­ales jue­gan con una baza que el mun­do de la músi­ca no pudo explotar, que es el de su fon­do edi­to­r­i­al. Aquí la his­to­ria cam­bia, y mucho, porque esta­mos hablan­do de libros desa­pare­ci­dos que todavía pueden prestar un enorme rendimien­to económi­co con una inver­sión mín­i­ma, puesto que ya están escritos. Hablam­os, en defin­i­ti­va, de un arco tem­po­ral que va del tiem­po de vida útil de un libro en los anaque­les de cualquier libr­ería —soy gen­eroso y obvio el com­er­cio de libros—, entre uno y cin­co años, a la duración de los dere­chos de explotación de la obra o, mutatis mutan­dis de su tra­duc­ción, que depen­di­en­do del país puede ocu­par unos gen­erosos sesen­ta años. Ahí es nada.

La neb­u­losa aquí es en real­i­dad may­or, puesto que antiguas edi­to­ri­ales que cer­raron sus puer­tas hace tiem­po —pien­so en Edi­to­ra Nacional, una trage­dia— vendieron o mal­vendieron los dere­chos de su fon­do a algún oscuro —o lumi­noso, preclaro— edi­tor que ha deci­di­do dejar esas colec­ciones dur­mien­do el sueño de los jus­tos. Un esca­neo, un ocr con­cien­ci­u­do, una cuida­dosa cor­rec­ción —para ade­cuarse al orig­i­nal, no con afán de mejo­rar­lo, o con opción si cabe de una “fe de erratas”— y una maque­tación con­ser­van­do tipo, cuer­po, pag­i­nación y demás y voilá, uno verá que dis­tribuyen­do el archi­vo por unos 8 euros va a encon­trarse con que unos 2.000 pro­fe­sores uni­ver­si­tar­ios des­perdi­ga­dos por el mun­do —es un decir— y un gen­eroso número de estu­di­antes, si aquél­los se ani­man a incor­po­rar el tex­to en sus cur­sos, se com­prarán el libro de mar­ras de la colec­ción. Pong­amos otros 1.000 alum­nos y ya esta­mos en 3.000, que mul­ti­pli­ca­do da la friol­era de 24.000 euros, algo que par­tien­do de la nula pro­duc­ción de ben­efi­cios actu­al haría que al mun­do de los edi­tores les tuviera que apare­cer el sím­bo­lo del euro cen­tel­le­an­do en sus pupi­las. No te cuen­to si nos ofrecier­an la Bib­liote­ca de vision­ar­ios, het­ero­dox­os y mar­gin­a­dos, las obras com­ple­tas de Julio Caro Baro­ja, las de Marceli­no Menén­dez Pelayo, Ramón Menén­dez Pidal, Dáma­so Alon­so, o los mag­nifi­cos estu­dios de José Deleito y Piñuela a un pre­cio espe­cial de lan­za­mien­to.

William Morris - ejemplo de página impresaMen­ciono esto porque sí hay cosas que un edi­tor puede apren­der del mun­do del dis­co: remas­teri­zar obras clási­cas y casi per­di­das. Aquí Google Books, con su fal­ta de cuida­do y amor por el tex­to y por su ren­der­iza­do, jun­to a su pobre sis­tema de búsquedas, ha deja­do una vía abier­ta para los edi­tores en el sen­ti­do clási­co: aque­l­los que ama­ban el libro como obje­to además de como con­tenido. Las opciones del libro elec­tróni­co deben dar la opción de volver a trans­mi­tir ese amor, de reed­u­car estéti­ca­mente al públi­co. Uno puede hac­er un tra­ba­jo de maque­ta­do y com­posi­ción sigu­ien­do el orig­i­nal pero puede ofre­cer anexa una ver­sión ampli­a­da a la que adjun­tar apéndices que per­mi­tan un lec­tura actu­al­iza­da —para eso vale­mos los his­to­ri­adores, los filó­so­fos, los filól­o­gos y demás razas de Mor­dor—, la incor­po­ración de mate­ri­ales de difí­cil acce­so hace cuarenta años y hoy a un click de dis­tan­cia, obje­tos grá­fi­cos y audio­vi­suales, etc. Creo que cuan­do Apple —sien­to men­cionar al san­to de mi devo­ción— anun­ció la creación de iTunes LP esta­ba pen­san­do en una fór­mu­la que a ellos les ha ido bas­tante bien, y que podría adap­tarse de la sigu­iente man­era al mun­do del libro dig­i­tal: es cier­to que hay .rtfs, .docs, .pdfs y demás pul­u­lan­do por la red, pero hay una man­era de pre­sen­tar los con­tenidos y unos con­tenidos deter­mi­na­dos que solo pueden ser orga­ni­za­dos por el edi­tor que posee los dere­chos de más obras, es nece­sario crear obje­tos de arte que nadie quiera piratear, tan­to por la platafor­ma en la que se ven como por las ven­ta­jas inher­entes que con­ll­e­va su com­pra. Y creo que todo ello debería ser exci­tante por el reto que supone para el mer­ca­do edi­to­r­i­al. No ha habido un momen­to con may­ores posi­bil­i­dades cre­ati­vas para escritores, dis­eñadores y creadores de con­tenido des­de las pren­sas de William Mor­ris y las obras que pueden pro­ducirse lle­varían la expe­ri­en­cia de la lec­tura y del apren­diza­je a un nue­vo niv­el. Aquí la peri­cia del edi­tor en la selec­ción de los tex­tos para sus colec­ciones, y el tra­ba­jo que durante años la edi­to­r­i­al ha real­iza­do esco­gien­do con mimo sus títu­los se verá enorme­mente rec­om­pen­sa­dos. Espero que la platafor­ma que Apple prepara esté a la altura de dichas posi­bil­i­dades exper­i­men­tales y, de ser así, que no que­den estas en lo anecdóti­co.

La entra­da de Mi mesa cojea men­ciona­da al prin­ci­pio de este tex­to incide en un hecho dis­tin­to al que yo comen­to, al enfo­carse pri­mor­dial­mente a la lit­er­atu­ra de con­sumo. He tenido la posi­bil­i­dad de uti­lizar un Kin­dle y un Nook estos días y, sin­ce­ra­mente, no es la expe­ri­en­cia de lec­tura que bus­co, ni lo que espero para cam­biarme de papel a un dis­pos­i­ti­vo nue­vo. Además de las razones ante­ri­or­mente aduci­das, ten­go claro que no voy a uti­lizar un lec­tor de libros elec­tróni­cos donde su estéti­ca —y me refiero a cues­tiones tipográ­fi­cas, de caja y demás cosas que no tienen por qué pre­ocu­par a todo el mun­do— es como poco aber­rante. Pero la críti­ca de Jose A. Pérez es acer­ta­da, las edi­to­ri­ales deberían ten­er unos con­tenidos a la espera de soporte, y no al con­trario, si el soporte ade­lan­ta a los con­tenidos y las pre­ocu­pa­ciones por el libro como tal son mín­i­mas —uno no sabe qué tra­duc­ción, qué edi­ción y con qué garan­tías la está leyen­do— en un amplio espec­tro de lec­tores, las edi­to­ri­ales van a sufrir con sus títu­los tradi­cional­mente más renta­bles. Quizás sea el momen­to de un cam­bio en el par­a­dig­ma tradi­cional del mer­ca­do librario, que decía que los rédi­tos obtenidos de las obras más ven­di­das servían para pub­licar las obras real­mente impor­tantes y de cal­i­dad, quizás el paso al libro elec­tróni­co per­mi­ta que las edi­to­ri­ales ofrez­can a su públi­co, a pre­cios com­pet­i­tivos, obras raras y her­mosas y que sean estás las que per­mi­tan no su super­viven­cia, sino una nue­va edad dora­da. Por soñar, que no quede.

actu­al­ización: Al hilo del debate algunos blogs han pub­li­ca­do algu­nas entradas de tan­to interés lig­era­mente ante­ri­ores a esta o pos­te­ri­ores. Hago aquí una pequeña lista aprox­i­ma­ti­va de algu­nas de las que me han lla­ma­do más la aten­ción:

* “El miedo a la copia ile­gal deja pasar una opor­tu­nidad de nego­cio con los e-books en España”, en Madrid Pro­gre­sista. Comen­tar­ios en Menéame.
* “Su Bib­lia, seño­ra min­is­tra”, de Blogu­ion­istas. Con una intere­sante apre­ciación de un edi­tor sobre los dere­chos de autor y de explotación de las obras descat­a­lo­gadas.
* De nue­vo sobre los títu­los descat­a­lo­ga­dos, podéis ver esta entra­da de The Pub­lic Domain y los comen­tar­ios en castel­lano en menéame, que dan una bue­na idea de las pos­turas, opin­iones y acti­tudes más difun­di­das en torno al libro dig­i­tal.
* El anteproyec­to de ley de economía sostenibleaquí des­de la pági­na del min­is­te­rio— ofrece bas­tantes respues­tas, de las que muchas son clara­mente anti­con­sti­tu­cionales, a aque­l­los que se pre­ocu­pen por cual será el nue­vo panora­ma en la creación, dis­frute y difusión de copias dig­i­tales por la red. Tenéis artícu­los de opinión al respec­to, en un tono muy sim­i­lar, en Del dere­cho y las nor­mas, Enrique Dans, Merode­an­do, La aldea irre­ductible, Interi­uris, Ver­sus y Error 500.
* “El mun­do edi­to­r­i­al dis­cute cómo con­tro­lar la piratería en el ‘e-book’”, Pedro Val­lín, en La Van­guardia.

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[^1]:
No deja de sor­pren­derme leer algu­nas de las per­las de la entra­da de Econec­ta­dos —«Dime un libro y lo encuen­tro en Google gratis», «lo sien­to por los libreros, pero van a desa­pare­cer ráp­i­da­mente», «los libreros están ame­nazan­do a las edi­to­ri­ales con quitar sus libros de la vista si venden libros elec­tróni­cos en sus webs. Pura mafia. Igual de mafia que la ley españo­la que obliga a vender el libro a un pre­cio úni­co para pro­te­ger a las libr­erías pequeñas. Lo sien­to, pero aquí debe haber lib­er­tad; y aho­ra mis­mo en este ter­reno no hay ni algunos quieren dejar», «Mmuchísi­mas [sic.] libr­erías cer­rarán, lo sien­to por los libreros tradi­cionales pero así es la dig­i­tal­ización que hace más acce­si­ble todo. Podremos leer en segun­dos cualquier libro este­mos donde este­mos», etc.— que, como en el caso de la músi­ca, demues­tran un desconocimien­to abso­lu­to de lo que es un edi­tor, un pro­duc­tor musi­cal, un librero, por no ir ya direc­ta­mente a un tex­to cuida­do, una tra­duc­ción con garan­tías, etc. No seré yo quien defien­da mod­e­los de mer­ca­do caducos ni los abun­dantes abu­sos que hay en los pre­cios de la músi­ca y los libros, pero comien­za a ser exas­per­ante la total fal­ta de conocimien­to en los defen­sores del todograti­sa­ho­ray­porquesí de lo que con­ll­e­va dis­eñar una colec­ción de libros o de dis­cos y lo que hay detrás de pro­ducir­los con el cuida­do nece­sario.

[^2]:
Inclu­so por el número de pal­abra en el tex­to.

El proceso de Bolonia y la filosofía

Me lan­zan la pre­gun­ta —o el guante— a través de otro blog acer­ca de cómo afec­tará el pro­ce­so de Bolo­nia al ámbito de los estu­dios filosó­fi­cos. La pre­gun­ta tiene su aquel, como dec­i­mos los gal­le­gos, porque pre­supone que el pro­gra­ma mar­co de Bolo­nia y su apli­cación impli­can la heri­da de muerte a las humanidades y a la posi­bil­i­dad de que los estu­di­antes desar­rollen capaci­dades más allá de las téc­ni­cas en la Uni­ver­si­dad.

Como algunos lec­tores saben, no soy pre­cisa­mente el más indi­ca­do para hablar de Bolo­nia, mi fil­iación a la uni­ver­si­dad españo­la ter­mi­na pre­cisa­mente cuan­do el proyec­to comien­za a tomar for­ma y cuan­do las insti­tu­ciones tienen que empezar a con­sid­er­ar seri­amente la mod­i­fi­cación de sus estruc­turas para aplicar el nue­vo pro­gra­ma. Mien­tras todo esto comen­z­a­ba a pasar, yo me trasladé a Esco­cia, a la Uni­ver­si­dad de Aberdeen. Las difer­en­cias entre el pro­gra­ma de enseñan­za de uni­ver­si­dades españo­las y británi­cas era clara: de par­ti­da, muchos de los cur­sos que en España eran oblig­a­dos en el Reino Unido sen­cil­la­mente no existían. El con­traste era per­cep­ti­ble en el sen­ti­do de que uno se plante­a­ba que los alum­nos no con­ta­ban con una for­ma­ción gen­er­al­ista al ter­mi­nar sus estu­dios uni­ver­si­tar­ios, algo incom­pren­si­ble en España.

España frente a Europa

Debo decir antes de con­tin­uar que mi expe­ri­en­cia en el Reino Unido está lig­a­da a un cen­tro de inves­ti­gación mul­ti­dis­ci­pli­nar —Cen­tre for Mod­ern Thought— donde con­viv­en his­to­ri­adores de la cien­cia —Mario Bia­gi­oli—, his­to­ri­adores y teóri­cos del lengua­je cin­e­matográ­fi­co —Kriss Ravet­to—, direc­tores de cine —Raúl Ruiz—, antropól­o­gos —Daniel James, James Leach y Trevor Stack—, filó­so­fos —Alber­to Mor­eiras, Petar Bojan­ic—, teóri­cos críti­cos —Christo­pher Fyn­sk, Nadia Kiwan—, físi­cos teóri­cos —Cel­so Gre­bo­gi—, juris­tas —Tony Car­ti—, politól­o­gos —Mustapha Kamal Pasha, John Pater­son—, teól­o­gos —Joachim Schaper— e his­to­ri­adores de la lit­er­atu­ra y la cultura—Cairns Craig, Michael Syrotin­s­ki, Niko­laj Lübeck­er, Nerea Arru­ti, Julia Big­gane, Tere­sa Vilarós, Nick Nes­bitt—. La man­era de cohe­sion­ar a un grupo tan var­i­opin­to y a sus estu­di­antes se real­iza a través de sem­i­nar­ios semes­trales donde todos los miem­bros par­tic­i­pan y de fre­cuentes con­fer­en­cias y con­gre­sos donde se invi­ta a espe­cial­is­tas mundi­ales en muy diver­sos cam­pos. En el Cen­tro no exis­ten cur­sos al uso tradi­cional. Si enseñamos, lo hace­mos en las dis­ci­plinas que nos concier­nen, pero el Cen­tro en sí mis­mo es un lugar de encuen­tro, de dis­cusión y de inves­ti­gación. Esta fór­mu­la con­vierte la for­ma­ción uni­ver­si­taria en una expe­ri­en­cia muy dis­tin­ta a cur­sar un doc­tor­a­do con­ven­cional, y tiene sus ven­ta­jas y sus incon­ve­nientes que creo que dan una pau­ta a aque­l­los que están ate­moriza­dos por el pro­gra­ma de Bolo­nia.

Aberdeen University Campus

Entre las ven­ta­jas hay que destacar una for­ma­ción mucho más amplia que la de cualquier otro pro­gra­ma de doc­tor­a­do que conoz­ca: como alum­no, uno decide sobre qué quiere inves­ti­gar y la man­era en que quiere hac­er­lo, y a cam­bio se le ofrece un enorme aban­i­co de posi­bil­i­dades de enfoque, además de cono­cer de primera mano inves­ti­ga­ciones y ten­den­cias en dis­ci­plinas que en prin­ci­pio le están vedadas. Esto por sí mis­mo no tiene pre­cio. Las desven­ta­jas son tam­bién claras, al menos des­de una per­spec­ti­va exter­na: no hay una estruc­tura aparente que per­mi­ta dar coheren­cia al cur­rícu­lo, no hay un dominio exclu­si­vo de espe­cial­ización y la inves­ti­gación par­tic­u­lar es una tarea indi­vid­ual. Digo que son desven­ta­jas que se asim­i­lan luego en la estruc­tura may­or que es la del Cen­tro, puesto que a pos­te­ri­ori esa inves­ti­gación especí­fi­ca debe ser for­mu­la­da de man­era sig­ni­fica­ti­va para el resto de miem­bros, de man­era que fuerza a una dis­ci­plina de tra­ba­jo y de escrit­u­ra enorme­mente estim­u­lantes y par­tic­u­lares.

En el sis­tema británi­co la for­ma­ción difiere en gran medi­da depen­di­en­do del cen­tro uni­ver­si­tario donde uno se forme y de las car­ac­terís­ti­cas del depar­ta­men­to que lo aco­ja. Sin duda, una de las difer­en­cias con respec­to a España es la fal­ta de uni­formi­dad en los pro­gra­mas de licen­ciatu­ra. Si uno estu­dia en un depar­ta­men­to de lit­er­atu­ra vol­ca­do, dig­amos, en lit­er­atu­ra lati­noamer­i­cana, poco verá de lit­er­atu­ra medieval o rena­cen­tista, pero frente al inmovil­is­mo habit­u­al en España —cada vez menos— en el Reino Unido, como en Esta­dos Unidos, es muy fre­cuente que los estu­di­antes se despla­cen para estu­di­ar sus doc­tor­a­dos a cen­tros donde se encuen­tran los pro­fe­sion­ales que les intere­san. De hecho, el doc­tor­a­do se con­cibe como el ver­dadero ámbito de espe­cial­ización frente a la licen­ciatu­ra, que suele fun­cionar de una man­era muy par­tic­u­lar: gran can­ti­dad de alum­nos se mueven entre varias dis­ci­plinas y el resul­ta­do final es una incóg­ni­ta has­ta que tienen que decidir hacia dónde enfo­carán su car­rera pro­fe­sion­al.

¿El resul­ta­do? Bien, mi per­cep­ción es que en lo que respec­ta al estu­di­ante licen­ci­a­do medio, en España sue­len ten­er una for­ma­ción más sól­i­da o, al menos, más estruc­tura­da. Pero a difer­en­cia de España, los estu­di­antes en el mun­do anglosajón aca­ban sus estu­dios con la capaci­dad sufi­ciente para desem­peñar la pro­fe­sión escogi­da. Una difer­en­cia que lla­ma enorme­mente la aten­ción con respec­to al estu­di­ante de licen­ciatu­ra español es la con­fi­an­za en el sis­tema, por una parte, y la inde­pen­den­cia y la madurez para mod­i­ficar el cur­rícu­lo de acuer­do con los intere­ses que el estu­di­ante va desar­rol­lan­do pro­gre­si­va­mente. Y eso, des­de mi pun­to de vista, es una ven­ta­ja sobre nosotros.

Bolo­nia puede ten­er muchas cosas malas, sin duda, como todo pro­gra­ma educa­ti­vo de ambi­ciones tan amplias, pero tiene algu­nas bue­nas. La primera y más impor­tante, con­vierte la edu­cación uni­ver­si­taria en un lugar donde se for­man pro­fe­sion­ales. Por aber­rante que pue­da resul­tar a los puris­tas, la Uni­ver­si­dad ya no es la mis­ma que hace 20 años: el número de alum­nos y de licen­ci­a­dos es tan vas­to que requiere de este tipo de estrate­gias para dar­le coheren­cia y enti­dad a una insti­tu­ción que en prin­ci­pio no está dis­eña­da para acoger una población estu­di­antil tan amplia. Es pre­ciso que se for­men pro­fe­sion­ales que sean capaces de adquirir habil­i­dades para el mun­do real, y si Bolo­nia logra esto, mere­cerá la renun­cia a cier­tos aspec­tos: Pri­mum uiuere…

Sobre la renuncia y la dependencia institucional

Durante todos estos meses he leí­do muchas colum­nas y artícu­los de cole­gas acer­ca de Bolo­nia. Sin­ce­ra­mente, en ellos uno encuen­tra de todo y no es jus­to —puesto que encier­ra una falsedad— gen­er­alizar. Pero quiero diri­girme a aque­l­los que temen Bolo­nia y la tratan como el apoc­alip­sis de la cul­tura occi­den­tal tal y como la cono­ce­mos. Una de las cosas que a uno le sor­prende cuan­do pasa cier­to tiem­po en otras insti­tu­ciones uni­ver­si­tarias es la depen­den­cia que nosotros, los pro­fe­sion­ales que tra­ba­jamos en ellas, creamos en torno a la insti­tu­ción.

La Uni­ver­si­dad es para la amplísi­ma may­oría de sus usuar­ios —uso el tér­mi­no a con­cien­cia— parte de un pro­ce­so, no un fin en sí mis­ma. La may­or parte de los estu­di­antes la obser­van con una per­spec­ti­va util­i­taria y eso no es nece­sari­a­mente malo. Para aque­l­los que amamos las humanidades, en toda la grandeza de la pal­abra, tam­poco debe ser un prob­le­ma que nues­tras insti­tu­ciones no nos presten la aten­ción debi­da. No vivi­mos en un tiem­po donde sea difí­cil realizar proyec­tos para­le­los o com­ple­men­tar­ios a los que se desar­rol­lan en la Uni­ver­si­dad y, si uno teme o mira con reser­vas a Bolo­nia, es una época excep­cional para lle­var­los ade­lante. Si Bolo­nia moles­ta, hoy como nun­ca con­ta­mos con los medios para ser inde­pen­di­entes de las insti­tu­ciones y realizar proyec­tos de muy largo alcance con una inver­sión mín­i­ma.

Rackham Amphitheater

A nadie se le escapa que, en el ámbito pro­fe­sion­al, las humanidades tienen cada vez una audi­en­cia menor pero, por otra parte, es mucha la gente que tiene un interés legí­ti­mo por ellas fuera de una línea cur­ric­u­lar defini­da. El con­flic­to se pre­sen­ta cuan­do uno quiere apoyo insti­tu­cional para algo que no gen­era ese interés en una audi­en­cia deter­mi­na­da. Uno no puede depen­der de una insti­tu­ción para que dé impor­tan­cia a su tra­ba­jo si este con­siste, supues­ta­mente, en tratar temas de interés uni­ver­sal. Si un pro­fe­sion­al en la his­to­ria de la filosofía —que no es lo mis­mo que un filó­so­fo—, en la his­to­ria de cien­cia —que no es lo mis­mo que un cien­tí­fi­co—, en la his­to­ria del arte —que no es lo mis­mo que un artista— o en la his­to­ria de la lit­er­atu­ra —que no es lo mis­mo que un lit­er­a­to— no se esfuerza en con­ver­tir su cam­po de interés en algo atrayente, entonces el prob­le­ma no es social ni insti­tu­cional, es un prob­le­ma de enfoque de su colec­ti­vo deter­mi­na­do y como tal hay que afrontar­lo.

¿Hacia donde dirigir la crítica para que sea constructiva?

José Luis Molin­ue­vo lo ha dicho de man­era muy clara en su blog: antes de que los cír­cu­los de pro­fe­sion­ales uni­ver­si­tar­ios ded­i­ca­dos a las humanidades se lan­cen con­tra Bolo­nia, sería con­ve­niente que echa­ran un vis­ta­zo a la situación social de su pro­fe­sión; porque hay algunos prob­le­mas y algu­nas cues­tiones que urgen bas­tante más que el cam­bio de un mod­e­lo educa­ti­vo, que siem­pre puede sol­ven­tarse por numerosos medios. Cer­raré con las pre­gun­tas que creo que todos ellos (nosotros) debiéramos hac­er­nos antes de con­tin­uar prote­s­tando con­tra Bolo­nia.

1. ¿Sirve el sis­tema educa­ti­vo actu­al para for­mar la capaci­dad críti­ca? En caso de ser así, por qué la deman­da de plazas en el dominio de las letras decrece de man­era con­stante, por qué se cacarea día sí día tam­bién la cri­sis de las humanidades. La his­to­ria de la filosofía solo enseña his­to­ria de la filosofía, y prent­ed­er que la filosofía desa­pare­cerá si la dis­ci­plina lo hace del cur­rícu­lo es una fala­cia históri­ca —hay una enorme can­ti­dad de filó­so­fos de primera tal­la que poco o nada tuvieron que ver con una insti­tu­ción sim­i­lar a la Uni­ver­si­dad— y una bofe­ta­da a cualquier cosa remo­ta­mente pare­ci­da a un razon­amien­to lógi­co.

2. ¿Hay una deman­da social real de los con­tenidos crea­d­os en depar­ta­men­tos uni­ver­si­tar­ios del ámbito de letras? Una cosa que me sor­prende siem­pre que atien­do a una con­fer­en­cia en Esta­dos Unidos sobre filosofía, lit­er­atu­ra o his­to­ria del arte es que la amplia may­oría de asis­tentes no estu­di­an algo remo­ta­mente pare­ci­do a lo que se tra­ta en ellas. Recuer­do hace años, hablan­do con uno de los edi­tores más impor­tantes de España en el ámbito de las humanidades, que comen­tábamos cómo en nue­stro país era imprac­ti­ca­ble realizar colec­ciones como las que se hacían en Italia, en Fran­cia, en Ale­ma­nia, o en el mun­do anglosajón. La razón es que en estos país­es existía un públi­co poten­cial para esas pub­li­ca­ciones que no había en castel­lano. La pre­gun­ta siguente es clara:

3. ¿Qué sucede en esos país­es, que cuen­tan en oca­siones con un ámbito lingüís­ti­co mucho menor que el del castel­lano, que no pasa en el nue­stro? Tras ojear el per­fil del lec­tor com­pe­tente en ellos, la respues­ta no per­mite el escaqueo: nue­stros veci­nos, tradi­cional­mente, han val­o­rado siem­pre una prác­ti­ca de escrit­u­ra mucho más con­sid­er­a­da con el neó­fi­to. Hay colec­ciones que per­miten cubrir de man­era sat­is­fac­to­ria una mate­ria y tien­den un puente para el que las lee con tex­tos más espe­cial­iza­dos. Existe una éti­ca de la escrit­u­ra que enseña a sac­ri­ficar el dato por la his­to­ria que se cuen­ta, y esto es algo que nun­ca he vis­to enseñar en ningu­na uni­ver­si­dad españo­la y sí, por el con­trario, se tiene muy en cuen­ta en las uni­ver­si­dades extran­jeras.

4. De todo ello deri­va una prác­ti­ca que me parece que ha sido, y sigue sien­do, la más con­trapro­du­cente de todas en el mun­do de la alta cul­tura en castel­lano, y es el ostracis­mo de los pro­fe­sion­ales que se ded­i­can a enseñar­la. Sis­temáti­ca­mente, cuan­do uno lee una colum­na en la pren­sa donde se aler­ta con­tra el fin de las humanidades, jamás se expone de man­era clara y con­vin­cente —más impor­tante la segun­da que la primera— qué se pierde con su desapari­ción, y lo que es más impor­tante, rara vez la aler­ta va más allá de cues­tiones de cor­rec­ción gra­mat­i­cal o de la impor­tan­cia de cono­cer las raíces lati­nas y grie­gas del castel­lano.

5. Un int­elec­tu­al, un autén­ti­co int­elec­tu­al, tiene una vocación infini­ta no por el claus­tro ni por el refec­to­rio, sino por tra­ba­jar en lo que legí­ti­ma­mente cree que es impor­tante y por hac­er­lo vis­i­ble y com­pren­si­ble —con éxi­to, se entiende— a la sociedad que paga con sus impuestos el man­ten­imien­to del archi­vo donde pasa abne­gada­mente su vida, del refec­to­rio donde escribe y de la palestra des­de la que comu­ni­ca. El ejer­ci­cio real­mente per­ju­di­cial es el con­trario: defend­er la cen­tral­i­dad del claus­tro y del refec­to­rio y con­sid­er­ar como secun­darias —sino ter­cia­rias o cua­ter­nar­ias— la divul­gación y la trans­paren­cia de la inves­ti­gación. Y si moles­ta al eru­di­to, es quizás porque el eru­di­to nece­si­ta la cura de humil­dad que Bolo­nia le está dan­do.

6. La últi­ma y la más impor­tante: ¿Por qué está la uni­ver­si­dad sola plan­tan­do cara al pro­gra­ma de Bolo­nia?

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Vivi­mos en un mun­do extraño, en un mun­do donde Brad Pitt ha hecho más por la Ilía­da que toda la críti­ca en castel­lano del siglo XX, donde Oliv­er Stone ha hecho más por Plutar­co o Quin­to Cur­cio Rufio que toda la helenís­ti­ca his­pana y donde Zack Sny­der ha hecho por Diodoro Sícu­lo y Heró­do­to lo que parecía imposi­ble. Ver­lo así es, evi­den­te­mente, injus­to; pero no por injus­to menos cier­to. En fin, sigo creyen­do que nues­tra tarea es hoy, más que nun­ca, la de for­mar lec­tores y ciu­dadanos con capaci­dad críti­ca. Pero creo que la capaci­dad críti­ca comien­za en primer lugar por uno mis­mo, y la inde­pen­den­cia insti­tu­cional —si es que la insti­tu­ción moles­ta— puede ser una de las prác­ti­cas más sanas que los hiper­críti­cos con Bolo­nia pueden lle­var ade­lante. El cuer­po uni­ver­si­tario, el cuer­po de docentes en secun­daria es mate­ria aparte y digna de todo elo­gio, debería tomar muy en serio los retos que le pro­pone Europa y, ante todo, un públi­co —la sociedad que los pare y los nutre— que tienen des­de tiem­po inmemo­r­i­al aban­don­a­do.

Dejo aquí algunos sitios que se han unido a esta prop­ues­ta de hablar de la filosofía en el mar­co de Bolo­nia: Phi­blóg­sopho, El espe­jo de la real­i­dad, Antes de las Cenizas, … En caso de haber más que han segui­do el meme, siem­pre pueden dejar el enlace en los comen­tar­ios de las entradas citadas o en los de esta.

La resistencia al libro digital

Hace un tiem­po dediqué una entra­da al pre­cio del libro dig­i­tal y, sobre todo, a las malas expe­ri­en­cias que había tenido con dos libros recien­te­mente adquiri­dos en ebooks.com. Una empre­sa que, por cier­to, sigue sien­do inca­paz de solu­cionar mis prob­le­mas con ellos y que no parece dis­pues­ta a hac­er­lo.

El caso es que hoy me he encon­tra­do en Book­square con una entra­da de Kas­sia Krozs­er que denun­cia­ba de man­era muy clara y elocuente la fal­ta de visión que los edi­tores están tenien­do a la hora de com­er­cializar libros elec­tróni­cos. Esta fal­ta de ade­cuación entre el mer­ca­do y los edi­tores puede resumirse en cua­tro aspec­tos:

* el pre­cio. El ejem­p­lo que nos da el artícu­lo es uno más en la enorme lista de despropósi­tos en la dig­i­tal­ización de libros. Mien­tras que una copia en papel de ejem­plar cues­ta 27,50$, la edi­ción elec­tróni­ca es lig­era­mente más cara 27,99$. Esto podría ten­er sen­ti­do en el caso de libros descat­a­lo­ga­dos que requieren ser dig­i­tal­iza­dos des­de un impre­so, donde la obra ten­dría que recom­pon­erse, con los gas­tos de cote­jo y maque­tación deriva­dos, siem­pre que no este­mos pen­san­do en su sim­ple esca­neo, como ha hecho Cam­bridge Uni­ver­si­ty Press con parte de su fon­do. Para las novedades edi­to­ri­ales, que han sido creadas direc­ta­mente en for­ma­to dig­i­tal —volvien­do a Cam­bridge que hace tiem­po que crea sus libros, y los solici­ta, en LaTeX— y cuyo deriva­do —con may­or cos­to, evi­den­te­mente— es la obra en papel, el pre­cio es clara­mente un abu­so e injus­ti­fi­ca­ble… A menos que con­sid­er­e­mos la triste real­i­dad, gran can­ti­dad del pre­cio viene deriva­da, pre­cisa­mente, del desar­rol­lo de pro­tec­ciones dig­i­tales que van direc­ta­mente en con­tra del usuario.

* el catál­o­go. El artícu­lo de Krosz­er no se refiere a lit­er­atu­ra académi­ca, pero en este caso es indifer­ente. La lit­er­atu­ra de fic­ción y los tex­tos téc­ni­cos sufren el mis­mo prob­le­ma en la actu­al­i­dad y es que el catál­o­go en papel no cor­re­sponde con el catál­o­go del for­ma­to elec­tróni­co. Esto es jus­ti­fi­ca­ble, de nue­vo, cuan­do vamos al fon­do de una deter­mi­na­da edi­to­r­i­al, pero ridícu­lo si hablam­os de libros pub­li­ca­dos en —dig­amos— los últi­mos diez años. La cuestión de Kozs­er es en este pun­to un tan­to ingen­ua: ¿han hecho las edi­to­ri­ales un estu­dio de mer­ca­do sobre el tipo de lec­tores que con­sumen los libros? La mía sería: ¿Están dis­pues­tas las edi­to­ri­ales académi­cas a renun­ciar al lucra­ti­vo nego­cio de fir­mar con­ve­nios mil­lonar­ios con las Bib­liote­cas Uni­ver­si­tarias y Cen­tros de Inves­ti­gación para un acce­so restringi­do a su fon­do y lib­er­ar de una vez sus obras a un pre­cio razon­able?


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* el for­ma­to. Krosz­er men­ciona de pasa­da el tema del for­ma­to dicien­do que sal­vo para unos pocos títu­los, tiene poco sen­ti­do man­ten­er el for­ma­to del libro en papel en su ver­sión elec­tróni­ca. Aquí, como per­sona ded­i­ca­da a la lit­er­atu­ra y a la his­to­ria, debo dis­en­tir. Es pre­ciso man­ten­er este for­ma­to sen­cil­la­mente por una cuestión de coheren­cia a la hora de citar o referirnos al tex­to, y la mul­ti­pli­cación de edi­ciones, pag­i­na­ciones y platafor­mas, lo úni­co que podría hac­er es crear obras mucho más difí­ciles de ref­er­en­ciar y eti­que­tar, algo que es tan impor­tante para los académi­cos como para la difusión de los tex­tos en red.

* el drm. Este es mi prin­ci­pal prob­le­ma con los ebooks que están en el mer­ca­do en la actu­al­i­dad. No entien­do la estúp­i­da obsesión por pro­te­ger un pdf has­ta hac­er­lo prác­ti­ca­mente inservi­ble. ¿Qué sen­ti­do tiene que pague más por una obra en un for­ma­to que está com­ple­ta­mente lim­i­ta­do para su lec­tura? ¿Pago entonces por su inma­te­ri­al­i­dad? ¿Por poder lle­var­lo en mi orde­nador, y solo en mi orde­nador? ¿Y qué pasa si mi orde­nador ha sido lle­va­do a reparar? ¿Qué pasa si quiero leer el pdf en mi iPhone? ¿Qué pasa si ten­go 3 orde­nadores? ¿Qué pasa si quiero imprim­ir más pági­nas del libro que las que se me pone como límite?

Estos cua­tro fac­tores son impor­tantes en la evolu­ción del mun­do del libro hacia la platafor­ma dig­i­tal, y si cobran gravedad es por la propia cod­i­cia de las casas edi­to­ri­ales. El ejem­p­lo de la músi­ca nos enseña que cuan­to más retrasen y com­pliquen los edi­tores el paso al for­ma­to dig­i­tal, may­ores y más agre­si­vas serán las medi­das com­er­ciales que ten­drán que tomar a pos­te­ri­ori para recu­per­ar el ter­reno per­di­do. Kozs­er men­ciona sabi­a­mente el caso de las tien­das de iTunes y de Ama­zon y la reba­ja de pre­cios que la músi­ca está sufrien­do últi­ma­mente, y lo pro­pone con sen­ti­do como un mod­e­lo al que las edi­to­ri­ales deberían prestar aten­ción.

La dis­cusión sobre el pre­cio del libro, que cada ver se con­vierte en un tema más debati­do en Inter­net debe pon­erse en relación con estos aspec­tos y, sobre todo, pasar a for­mar parte de un debate acti­vo en la red en castel­lano.

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edi­to: pre­cisa­mente en una de las noti­cias que enlaz­a­ba más arri­ba se desta­ca­ba el fun­cionamien­to de Fic­tion­wise, que es uno de los por­tales más impor­tantes para ebooks dig­i­tales en lengua ingle­sa. El caso es que me entero —vía Boing­Bo­ing— de que una de las empre­sas encar­gadas de pro­por­cionar la encriptación de libros de Fic­tion­wise, lla­ma­da Over­drive, ha deci­di­do cer­rar el 30 de enero sin dar ningu­na razón especí­fi­ca al respec­to. Fic­tion­wise ha col­ga­do en su red una pági­na de FAQ para infor­mar a los usuar­ios de los prob­le­mas que pueden venir deriva­dos de ello: la empre­sa no dispone de las claves y cada ejem­plar está vin­cu­la­do a una com­puta­do­ra deter­mi­na­da, de man­era que si alguien quiere hac­erse con una copia pro­te­gi­da por Over­drive después del 30 de enero, le será imposi­ble abrir­la en su orde­nador.

Cuen­to esto porque refle­ja un prob­le­ma evi­dente en el drm, que es la relación de depen­den­cia crea­da entre la copia y la empre­sa provee­do­ra de pro­tec­ción de la mis­ma. Esta relación puede hac­er que partes de un catál­o­go de ebooks, o el catál­o­go com­ple­to, que­den inservi­bles en un futuro próx­i­mo, lo que supone un serio prob­le­ma para la empre­sa dis­tribuido­ra. El resul­ta­do de todo ello ya lo hemos vivi­do recien­te­mente con la músi­ca: Apple anun­ció hace un par de días que todas las can­ciones ven­di­das a través de la iTunes Store lo harían libres de drm. Se tra­ta de una bue­na noti­cia que no debe­mos agrade­cer a Apple —aunque Jobs en prin­ci­pio esta­ba en con­tra del drm— sino a Ama­zon. Apple pide a los usuar­ios que ya cuen­tan con can­ciones de su tien­da, que paguen un ter­cio de su coste orig­i­nal para elim­i­nar la pro­tec­ción. Parece claro que no se tra­ta de un prob­le­ma de los usuar­ios la aceptación o elim­i­nación del drm, sino de las propias empre­sas gestoras, pero a todas luces estas quieren sacar dinero has­ta de sus pro­pios errores.

Lo suce­di­do con la músi­ca parece dar bue­nas pis­tas de lo que ocur­rirá en un futuro próx­i­mo con el drm: ten­drá que desa­pare­cer. Los úni­cos per­ju­di­ca­dos ser­e­mos aque­l­los que hemos queri­do hac­er las cosas bien y seguir el camino traza­do por las empre­sas. Creo firme­mente que el drm pasará a la his­to­ria en breve y que en un futuro no muy lejano serán las dis­tribuido­ras de con­tenidos las que ten­drán que perseguir a los usuar­ios para que con­suman lo que ten­gan que ofre­cer. Microsoft, como siem­pre, será la excep­ción, ya que ha hecho un sis­tema de pro­tec­ción de copia mucho más com­ple­jo para su inmi­nente Win­dows 7. Creo que los usuar­ios son lo sufi­cien­te­mente inteligentes y maduros como para saber cuáles son sus posi­bil­i­dades de apo­yar otros mod­e­los de soft­ware y de difusión de la cul­tura. Has­ta entonces, solo me que­da recomen­dar que la gente que quiere pagar por los con­tenidos se haga con una copia libre de drm has­ta que se la ven­dan sin él, y entonces com­pre.

Cier­ro con algu­nas pre­gun­tas que me gus­taría que con­tes­tarais en los comen­tar­ios para seguir con el tema: ¿existe un mer­ca­do serio de libro dig­i­tal en castel­lano? y, de ser así, ¿hay mer­ca­do de ebooks académi­cos en castel­lano de edi­to­ri­ales, pon­go por caso, como Alian­za, Gre­dos, Trot­ta, Siru­ela, Fon­do de Cul­tura Económi­ca, Críti­ca, etc? ¿Prefer­ís un tex­to en papel o un tex­to elec­tróni­co bien index­a­do y con la posi­bil­i­dad de búsquedas? ¿Cuán­to estaríais dis­puestos a pagar por un libro elec­tróni­co? ¿Com­práis o habéis com­pra­do alguno y, en ese caso, cuál es vues­tra expe­ri­en­cia?

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