Martín recor­rió con su mira­da la pieza como si recor­ri­era parte del alma descono­ci­da de Ale­jan­dra. El techo no tenía cielo raso y se veían los grandes tirantes de madera. Había una cama tur­ca recu­bier­ta con un pon­cho y un con­jun­to de mue­bles que parecían saca­dos de un remate: de difer­entes épocas y esti­los, pero todos roto­sos y a pun­to de der­rum­barse.

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