Ficta eloquentia

Retórica, política y poética medieval y renacentista. Silva de varia lección

Autor: Jorge Ledo (Página 2 de 70)

Jürg Koch, in memoriam

He pasado el día en la biblioteca de un hombre muerto, husmeando en sus papeles y rebuscando entre sus libros, deshaciendo lo que memoria, cuidado y azar se habían molestado en fijar durante toda una vida.

La última edición de un texto clásico que había comprado era la Hypnerotomachia de Adelphi, en su estuche blanco de lujo, en segunda impresión. En los dos extremos de las cuatro estanterías de cuatro metros por ocho, bifrontes como Jano, descansaban los dos volúmenes en cuarto de las Obras completas de Quevedo de 1651 y dos pequeños Gracianes dieciochescos. Un Burckhardt como nuevo, impreso en Berna, convivía con un escuálido Garin deslomado, una cuidadísima colección de clásicos catalanes se empolvaba al lado de un Balzac de la Pléiade que había sido amado, leído y releído, mucho más que Artaud, Cocteau y Camus en Seuil, con los lomos aún tensos y descoloridos por el sol del enorme tragaluz; chocantes todos los modernos ante un Tirant lo Blanch en eclosión. Racine era el único que había merecido quedarse sobre el generoso hato de burdeos rayados de oro. Pessoa arrinconado y Borges con hojas y hojas de apuntes, como Sábato y Bolaño, que se había saboreado con fruición. Igual que Cervantes, en primera impresión de sus Obras completas en Aguilar, despellejado al lado de un Lorca de brillante e inverosímil polipiel. Discreta entre Machado de Assis y dos catálogos de exposiciones de la Gulbenkian se escondía una traducción al alemán del Coloquio de los perros, cerca del Lob der Torheit de Erasmo y, prácticamente en el extremo opuesto a donde se encontraban un Die Metamorphosen, un Satyricon y otros volcados o compaginados al alemán, al lado de Quevedo, solo dos libros en terso latín: los Epigrammata de Marcial y las Noctes Atticæ de Gelio, en edición de Oxford y con una ya dickensiana camisa de domingo.

Mann y Hoffmann arriba, completos, inalcanzables e insobornables: el primer amor (los cimientos de las bibliotecas se oponen a los de la casa). Su querencia por las lenguas romances había empezado, probablemente, por la literatura alemana, y el amor por los frutos imperfectos del latín habían acabado por fundirse y discurrir de manera armónica, esto es, caótica, por anaqueles y memoria, hasta el punto de sepultar definitivamente en un pequeño sarcófago de doble puerta diccionarios y lexicones. En su selección de estudios sobre lenguas románicas, ninguna estridencia, lo justo y necesario para ser solvente, señal inequívoca de que peleó con ellas y venció. Que se enamoró de Iberia y de sus lenguas queda claro no solo por las gramáticas e historias del portugués, vasco, gallego, catalán, aragonés y riojano, sino también por la última deriva, esta ya en orden y sin quizás urgencia, hacia la historia del arte y de la arquitectura y los estudios del árabe, potentes como el trueno ante el vago suspiro del judaísmo. Se aproximó a nosotros no a través de Américo Castro, sino de Pidal, a golpe de gramática, léxico y paciencia. Amó a Velázquez como amó a Rembrandt, quiso ver la Edad Media con ojos de enciclopedia y con afán conciliador, paladeó a Curtius que dejó a mano de los estudios clásicos, pero a una prudente distancia de un Auerbach al que no quiso, y protegiéndolo, y enmendándolo, con Calvino, Ginzburg, Calasso y Buzzati, que lo llevaron de la mano a una prolongada relación extramarital con el italiano, de la que gozó sin culpa, ni pausa.

Fue un hombre que sin duda amó más las palabras que los libros. La presencia, la dispersión de estos, su encuentro en un lugar inesperado, la urgencia amatoria que dejó sus cicatrices, como corresponde, dentro del trazado y de la construcción orgánica del conjunto —despojos ya, a mi cuenta—, hablan de un (ibero)romanista de casta al que lamento ahora, tras haber borrado de manera irremediable su biblioteca, no haber tenido el honor de conocer.

Sirva este escrito como muy pobre nota de agradecimiento a Lisa Zutt, compañera y albacea de Herr Koch. Su donación al Institut für Iberoromanistik la honra. Los libros que tanto conversaron calladamente volverán a susurrar a otros y, ojalá, a despertar de nuevo la pasión intacta que no por ellos, sino por lo que contienen, atesoró su dueño.

Elogio del escriba

En 1971, en la Universidad de Illinois at Urbana-Champaign, un joven de 23 años decidió sentarse frente al teclado de una computadora. Era el 5 de julio y en su mochila había una copia de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos que le habían regalado el día anterior. Fue precisamente el 4 de julio, el primer día que la Universidad le había permitido acceder a un flamante Xerox Sigma V sin restricciones de tiempo. El joven, halagado por el privilegio e intimidado por el desembolso económico de la Institución, ya había tomado la decisión de hacer que su trabajo con la máquina revirtiera en beneficio de la comunidad.

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«No sería mala idea», pensó tal vez, «transcribir el texto, de manera que cualquiera que acceda a nuestra red pueda leerlo, de hecho, podría enviarse por correo electrónico a todos los terminales». Su mente empezó a volar. ¿Era descabellado plantearse que, al igual que había sucedido con el automóvil en los 30, con el frigorífico en los 40, con el televisor en los 50, llegara un momento en que las computadoras fueran un electrodoméstico más? Si esto sucediera sería lógico que se acompañara de un abaratamiento de los soportes magnéticos para copiar la información o, quién sabe, si había terminales en universidades de costa este y oeste conectadas a Arpanet, ¿no cabía pensar en un futuro donde esas computadoras domésticas también estuvieran conectadas entre sí?.

Michael comenzó a teclear en el terminal de uno de los primeros 15 nodos de lo que hoy en día conocemos como Internet.

…We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty, and the pursuit of Happiness…

Ese mismo día acabó la transcripción añadiéndole el conjunto de instrucciones para ser enviada como correo electrónico, algo que finalmente no consiguió. Hizo dos copias en dos discos del tamaño de una fiambrera, cada uno de ellos costaba 1.500 dólares, y una copia en papel. Escribió un mensaje en lo que mucho después se convertiría en el grupo «comp.gen» de Usenet, donde anunciaba la disponibilidad del archivo y prometía que lo enviarían a quien lo solicitara. Ese documento, encapsulado como un archivo de texto, sería el primer libro electrónico de la historia.

Michael transcribiría en los siguientes 15 años 313 libros, palabra a palabra, y con cada pulsación animaba a más entusiastas —estudiantes y profesores; colaboradores de toda laya más adelante— a sumar sus esfuerzos a la tarea, que bautizaría como Proyecto Gutenberg. A mediados de la década de los 90, con el apoyo económico de la Universidad Carnegie Mellon, una colección —modestísima para nosotros, pero sin parangón para la época— cobraba popularidad en Internet.

El 6 de septiembre de 2011, el día de su muerte, Michael S. Hart deja como legado para cualquiera que tenga acceso a un terminal más de 31.000 libros. Aunque el lema del proyecto siempre fue «acabar con la ignorancia y el analfabetismo», nunca consideró que su primer gesto y los esfuerzos posteriores tuvieran en sí mismos ningún valor, afirmó siempre que fue una buena idea que pudo llevar a cabo por una suma de circunstancias propicias. En el momento en que escribo estas líneas, parece evidente que aquel joven que tecleaba desde un teletipo no desempeñó ningún papel de trascedencia en la evolución tecnológica que nos ha traído hasta aquí y, sin embargo, su manera de interpretar los balbuceos de la nueva tecnología, su aproximación ética y equitativa con respecto a la transmisión de las ideas, lo convierten en el último escriba, en el padre del libro electrónico, y en uno de los pioneros de la defensa de la cultura libre en Internet.

Descanse en paz.


Para más información sobre Hart, sobre su papel en la historia del libro electrónico y sus ideas acerca del copyright y del uso ético de Internet, pueden verse los siguientes enlaces:

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