Ficta eloquentia

Retórica, política y poética medieval y renacentista. Silva de varia lección

Autor: Jorge Ledo (Página 1 de 24)

A Confession of a Personal Inconsistency

Let me end with the con­fes­sion of a per­son­al incon­sis­ten­cy: I was trained almost forty years ago in the two then out­stand­ing Euro­pean cen­tres for the study of art his­to­ry, in Vien­na and Berlin. But I soon real­ized that my spe­cif­ic gifts would not make me into a real art his­to­ri­an who would write a biog­ra­phy of Raphael or Cézanne. Thus I have become a vagrant, a wan­der­er through the muse­ums and libraries of Europe, at times a labour­er till­ing the soil on the bor­der­strip between art his­to­ry, Lit­er­a­ture, sci­ence and reli­gion, and I must con­fess that I almost always enjoyed this life and am still enjoy­ing it very much. I wish that one or oth­er of you would, not exact­ly fol­low my pecu­liar exam­ple, but take up art his­to­ry as your life’s busi­ness.

Fritz Saxl, “Why Art His­to­ry? (Roy­al Hol­loway Col­lege, March 1948)” en Lec­tures, Lon­don: The War­burg Insti­tute, Uni­ver­si­ty of Lon­don, 1957, I, p. 357.

Athanasius Kircher: Turris Babel (1679)

En 1679, el polí­grafo y eru­di­to jesui­ta —«el hom­bre que lo sabía todo»— Athana­sius Kircher (1602–1680), pub­li­ca en Ams­ter­dam su estu­dio sobre la Torre de Babel. La obra cumple con todos los tópi­cos que se le exigía a un genio enci­clopédi­co como Kircher durante el Bar­ro­co: un fuerte y detal­la­do carác­ter descrip­ti­vo, capaci­dad para sin­te­ti­zar y armo­nizar autori­dades —el cen­tro del asun­to es San Agustín— y un cier­to tono cien­tí­fi­co en el análi­sis de las lenguas y, ante todo, a sus teorías sobre la lengua orig­i­nar­ia o adáni­ca.

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Brahms

Martín recor­rió con su mira­da la pieza como si recor­ri­era parte del alma descono­ci­da de Ale­jan­dra. El techo no tenía cielo raso y se veían los grandes tirantes de madera. Había una cama tur­ca recu­bier­ta con un pon­cho y un con­jun­to de mue­bles que parecían saca­dos de un remate: de difer­entes épocas y esti­los, pero todos roto­sos y a pun­to de der­rum­barse.

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Erasmo y Julio II

Que Eras­mo había toma­do bue­na nota de las lec­ciones apren­di­das durante sus escarceos corte­sanos y que comen­z­a­ba a com­pren­der las ven­ta­jas de una fama lit­er­aria que iba a cobrar tintes leg­en­dar­ios que­da claro durante la segun­da déca­da del siglo XVI, cuan­do sabrá hac­erse acree­dor del apoyo y de la pro­tec­ción de lo más grana­do de la rama seglar de la aris­toc­ra­cia y de la monar­quía euro­peas —Enrique VIII de Inglater­ra, Fran­cis­co I de Fran­cia, el emper­ador Car­los V— y de la reli­giosa —Julio II, León X y Clemente VII entre ellos—. En cualquier caso, esta pro­tec­ción estu­vo mar­ca­da por altiba­jos y, durante las dos últi­mas décadas de su vida, por situa­ciones que pusieron pau­lati­na­mente la pre­tendi­da impar­cial­i­dad del Rotero­damo al límite.

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Jürg Koch, in memoriam

He pasa­do el día en la bib­liote­ca de un hom­bre muer­to, hus­me­an­do en sus pape­les y rebus­can­do entre sus libros, desha­cien­do lo que memo­ria, cuida­do y azar se habían molesta­do en fijar durante toda una vida.

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Elogio del escriba

En 1971, en la Uni­ver­si­dad de Illi­nois at Urbana-Cham­paign, un joven de 23 años decidió sen­tarse frente al tecla­do de una com­puta­do­ra. Era el 5 de julio y en su mochi­la había una copia de la Declaración de Inde­pen­den­cia de los Esta­dos Unidos que le habían regal­a­do el día ante­ri­or. Fue pre­cisa­mente el 4 de julio, el primer día que la Uni­ver­si­dad le había per­mi­ti­do acced­er a un fla­mante Xerox Sig­ma V sin restric­ciones de tiem­po. El joven, hala­ga­do por el priv­i­le­gio e intim­i­da­do por el desem­bol­so económi­co de la Insti­tu­ción, ya había toma­do la decisión de hac­er que su tra­ba­jo con la máquina revirtiera en ben­efi­cio de la comu­nidad.

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