Martín recor­rió con su mira­da la pieza como si recor­ri­era parte del alma descono­ci­da de Ale­jan­dra. El techo no tenía cielo raso y se veían los grandes tirantes de madera. Había una cama tur­ca recu­bier­ta con un pon­cho y un con­jun­to de mue­bles que parecían saca­dos de un remate: de difer­entes épocas y esti­los, pero todos roto­sos y a pun­to de der­rum­barse.

—Vení, mejor sen­táte sobre la cama. Acá las sil­las son peli­grosas.

Sobre una pared había un espe­jo, casi opa­co, del tiem­po vene­ciano, con una pin­tu­ra en la parte supe­ri­or. Había tam­bién restos de una cómo­da y un bar­gueño. Había tam­bién un graba­do o litografía man­tenido con cua­tro chinch­es en sus pun­tas.

Ale­jan­dra prendió un calen­ta­dor de alco­hol y se puso a hac­er café. Mien­tras se calenta­ba el agua puso un dis­co.

—Escucha —dijo, abstrayén­dose y miran­do al techo mien­tras chu­pa­ba su cig­a­r­ril­lo.

Se oyó una músi­ca patéti­ca y tumul­tu­osa. Luego, brus­ca­mente, quitó el dis­co.

—Bah —dijo—, aho­ra no la puedo oír.

Sigu­ió preparan­do el café.

—Cuan­do lo estre­naron, Brahms mis­mo toca­ba el piano. ¿Sabes lo que pasó?

—No.

—Lo sil­baron. ¿Te das cuen­ta lo que es la humanidad?

—Bueno, quizá…

—¡Cómo, quizá! —gritó Ale­jan­dra—, ¿aca­so crees que la humanidad no es una pura chan­cha­da?

—Pero este músi­co tam­bién es la humanidad…

—Mira, Martín —comen­tó mien­tras ech­a­ba el café en la taza—, ésos son los que sufren por el resto. Y el resto son nada más que hin­chapelotas, hijos de puta o cretinos, ¿sabes?

Tra­jo el café.

Se sen­tó en el bor­de de la cama y se quedó pen­sati­va. Luego volvió a pon­er el dis­co un min­u­to:

—Oí, oí lo que es esto.

Nue­va­mente se oyeron los com­pas­es del primer movimien­to.

—¿Te das cuen­ta, Martín, la can­ti­dad de sufrim­ien­to que ha tenido que pro­ducirse en el mun­do para que haya hecho músi­ca así?

Mien­tras quita­ba el dis­co, comen­tó:

—Bár­baro.

Se quedó pen­sati­va, ter­mi­nan­do su café. Luego puso el pocil­lo en el sue­lo.

Ernesto Sába­to, Sobre héroes y tum­bas (1961), IX.

La anéc­do­ta la cuen­ta, aunque no exac­ta­mente como lo hace Ale­jan­dra, el pro­pio Brahms a Joseph Joachim en una car­ta data­da el 28 de enero de 1859: Max Kalbeck, Johannes Brahms. Eine Biogra­phie in acht Bän­den, Berlín, 1912–1921, I, p. 356.