Jürg Koch, in memoriam

by Jorge Ledo on marzo 9, 2012 · 1 comment

in notas

He pasado el día en la biblioteca de un hombre muerto, husmeando en sus papeles y rebuscando entre sus libros, deshaciendo lo que memoria, cuidado y azar se habían molestado en fijar durante toda una vida.

La última edición de un texto clásico que había comprado era la Hypnerotomachia de Adelphi, en su estuche blanco de lujo, en segunda impresión. En los dos extremos de las cuatro estanterías de cuatro metros por ocho, bifrontes como Jano, descansaban los dos volúmenes en cuarto de las Obras completas de Quevedo de 1651 y dos pequeños Gracianes dieciochescos. Un Burckhardt como nuevo, impreso en Berna, convivía con un escuálido Garin deslomado, una cuidadísima colección de clásicos catalanes se empolvaba al lado de un Balzac de la Pléiade que había sido amado, leído y releído, mucho más que Artaud, Cocteau y Camus en Seuil, con los lomos aún tensos y descoloridos por el sol del enorme tragaluz; chocantes todos los modernos ante un Tirant lo Blanch en eclosión. Racine era el único que había merecido quedarse sobre el generoso hato de burdeos rayados de oro. Pessoa arrinconado y Borges con hojas y hojas de apuntes, como Sábato y Bolaño, que se había saboreado con fruición. Igual que Cervantes, en primera impresión de sus Obras completas en Aguilar, despellejado al lado de un Lorca de brillante e inverosímil polipiel. Discreta entre Machado de Assis y dos catálogos de exposiciones de la Gulbenkian se escondía una traducción al alemán del Coloquio de los perros, cerca del Lob der Torheit de Erasmo y, prácticamente en el extremo opuesto a donde se encontraban un Die Metamorphosen, un Satyricon y otros volcados o compaginados al alemán, al lado de Quevedo, solo dos libros en terso latín: los Epigrammata de Marcial y las Noctes Atticæ de Gelio, en edición de Oxford y con una ya dickensiana camisa de domingo.

Mann y Hoffmann arriba, completos, inalcanzables e insobornables: el primer amor (los cimientos de las bibliotecas se oponen a los de la casa). Su querencia por las lenguas romances había empezado, probablemente, por la literatura alemana, y el amor por los frutos imperfectos del latín habían acabado por fundirse y discurrir de manera armónica, esto es, caótica, por anaqueles y memoria, hasta el punto de sepultar definitivamente en un pequeño sarcófago de doble puerta diccionarios y lexicones. En su selección de estudios sobre lenguas románicas, ninguna estridencia, lo justo y necesario para ser solvente, señal inequívoca de que peleó con ellas y venció. Que se enamoró de Iberia y de sus lenguas queda claro no solo por las gramáticas e historias del portugués, vasco, gallego, catalán, aragonés y riojano, sino también por la última deriva, esta ya en orden y sin quizás urgencia, hacia la historia del arte y de la arquitectura y los estudios del árabe, potentes como el trueno ante el vago suspiro del judaísmo. Se aproximó a nosotros no a través de Américo Castro, sino de Pidal, a golpe de gramática, léxico y paciencia. Amó a Velázquez como amó a Rembrandt, quiso ver la Edad Media con ojos de enciclopedia y con afán conciliador, paladeó a Curtius que dejó a mano de los estudios clásicos, pero a una prudente distancia de un Auerbach al que no quiso, y protegiéndolo, y enmendándolo, con Calvino, Ginzburg, Calasso y Buzzati, que lo llevaron de la mano a una prolongada relación extramarital con el italiano, de la que gozó sin culpa, ni pausa.

Fue un hombre que sin duda amó más las palabras que los libros. La presencia, la dispersión de estos, su encuentro en un lugar inesperado, la urgencia amatoria que dejó sus cicatrices, como corresponde, dentro del trazado y de la construcción orgánica del conjunto —despojos ya, a mi cuenta—, hablan de un (ibero)romanista de casta al que lamento ahora, tras haber borrado de manera irremediable su biblioteca, no haber tenido el honor de conocer.

Sirva este escrito como muy pobre nota de agradecimiento a Lisa Zutt, compañera y albacea de Herr Koch. Su donación al Institut für Iberoromanistik la honra. Los libros que tanto conversaron calladamente volverán a susurrar a otros y, ojalá, a despertar de nuevo la pasión intacta que no por ellos, sino por lo que contienen, atesoró su dueño.

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