He pasa­do el día en la bib­liote­ca de un hom­bre muer­to, hus­me­an­do en sus pape­les y rebus­can­do entre sus libros, desha­cien­do lo que memo­ria, cuida­do y azar se habían molesta­do en fijar durante toda una vida.

La últi­ma edi­ción de un tex­to clási­co que había com­pra­do era la Hyp­nero­tomachia de Adel­phi, en su estuche blan­co de lujo, en segun­da impre­sión. En los dos extremos de las cua­tro estanterías de cua­tro met­ros por ocho, bifrontes como Jano, des­cans­a­ban los dos volúmenes en cuar­to de las Obras com­ple­tas de Queve­do de 1651 y dos pequeños Gra­cianes dieciochescos. Un Bur­ck­hardt como nue­vo, impre­so en Berna, con­vivía con un escuáli­do Garin deslo­ma­do, una cuidadísi­ma colec­ción de clási­cos cata­lanes se empolv­a­ba al lado de un Balzac de la Pléi­ade que había sido ama­do, leí­do y releí­do, mucho más que Artaud, Cocteau y Camus en Seuil, con los lomos aún ten­sos y des­col­ori­dos por el sol del enorme tra­galuz; chocantes todos los mod­er­nos ante un Tirant lo Blanch en eclosión. Racine era el úni­co que había mere­ci­do quedarse sobre el gen­eroso hato de bur­deos raya­dos de oro. Pes­soa arrin­cona­do y Borges con hojas y hojas de apuntes, como Sába­to y Bolaño, que se había sabore­a­do con fruición. Igual que Cer­vantes, en primera impre­sión de sus Obras com­ple­tas en Aguilar, despelle­ja­do al lado de un Lor­ca de bril­lante e inverosímil polip­iel. Disc­re­ta entre Macha­do de Assis y dos catál­o­gos de exposi­ciones de la Gul­benkian se escondía una tra­duc­ción al alemán del Colo­quio de los per­ros, cer­ca del Lob der Torheit de Eras­mo y, prác­ti­ca­mente en el extremo opuesto a donde se encon­tra­ban un Die Meta­mor­pho­sen, un Satyri­con y otros vol­ca­dos o com­pag­i­na­dos al alemán, al lado de Queve­do, solo dos libros en ter­so latín: los Epi­gram­ma­ta de Mar­cial y las Noctes Atticæ de Gelio, en edi­ción de Oxford y con una ya dick­en­siana camisa de domin­go.

Mann y Hoff­mann arri­ba, com­ple­tos, inal­can­z­ables e insoborn­ables: el primer amor (los cimien­tos de las bib­liote­cas se opo­nen a los de la casa). Su queren­cia por las lenguas romances había empeza­do, prob­a­ble­mente, por la lit­er­atu­ra ale­m­ana, y el amor por los fru­tos imper­fec­tos del latín habían acaba­do por fundirse y dis­cur­rir de man­era armóni­ca, esto es, caóti­ca, por anaque­les y memo­ria, has­ta el pun­to de sepul­tar defin­i­ti­va­mente en un pequeño sar­cófa­go de doble puer­ta dic­cionar­ios y lex­i­cones. En su selec­ción de estu­dios sobre lenguas románi­cas, ningu­na estri­den­cia, lo jus­to y nece­sario para ser sol­vente, señal inequívo­ca de que peleó con ellas y ven­ció. Que se enam­oró de Iberia y de sus lenguas que­da claro no solo por las gramáti­cas e his­to­rias del por­tugués, vas­co, gal­lego, catalán, aragonés y rio­jano, sino tam­bién por la últi­ma deri­va, esta ya en orden y sin quizás urgen­cia, hacia la his­to­ria del arte y de la arqui­tec­tura y los estu­dios del árabe, potentes como el trueno ante el vago sus­piro del judaís­mo. Se aprox­imó a nosotros no a través de Améri­co Cas­tro, sino de Pidal, a golpe de gramáti­ca, léx­i­co y pacien­cia. Amó a Velázquez como amó a Rem­brandt, quiso ver la Edad Media con ojos de enci­clo­pe­dia y con afán con­cil­i­ador, paladeó a Cur­tius que dejó a mano de los estu­dios clási­cos, pero a una pru­dente dis­tan­cia de un Auer­bach al que no quiso, y pro­te­gién­do­lo, y enmendán­do­lo, con Calvi­no, Ginzburg, Calas­so y Buz­za­ti, que lo lle­varon de la mano a una pro­lon­ga­da relación extra­mar­i­tal con el ital­iano, de la que gozó sin cul­pa, ni pausa.

Fue un hom­bre que sin duda amó más las pal­abras que los libros. La pres­en­cia, la dis­per­sión de estos, su encuen­tro en un lugar ines­per­a­do, la urgen­cia ama­to­ria que dejó sus cica­tri­ces, como cor­re­sponde, den­tro del traza­do y de la con­struc­ción orgáni­ca del con­jun­to —despo­jos ya, a mi cuen­ta—, hablan de un (ibero)romanista de cas­ta al que lamen­to aho­ra, tras haber bor­ra­do de man­era irre­me­di­a­ble su bib­liote­ca, no haber tenido el hon­or de cono­cer.

Sir­va este escrito como muy pobre nota de agradec­imien­to a Lisa Zutt, com­pañera y albacea de Herr Koch. Su donación al Insti­tut für Ibero­ro­man­is­tik la hon­ra. Los libros que tan­to con­ver­saron callada­mente volverán a susurrar a otros y, ojalá, a des­per­tar de nue­vo la pasión intac­ta que no por ellos, sino por lo que con­tienen, ate­soró su dueño.