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Ficta eloquentia

El libro digital, España y el modelo americano

Se ha levantado la polvareda, como era previsible, con respecto al libro digital en españa y a la penosa situación de las editoriales patrias con respecto a él. Me refiero ante todo a la polémica en Twitter y a la airada entrada de Mi mesa cojea al respecto, así como la entrada de Econectados a la que llego por Error500: todo indica que las editoriales han optado por el inmovilismo como sucedió con las discográficas hace una década, con la diferencia de que diez años son muchos en lo que toca al ámbito tecnológico y los usuarios ya tienen a su disposición todos los medios para la creación de plataformas de contenidos que pueden ser colmadas de material en muy poco tiempo.1 Se confunde quien piensa, sin embargo, que los editores españoles no conocen el mercado, saben bien que ese “quietismo” es la actitud más inteligente a seguir ahora, porque basta que suplan las infumables versiones en formato .rtf, .doc o sus refritos en .pdf por unas decentes —y revisadas y cotejadas— en .epub, .pdf o derivados para que pasen a engrosar el catálogo de libros piratas —y quien sepa algo de historia del libro, sabe que es término que ni pintado—, solamente aportando pérdidas en un cambio de plataforma que es, por otro lado, inevitable.


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Imagen bajo licencia Creative Commons: “My Kindle 2 now works sideways”, de jc.westbrook

Es cierto que el impacto de los lectores de libros electrónicos en España no es comparable al estadounidense, como también es cierto que las editoriales españolas ya deberían estar preparadas para la convivencia del mercado del papel y del digital. Nuestras editoriales podían haber tenido la vista suficiente como para lanzar best-sellers y clásicos anotados y preparados para estudiantes americanos y británicos de español —que los hay a expuertas—, algo que aún puede ser un buen campo de pruebas para ellas y les puede aportar importantes beneficios a largo plazo. Como sea, lo que plantean las entradas mencionadas más arriba es que las editoriales van a seguir el ejemplo de las discográficas, que nos han presentado un ciclo de pérdidas enorme —y no quiero discutirlo aquí— hasta encontrarse paulatinamente con un equilibrio entre lo que los usuarios demandan y las distribuidoras están dispuestas a ofrecer. Pero la realidad es que el mercado de libro cuenta con unos rasgos que, bien aprovechados, pueden llevarlo por derroteros distintos.

En primer lugar, el mercado de la música tiene poco o nada que ver con el mercado del libro. Mientras que escuchar música en un iPod o en un ordenador con una buena salida de sonido tiene poco de distinto a hacerlo en un equipo de alta fidelidad —que me perdonen los melómanos—, leer un libro en soporte digital tiene mucho de distinto al soporte en papel. Hay, claro, ventajas y desventajas. Para una persona como yo, que se dedica a los libros —a leerlos y a intentar escribirlos—, la ventaja de poder buscar una información concreta en cualquier momento parece de ciencia ficción, y el ahorro de tiempo es considerable. Claro que esto no significa que yo pueda producir más o mejor, sino que sencillamente tengo una comodidad añadida a la revisión de mis notas de lectura. El problema que yo le veo a los ebooks en el ámbito académico —lo he comentado más veces— es el formato: los académicos necesitamos saber el año de edición, la editorial y el lugar, el número de página, y demás cosas que el ebook se salta a la torera, para ayudar a nuestros lectores a encontrar las referencias que mencionamos y para que nuestros lectores nos espeten a su vez referencias que nos contradigan. Perder esta manera, o no aportar una nueva, de referenciado es inaceptable y un error a todas luces, maxime cuando es fácilmente subsanable.2 No cuesta imaginar un momento en un futuro —lejano o cercano— en que los libros académicos se publiquen únicamente en formato digital y estén plagados de hipervínculos para acceder de manera directa a fuentes que antes se mencionaban, sí, y que en un acto de fe, también, teníamos que dar por buenas. Llegados a ese punto, el ebook mostrará su potencial como una herramienta de estudio sin parangón en la historia del libro, y creo que todos debemos congratularnos con lo que nos viene por delante, algo para lo que la escritura de un blog ayuda mucho —por eso se lo recomiendo a mis colegas— y para lo que creo que sería deseable un entrenamiento específico en los programas de doctorado actuales.

Jerome and the Book.jpgDecía que el mundo de la música y el mundo del libro no son iguales y me gustaría ser un poco más claro al respecto. Mientras que es prácticamente innegable que todo el mundo escucha y escuchaba música y quien más o quien menos tiene en su casa un generoso catálogo de CDs o mp3, en el caso de los libros es difícilmente negable aquella cantinela impenitente de años ha de que cada vez se leen menos libros en esa cabriola fantástica que establece una equiparación entre lectura y compra de un volumen que, gracias a esos sitios legendarios llamados bibliotecas, sería más que discutible. Leer un libro no requiere las mismas destrezas que oír un disco o ver una película, y hay lectores, probablemente los más abnegados, fieles y tenaces, que buscan cosas distintas a la literatura de consumo, que desde el siglo XVIII es la que ha dado réditos a las editoriales. Es evidente que estas no van a poder evitar que Zafón, Rowling, Reverte, Marías, King, Clancy y demás jarca sean pirateados de manera inmisericorde, como ya lo llevan siendo desde hace lustros; sin embargo, las editoriales juegan con una baza que el mundo de la música no pudo explotar, que es el de su fondo editorial. Aquí la historia cambia, y mucho, porque estamos hablando de libros desaparecidos que todavía pueden prestar un enorme rendimiento económico con una inversión mínima, puesto que ya están escritos. Hablamos, en definitiva, de un arco temporal que va del tiempo de vida útil de un libro en los anaqueles de cualquier librería —soy generoso y obvio el comercio de libros—, entre uno y cinco años, a la duración de los derechos de explotación de la obra o, mutatis mutandis de su traducción, que dependiendo del país puede ocupar unos generosos sesenta años. Ahí es nada.

La nebulosa aquí es en realidad mayor, puesto que antiguas editoriales que cerraron sus puertas hace tiempo —pienso en Editora Nacional, una tragedia— vendieron o malvendieron los derechos de su fondo a algún oscuro —o luminoso, preclaro— editor que ha decidido dejar esas colecciones durmiendo el sueño de los justos. Un escaneo, un ocr concienciudo, una cuidadosa corrección —para adecuarse al original, no con afán de mejorarlo, o con opción si cabe de una “fe de erratas”— y una maquetación conservando tipo, cuerpo, paginación y demás y voilá, uno verá que distribuyendo el archivo por unos 8 euros va a encontrarse con que unos 2.000 profesores universitarios desperdigados por el mundo —es un decir— y un generoso número de estudiantes, si aquéllos se animan a incorporar el texto en sus cursos, se comprarán el libro de marras de la colección. Pongamos otros 1.000 alumnos y ya estamos en 3.000, que multiplicado da la friolera de 24.000 euros, algo que partiendo de la nula producción de beneficios actual haría que al mundo de los editores les tuviera que aparecer el símbolo del euro centelleando en sus pupilas. No te cuento si nos ofrecieran la Biblioteca de visionarios, heterodoxos y marginados, las obras completas de Julio Caro Baroja, las de Marcelino Menéndez Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, o los magnificos estudios de José Deleito y Piñuela a un precio especial de lanzamiento.

William Morris - ejemplo de página impresaMenciono esto porque sí hay cosas que un editor puede aprender del mundo del disco: remasterizar obras clásicas y casi perdidas. Aquí Google Books, con su falta de cuidado y amor por el texto y por su renderizado, junto a su pobre sistema de búsquedas, ha dejado una vía abierta para los editores en el sentido clásico: aquellos que amaban el libro como objeto además de como contenido. Las opciones del libro electrónico deben dar la opción de volver a transmitir ese amor, de reeducar estéticamente al público. Uno puede hacer un trabajo de maquetado y composición siguiendo el original pero puede ofrecer anexa una versión ampliada a la que adjuntar apéndices que permitan un lectura actualizada —para eso valemos los historiadores, los filósofos, los filólogos y demás razas de Mordor—, la incorporación de materiales de difícil acceso hace cuarenta años y hoy a un click de distancia, objetos gráficos y audiovisuales, etc. Creo que cuando Apple —siento mencionar al santo de mi devoción— anunció la creación de iTunes LP estaba pensando en una fórmula que a ellos les ha ido bastante bien, y que podría adaptarse de la siguiente manera al mundo del libro digital: es cierto que hay .rtfs, .docs, .pdfs y demás pululando por la red, pero hay una manera de presentar los contenidos y unos contenidos determinados que solo pueden ser organizados por el editor que posee los derechos de más obras, es necesario crear objetos de arte que nadie quiera piratear, tanto por la plataforma en la que se ven como por las ventajas inherentes que conlleva su compra. Y creo que todo ello debería ser excitante por el reto que supone para el mercado editorial. No ha habido un momento con mayores posibilidades creativas para escritores, diseñadores y creadores de contenido desde las prensas de William Morris y las obras que pueden producirse llevarían la experiencia de la lectura y del aprendizaje a un nuevo nivel. Aquí la pericia del editor en la selección de los textos para sus colecciones, y el trabajo que durante años la editorial ha realizado escogiendo con mimo sus títulos se verá enormemente recompensados. Espero que la plataforma que Apple prepara esté a la altura de dichas posibilidades experimentales y, de ser así, que no queden estas en lo anecdótico.

La entrada de Mi mesa cojea mencionada al principio de este texto incide en un hecho distinto al que yo comento, al enfocarse primordialmente a la literatura de consumo. He tenido la posibilidad de utilizar un Kindle y un Nook estos días y, sinceramente, no es la experiencia de lectura que busco, ni lo que espero para cambiarme de papel a un dispositivo nuevo. Además de las razones anteriormente aducidas, tengo claro que no voy a utilizar un lector de libros electrónicos donde su estética —y me refiero a cuestiones tipográficas, de caja y demás cosas que no tienen por qué preocupar a todo el mundo— es como poco aberrante. Pero la crítica de Jose A. Pérez es acertada, las editoriales deberían tener unos contenidos a la espera de soporte, y no al contrario, si el soporte adelanta a los contenidos y las preocupaciones por el libro como tal son mínimas —uno no sabe qué traducción, qué edición y con qué garantías la está leyendo— en un amplio espectro de lectores, las editoriales van a sufrir con sus títulos tradicionalmente más rentables. Quizás sea el momento de un cambio en el paradigma tradicional del mercado librario, que decía que los réditos obtenidos de las obras más vendidas servían para publicar las obras realmente importantes y de calidad, quizás el paso al libro electrónico permita que las editoriales ofrezcan a su público, a precios competitivos, obras raras y hermosas y que sean estás las que permitan no su supervivencia, sino una nueva edad dorada. Por soñar, que no quede.

actualización: Al hilo del debate algunos blogs han publicado algunas entradas de tanto interés ligeramente anteriores a esta o posteriores. Hago aquí una pequeña lista aproximativa de algunas de las que me han llamado más la atención:



  1. No deja de sorprenderme leer algunas de las perlas de la entrada de Econectados —«Dime un libro y lo encuentro en Google gratis», «lo siento por los libreros, pero van a desaparecer rápidamente», «los libreros están amenazando a las editoriales con quitar sus libros de la vista si venden libros electrónicos en sus webs. Pura mafia. Igual de mafia que la ley española que obliga a vender el libro a un precio único para proteger a las librerías pequeñas. Lo siento, pero aquí debe haber libertad; y ahora mismo en este terreno no hay ni algunos quieren dejar», «Mmuchísimas [sic.] librerías cerrarán, lo siento por los libreros tradicionales pero así es la digitalización que hace más accesible todo. Podremos leer en segundos cualquier libro estemos donde estemos», etc.— que, como en el caso de la música, demuestran un desconocimiento absoluto de lo que es un editor, un productor musical, un librero, por no ir ya directamente a un texto cuidado, una traducción con garantías, etc. No seré yo quien defienda modelos de mercado caducos ni los abundantes abusos que hay en los precios de la música y los libros, pero comienza a ser exasperante la total falta de conocimiento en los defensores del todogratisahorayporquesí de lo que conlleva diseñar una colección de libros o de discos y lo que hay detrás de producirlos con el cuidado necesario. 

  2. Incluso por el número de palabra en el texto. 

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