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Ficta eloquentia

El iPad como objeto cultural y como objeto de consumo

La noticia tecnológica del día: Apple acaba de lanzar un nuevo producto denominado iPad. El término ‘producto’ lo utilizo a propósito y pretendo con él explicar por qué la recepción en Internet no ha sido especialmente cálida.

El problema ha sido la falta de un contexto, tanto para tirios como para troyanos. En el caso de los usuarios fieles a la marca, las expectativas habían llegado a un grado de desbordamiento a través de rumores que hacían imposible que ningún objeto real cumpliera con una masa informe de características que no paraba de crecer. Junto a ello, Apple ha ido en contra de una de sus premisas en la creación de productos informáticos de consumo: presenta un objeto para la recepción pasiva de productos culturales cuando la línea de la empresa había consistido tradicionalmente en insistir en una potencial capacidad de creación de una manera rápida y sencilla. Y esto, como es evidente, ha descolocado a muchos. En el caso de quienes nunca han tenido relación con la marca, las reacciones fueron similares a las que hubo con el iPhone: crítica de precios, sumada a crítica de un sistema propietario, etc.; una amplia mayoría de ellos tiene, dos años después, un iPod táctil o el teléfono móvil de la marca.

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Sin embargo, lo que puede percibirse como un fallo de la empresa a la hora de satisfacer las necesidades de los usuarios, o de cumplir con sus expectativas, admite una lectura distinta. Apple ha optado por el sentido común y por hacer un ejercicio reflexivo a partir del que reeducar al usuario, movimiento que por su carácter insólito merece al menos una reflexión. El iPad no es una computadora que permita redactar una tesis, componer música, retocar fotografías de manera profesional o editar vídeos en HD; sino que sirve para disfrutar de todo ello. El concepto que hay detrás es quiénes somos y cómo aportamos valor a lo que consumimos, de ahí la posibilidad manejarse y distribuir lo que tenemos en nuestro terminal en todas las redes sociales. El iPad no podía ser la piedra filosofal de la informática de consumo porque ya lo es cualquier ordenador con cierta potencia; había que buscar un espacio distinto para dar significado a todo lo que consumimos. Como tal, va dirigido a los usuarios que necesitan un terminal para moverse por redes sociales, para revisar documentos que lo requieran, para leer libros ya escritos, etc.

En resumen, el iPad no alude al usuario creativo o a aquel que necesita hacer cosas con una computadora, sino que se plantea a ese mismo usuario, o al consumidor pasivo, como ente receptor —de ahí la insistencia en las redes sociales, la redistribución de la aplicación de correo electrónico, etc.— y como crítico y difusor de los mismos. Por tanto, una idea de creación no solo para aquellos con inquietudes, sino para los internautas como comunidad global.

Creo que el iPad será un éxito porque tiende la mano al amplio registro de usuarios que todavía miran con recelo, o usan de una manera vaga e imprecisa, sus ordenadores y su conexión a Internet. Pienso en usuarios que no necesitan la complejidad de un ordenador personal para configurar su cuenta de facebook, que no saben qué es flickr, que no quiere navegar de manera errante por páginas web, sino que requieren puntos de referencia perfectamente situados en Internet —coordenadas que podríamos denominar como mainstream digital—. Lo que Apple ha hecho es parecido a lo que el ZX Spectrum, el Commodore 64 o el Amiga hicieron en la década de los 80 para mi generación: ha pensado en un terminal doméstico que no requiere ningún conocimiento previo para disfrutar plenamente del ocio digital y de los protocolos de interacción social que ofrece Internet.

Gestión de tiempo y de espacio.

Detrás de ello, hay un estudio serio de modelos de mercado y de expansión hacia un enorme conjunto de usuarios potenciales. Pero hay además una consideración importante de uno de los grandes temas del diseño aplicado a la informática: la gestión de los espacios de trabajo y de ocio. Apple ha pensado en cómo distribuimos ambos espacios en la interacción con nuestras computadoras y ha creado un objeto que responde al ocio de una manera más precisa que un portátil o un sobremesa, ha aplicado la división de las dos grandes corrientes de uso de computación dividiéndolas en dos espacios claramente delimitados. Y eso tiene dos claras lecturas: la primera es que aquellos que como yo nos pasamos el día delante de nuestros portátiles y mezclamos ocio con trabajo nos ha ofrecido una delimitación física de los mismos, dando un contexto a un objeto nuevo —aquí las palabras de Jobs no parecen exageradas— que hace todo lo que se puede hacer con un ordenador que no es estrictamente productivo. Esta división permite pensar de una manera mucho más lógica nuestra relación con los ordenadores y materializa una necesaria división conceptual. Apple ha creado, me parece, un espacio necesario.

No es que el iPad permita hacer cosas impensables en otro aparato, sino que ayuda a distribuir los conceptos en distintos tipos de objetos, y eso es enormemente importante para todo tipo de usuarios.

Incorporación de nuevos usuarios y relectura de Internet.

El iPad, tal y como yo lo veo, es justamente lo contrario a una herramienta de trabajo. Es una herramienta de procrastinación, que la alienta y que la evita al convertirlo —a él en vez de a nuestra computadora— en su instrumento. Cumple, a su vez, con todas las premisas y atiende a todo el abanico de ocio en Internet, permitiendo acceder a una amplia masa de población a las redes sociales aunque carezcan de cuenta en ellas. Pienso por ejemplo en la generación que ahora cuenta con 50 años. Su relación con la computación ha sido, en su mayor parte, una relación laboral en la que había que usar el correo electrónico y quizás dos o tres aplicaciones específicas. No navegan por Internet, no leen blogs por suscripción a RSS y no hacen cosas que para el arco de población entre 15 y 35 años son básicas.

Jobs presentó el iPad sentado en un sillón con una mesilla al lado. No es un objeto para las oficinas, nadie pretenderá escribir textos extensos —aunque ciertos complementos lo permitan— en él. Ciertamente se puede usar iWork, nuestra galería de fotos, etc., pero tal y como yo lo veo, para hacer pruebas de concepto, para revisar fuera del escritorio y fuera del despacho algunos trabajos que hemos producido allí, de una manera casual y sin complicaciones de interfaz. Visto así, incluso la imposibilidad de realizar varias tareas simultáneamente parece una ventaja.

La lectura de libros electrónicos.

Apple reveals iBookstore and app for the iPad -- Engadget.jpgUna de las aplicaciones que Apple presentó para su nuevo dispositivo fue fue iBooks. Un software de lectura de libros en formato .epub. Y aquí de nuevo se plantea de manera evidente lo que quería decir antes. Apple ha pretendido crear una experiencia estética de lectura. Ha obviado la tinta electrónica —todavía no es su momento— y ha intentado crear la experiencia más agradable y similar a la lectura en papel, no ha reproducido las cualidades físicas del papel, sino la ‘interfaz de la lectura’. Para ello ha saqueado sin piedad dos aplicaciones de cierta fama: Delicious library para la creación de anaqueles virtuales donde almacenar libros y Classics para reproducir el proceso de lectura.

De nuevo, esto ha producido críticas por parte de los potenciales clientes: cómo se leerá un pdf, por qué pantalla con retroiluminación y no tinta electrónica, etc. Y volvemos con ello al concepto que hay detrás del dispositivo: no se trata de que no se pueda leer un pdf, que se puede, sino de que algún desarrollador cree una aplicación que repiense la manera que tenemos de tratar con formatos que no permiten un reescalado como el texto plano. Eso llegará más pronto que tarde. Se trata de que uno pueda acceder a ficción y ensayo de manera directa en su terminal, que pueda leerlos y disfrutar de la lectura como un placer estético, no como un trabajo.

A mí, que me dedico —por horrible que suene— a leer de manera profesional, no me resulta práctico. Y no lo es porque la premisa es que no lo sea, no se ha pensado en el dispositivo para eso y, más importante aún, el iPad no es un lector de libros electrónicos, aunque pueda cumplir con ese cometido.

La AppStore y la creación de ecosistemas para los usuarios.

Una de las cosas realmente atrayentes del iPad es cómo Apple ha creado una interfaz y un conjunto de aplicaciones básicas para los usuarios. La compañía nos ha mostrado cómo ve al usuario medio de Internet y, desde mi punto de vista, la radiografía les ha salido impecable.

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Eso no implica que cada usuario pueda hacer del dispositivo lo que quiera mediante aplicaciones de terceros. Por ejemplo, el iPad puede ser una herramienta muy interesante para aquellos que estén preparando una tesis o un libro si se cuenta con el mismo gestor bibliográfico que tiene en su computadora que permita leer bibliografía en pdf y anotarla y marcarla para que luego sea sincronizada y con un editor de textos básico que le permita hacer pequeñas correcciones en otro ámbito que no sea la mesa de trabajo, y con un dispositivo fácilmente transportable, ligero y energéticamente eficiente.

Lo mismo es aplicable a aquellos profesionales de la fotografía que deban revisar una enorme cantidad de fotografías, el dispositivo permite marcar y detectar posibles problemas tanto en el momento de pre como de preproducción, problemas que a veces podrán solucionarse con una aplicación ligera de retoque fotográfico en el dispositivo y a veces requerirán enviarse al centro de trabajo para una revisión posterior.

Como cierre, me parece que lo que hoy ha presentado hoy es una manifestación sincera de nuestros hábitos como usuarios, dándole puerta de entrada a muchos más que todavía desconocen Internet. La forma en la que lo ha hecho me parece interesante y queda por ver cuál será la recepción del dispositivo. Si mi lectura es acertada, Steve Jobs podrá jactarse de haber reinventado la informática de consumo.

El iPad define de una manera precisa qué es un usuario de Internet actual, cuáles son sus necesidades, y cómo interactúa con su medio. En ese sentido, servirá en unos años para comprender cómo veíamos Internet y que tipo de expectativas teníamos —en términos generales— a la hora de valernos de la red como medio comunicativo.

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