Anaclet Pons ya había traducido la primera columna que Robert Darnton escribió para la New York Review of Books acerca de Google Books —mis impresiones sobre ella podéis leerlas aquí— para incorporarla a un interesante monográfico de la revista Pasajes. Hoy ha subido a su muy recomendable blog, Clionauta, la traducción de la segunda columna que Darnton le ha dedicado al tema. En vista de las molestias que Anaclet se toma por difundir las ideas de Darnton, me he decidido a traducir y poner a vuestra disposición la respuesta que Paul N. Courant —historiador y economista de la Universidad de Michigan— le ha dedicado a este texto. Courant la ha subido a su blog y la ha enviado a la New York Review of Books.

Como sabéis, este año estoy en la Universidad en la que Courant trabaja. Esta fue, junto con Harvard, el primer centro académico de Estados Unidos que se tomó seriamente la digitalización de su fondo bibliográfico, mucho antes de que Google existiera. Courant ha conocido de primera mano todo el proceso —tanto el previo a Google como el posterior— y ofrece en su texto un enfoque a medio camino entre la economía y la biblioteconomía que puede —y debe— servir para matizar el pesimismo de la última columna de Darnton.

Frente a los textos previos en la New York Review of Books, esta columna ha sido redactada por un economista que ha tenido cargos de responsabilidad en la Biblioteca de la Universidad de Michigan, un entorno idóneo para conocer el trabajo de Google, puesto que el gigante de California tiene una de sus centrales en Ann Arbor. He numerado los párrafos del texto de Courant para facilitar su consulta, su cita y las referencias a él en los comentarios.


V. C. Vickers - The Google Book (1913)


  1. Mi colega y amigo Robert Darnton es un historiador maravilloso y un elegante escritor. Su visión utópica de una infraestructura digital para una nueva República de las letrasGoogle and the Future of Books», New York Review of Books, 12 de enero de 2009) eleva el espíritu. Sin embargo, su idea acerca de que hubiera cualquier posibilidad de que el Congreso y la Biblioteca del Congreso pudieran haber implementado esa visión en la década de los noventa es una fantasía utópica. A su vez, su punto de vista sobre el mundo que podría emerger como resultado del volcado digital de obras bajo derecho de autor es una fantasía distópica.

  2. El Congreso, al que Darnton imagina invirtiendo dinero y realizando cambios de legislación que hubieran hecho que las obras descatalogadas aún sujetas a derecho de copia —la vasta mayoría de textos publicados durante el siglo XX— estuvieran digitalmente disponibles bajo unos términos razonables, jamás mostró interés alguno en llevar a cabo algo por el estilo. Antes bien: aprobó la Digital Millennium Copyright Act y la Sonny Bono Copyright Term Extension Act. (Después vendría la Higher Education Opportunity Act, que obliga a las instituciones académicas a vigilar su ámbito electrónico a la búsqueda de violaciones de los derechos de copia). No es sorprendente: los comités que escriben la ley de derechos de copia están dominados por representantes que cuidan de Hollywood y de otros que poseen los derechos. Su idea sobre la República de las Letras es una donde todo el mundo que alguna vez ha leído, escuchado o visto casi cualquier cosa debería pagar… cada vez que lo haga.

  3. El Tribunal Supremo, que tuvo la oportunidad de limitar la extensión de un derecho de explotación ya demasiado largo (como Darnton, creo que 14 años renovables otros 14 es más que suficiente para lograr los propósitos del derecho de copia), rehusó hacerlo (con solo dos votos en contra) en el caso de Eldred contra Ashcroft, sentenciado en 2003. Al contrario: reforzó la sentencia con legislación opuesta a los principios fundamentales del derecho de copia recompensando a autores que llevan tiempo muertos y previniendo así que nuestro legado cultural apareciera en el dominio público.

  4. Resumiendo, durante algo más que la última década la política pública ha sido consistentemente peor que inútil para ayudar a hacer la mayor parte de las obras del siglo XX susceptibles de búsqueda y uso bajo forma digital. Esta es la alternativa a la que debemos someter la evaluación de Google Book Search y el acuerdo de Google con editores y autores.

  5. En primer lugar, debemos recordar que hasta que Google anunció en 2004 que iba a digitalizar las colecciones de algunas de las bibliotecas más grandes del mundo, absolutamente nadie tenía un plan para una digitalización masiva a la escala requerida. Bibliotecas bien dotadas, incluyendo Harvard y la Universidad de Michigan, estaban embarcadas en esfuerzos de digitalización a un ritmo menor de 10.000 volúmenes anuales. Google llevó la discusión directamente a decenas de miles de volúmenes por semana e hizo factible la meta de digitalizar (casi) todo. Tendemos a pensar ahora que la digitalización masiva es tarea fácil. Hace menos de cinco años pensábamos que su costo la hacía impracticable.

  6. El centro de la fantasía distópica de Darnton sobre el acuerdo de Google deriva directamente de la perspectiva de que «Google disfrutará de aquello que solo puede ser denominado como un monopolio […] de acceso a la información». Pero Google no goza de nada parecido a un monopolio al acceso de la información en general, ni a la información que se encuentra en los libros que están sujetos a los términos del acuerdo. Para empezar, y esto es un enorme beneficio público por sí mismo, hasta el 20% de los contenidos de los libros podrá leerse de manera abierta por cualquiera que posea una conexión a Internet, y todo su contenido estará indexado y podrá ser sometido a búsquedas. Más aún, Google está obligado a proveer el familiar link «encuéntralo en una biblioteca» en todos los libros que se ofrecen en el producto comercial. Esto es, si tras leer el 20% de un libro un usuario quiere más y encuentra el precio por el acceso on-line excesivo, se le mostrarán una lista de las bibliotecas que disponen de un ejemplar, pudiendo dirigirse a ellas o hacer uso del préstamo interbibliotecario. Esto debilita de manera clara el poder de mercado del producto de Google. De hecho, es mucho mejor que la situación actual, donde los usuarios de Google Book Search solo puede leer fragmentos, no el 20% del libro, y desde ahí deben decidir si han encontrado lo que buscaban.

  7. Darnton está también preocupado por la posibilidad de que Google peque de avaricia gravando los precios, utilizando estrategias comunes en muchos editores de literatura científica que conllevan un enorme coste para las bibliotecas académicas, sus universidades y, al menos igualmente importante, para los usuarios potenciales que sencillamente carecen de acceso a ellas. Sin embargo, las características del mercado de los artículos de ciencia y tecnología son fundamentalmente distintas de las que corresponden al vasto corpus de literatura descatalogada que albergan las bibliotecas univesitarias. Este constituirá el grueso de obras que Google venderá en lugar de los propietarios de los derechos de copia bajo el acuerdo de avenimiento. En la actualidad, la producción de literatura científica requiere un acceso inmediato y de calidad al resto de literatura científica que se está produciendo: uno no puede publicar, o conseguir becas y ayudas económicas sin un acceso de estas características. Los editores lo saben, y gravan consecuentemente. Particularmente los precios de los artículos individuales son muy elevados, lo que apoya las licencias escandalosamente elevadas que pagan las universidades por el acceso a sus bases de datos. En el caso de Google, al haber muchas vías para el acceso a la mayor parte de los libros que se venderán gracias al acuerdo, su precio será seguramente justo y bajo, lo que conllevará bajos precios por las licencias de acceso a su base de datos. De nuevo, «encuéntralo en una biblioteca» emparejado con una generosa vista previa del título, no podría diferir más de la práctica empresarial de muchos editores de revistas científicas, técnicas y médicas.

  8. Hay otra razón para creer que los precios no serán “injustos”: Google está mucho más interesada en hacerse con público para googlizar prácticamente todo que en hacer dinero a través de ventas directas. La manera de atraer a la gente a la literatura a través de Google es convertirlo en un proceso sencillo y que compense a los lectores. Para las obras bajo dominio público, Google ya provee libre acceso y continuará haciéndolo. Para las obras sujetas al acuerdo con las casas editoriales, parece que ofrecerá una interfaz bien diseñada, la vista previa de un 20% de la obra y precios razonables. Junto a ello, las bibliotecas que no se suscriban al producto contarán con un terminal con acceso gratuito a su fondo para el disfrute de los usuarios. Esto aumenta el beneficio público derivado del acuerdo tanto por vía directa como por permitir un canal de distribución que no requiere pago a Google ni a los dueños de los derechos de explotación.

  9. El acuerdo dista de ser perfecto. La práctica americana de hacer planes públicos mediante arbitrio privado está muy lejos de ser perfecta. Pero en ausencia del acuerdo —incluso si Google se ha impuesto sobre las demandas de editores y autores— no tendríamos la infraestructura digital que dé soporte a la República de las Letras del siglo XXI. Tendríamos índices y fragmentos y no habría manera de leer una cantidad sustancial de cualquiera de los millones de libros online en juego. El acuerdo nos da una vista previa de una vasta cantidad de contenido, y la promesa de fácil acceso al resto, y de esta manera promueve enormemente el bien público.

  10. Por supuesto, preferiría la biblioteca universal; pero estoy bastante contento con la librería universal. A fin de cuentas, las librerías son buenos sitios para leer libros y después decidir si comprarlos o ir a la biblioteca a leer algo más.

Paul N. Courant.

Nota: Esta carta representa mi punto de vista, y no el de la Universidad de Michigan, ni el de ninguno de sus departamentos o bibliotecas.

Sumo los vínculos a algunas de las referencias de Courant: Digital Millennium Copyright Act, Sonny Bono Copyright Term Extension Act, Higher Education Opportunity Act y Eldred contra Ashcroft. Espero que el texto os haya gustado tanto como a mí y os animo a que utilicéis los comentarios.