Ficta eloquentia

Retórica, política y poética medieval y renacentista. Silva de varia lección

Los amores de Aristóteles y Filis

Sillar de la Iglesia de Montbenoît representando a Aristóteles y Filis

Aquamanile – Aristotle Ridden by Phyllis (1975.1.1416)  - The Metropolitan Museum of Art

Aristóteles y Filis - Grabador anónimo (M. R.) - Alemania, siglo XV

Aristóteles y Filis - Círculo de Baccio Baldini (mediados del siglo XV)

Aristóteles y Filis - Grabado del Holandés Jan de Beer - Finales del siglo XV

Aristóteles y Filis - Maestro del Gabinete de Estampas de Amsterdam (ca. 1485)

Aristóteles y Filis - Maestro Grabador M. Z. (1500-3)

Aristóteles y Filis - Hans Baldung Grien (1484-1545)

Filis galopando sobre Aristóteles - Hans Burgkmair el Viejo (ca.1519)

Aristóteles y Filis - Jan Sadeler (ca. 1587-1593)

Henri d’andeli redac­ta a comien­zos del siglo xiii su lai d’aristote, una his­to­ria cómi­ca y obsce­na sobre el filó­so­fo que gozará de cier­ta for­tu­na en el imag­i­nario occi­den­tal. El lay, el género escogi­do por d’Andeli, era una nar­ración cor­ta de carác­ter humorís­ti­co y de car­ga eróti­ca y burlesca que gozó de enorme pop­u­lar­i­dad en las cortes anglo-nor­man­das medievales y que desem­peñaría un papel impor­tante todavía en los nov­el­li­ni de Ser­cam­bi y de Boc­cac­cio, o en los cuen­tos de Chaucer.

La nar­ración ver­si­fi­ca­da de d’Andeli tiene un argu­men­to muy sim­ple: Aristóte­les ha acom­paña­do a Ale­jan­dro Mag­no en su expe­di­ción a la India, donde el rey se ha enam­ora­do de una joven y bel­la corte­sana. Aristóte­les le recomien­da como su pre­cep­tor que aban­done la com­pañía de Fil­is, al impedirle prepararse para el ejer­ci­cio de la vir­tud y las respon­s­abil­i­dades del gob­ier­no. La corte­sana, enter­a­da del con­se­jo del filó­so­fo prom­ete ven­gan­za. Una mañana, la joven comien­za a bailar de man­era sen­su­al y a can­tar can­ciones de amor en el jardín con­tiguo al estu­dio de Aristóte­les. La belleza de su can­to hacen que el filó­so­fo sien­ta un ardi­ente deseo por la joven y abra su ven­tana para poder ver­la y requerir sus ser­vi­cios. Ella, prepara­da para la prop­ues­ta, prom­ete sacia­r­lo con una úni­ca condi­ción: debe fin­gir ser un cabal­lo y dejar­la mon­tar sobre su espal­da mien­tras la pasea por el jardín. Aristóte­les con­siente. En el momen­to en que está cumplien­do el capri­cho de la het­aira, Ale­jan­dro los ve des­de una altura supe­ri­or del castil­lo y exige a su mae­stro un expli­cación. La respues­ta es clara: si un viejo como él se ha vis­to enreda­do en tal situación por causa del amor, qué no le pasaría a un joven inex­per­to como Ale­jan­dro, he ahí la razón de pre­venir­lo con­tra el deseo eróti­co, que ni atiende a edad, ni a rep­utación, ni a conocimien­to. Ale­jan­dro, com­placido con la respues­ta, per­dona a su mae­stro, y que­da libre para reunirse con su ami­ga sin recibir ningún tipo de repri­men­da.

La obra cobró notable pop­u­lar­i­dad des­de su primera lec­tura en corte y sus ver­sos fueron imi­ta­dos, repeti­dos y vari­a­dos. Nos han lle­ga­do cin­co ver­siones man­u­scritas del lay, aunque ningu­na es sat­is­fac­to­ria y ofre­cen, además, cier­tas varia­ciones argu­men­tales. El éxi­to de la obra debió de ser grande, puesto que la Igle­sia —cuya doc­t­ri­na per­manecía por entonces fuerte­mente lig­a­da a las enseñan­zas del Are­opagi­ta— tomo car­tas en el asun­to. Jacques de Vit­ry, a la sazón obis­po de Acre y futuro car­de­nal de Tus­cu­lum, redac­tó una nue­va ver­sión de la his­to­ria donde elim­inó cualquier tipo de aspiración lit­er­aria y a la que cargó de un fuerte con­tenido moral y trascen­dente. Fil­is ya no es una corte­sana, sino la esposa de Ale­jan­dro, y engaña al príncipe con el filó­so­fo, desa­tan­do con ello el sec­u­lar mecan­is­mo que alude a la per­fidia y la mal­dad de las mujeres. Para Vit­ry, solo hay una morale­ja que extraer de la his­to­ria: la úni­ca filosofía vál­i­da es aque­l­la que prepara para la muerte.

Sin embar­go, la his­to­ria de Aristóte­les y Fil­is demostrará mucha may­or longev­i­dad en su ver­tiente icono­grá­fi­ca, que la memo­ria de Jacques de Vit­ry o Hen­ri d’Andeli en la cul­tura lit­er­aria euro­pea. Seguir el recor­ri­do de las rep­re­senta­ciones de la fábu­la nos lle­va por caminos bien difer­entes. El tra­ba­jo del orfebre, del eban­ista o el grabador le dan al obje­to artís­ti­co una sig­nifi­ca­do más amplio, tan­to ante nue­stros ojos como ante los de nue­stros antepasa­dos.

Quizás en ninguno de ellos como en el mis­te­rioso mae­stro grabador alemán de prin­ci­p­ios del siglo XVI cono­ci­do por las siglas M. Z. se con­ju­gan de man­era más per­fec­ta las lec­ciones de Vit­ry: solo nos han queda­do de él los graba­dos de un Arte de bien morir todavía por iden­ti­ficar y otro ded­i­ca­do a nue­stro tema. Pero la icono­grafía expre­sa algo pro­fun­do que tra­sciende la relación más o menos feliz con la fuente lit­er­aria: habla de la humil­lación de la filosofía frente a la belleza, el some­timien­to de la racional­i­dad por la ani­mal­i­dad, la ren­di­ción de la vejez a la juven­tud, la vic­to­ria del vicio sobre la vir­tud, etcétera.

En todos estos sig­nifi­ca­dos entre­laza­dos, la mujer per­manece ais­la­da de la humanidad y de la razón, ani­mal­iza al hom­bre y rinde a la evi­den­cia de la carne cualquier ejer­ci­cio de abstrac­ción. Si Aristóte­les —la asce­sis, la razón y la vida espec­u­la­ti­va— que­da someti­do y espolea­do por el deseo, la het­aira —la car­nal­i­dad, la irra­cional­i­dad y la vida veg­e­ta­ti­va— se limi­ta a un obje­to o a un mero mecan­is­mo nat­ur­al. Así, en la his­to­ria de los amores de Fil­is y Aristóte­les, la lec­ción últi­ma es que en un sis­tema de val­ores estáti­co y patri­ar­cal, aunque se genere una inver­sión paródi­ca del estatu­to de sus com­po­nentes, en el mis­mo pro­ce­so de inter­pretación y recep­ción se refor­mu­la de man­era más potente, si cabe, el sis­tema que ha sido inver­tido. Quiero decir, el reba­jamien­to a la ani­mal­i­dad del hom­bre lle­va implíc­i­to un reba­jamien­to abso­lu­to de la mujer, rep­re­sen­tan­do la fábu­la un sis­tema de equiv­a­len­cias que nun­ca es evi­dente. Y exac­ta­mente lo mis­mo puede decirse de su lec­tura sado­ma­so­quista.

*

Muchos blogs ya han recogi­do la his­to­ria, así que dejo aquí un pequeño lis­ta­do de algunos de ellos que amplían mi tex­to con más fuentes, ver­siones o mate­r­i­al grá­fi­co: el café de oca­ta, Phi­lalethe, Tru­ci­oli Savonese o Il tem­po dell’ombra. Tam­bién me he per­mi­ti­do subir a mi servi­dor una edi­ción libre de dere­chos de copia: Hen­ri d’Andeli, Le lai d’Aristote, ed. A. Héron, Rouen: Imprimerie Léon Gy, 1901, descar­gad­la y echa­dle un vis­ta­zo si os intere­sa. Las imá­genes de la entra­da provienen de diver­sos sitios: el British Muse­um, flickr (Ana Sudani y Paul Lowry), The Met­ro­pol­i­tan Muse­um of Art (New York), Orazio Centaro’s Art Images on the Web (Ocaiw), Ciu­dad de la Pin­tu­ra y Art­Net; y estaría enorme­mente agrade­ci­do si alguien me pudiera hac­er lle­gar el graba­do que Albrecht Dür­er le dedicó al tema.

Si leéis ital­iano, el sigu­iente artícu­lo de Luisa Crus­var sobre la icono­grafía de Aristóte­les y Fil­is es muy recomend­able: «Il sapi­ente vin­to d’amore: Fil­lide cav­al­ca Aris­totele. For­tu­na e sug­ges­tioni di un tema icono­grafi­co dal Tar­do Medio­e­vo all’Epoca Sig­no­rile», Atti e Mem­o­rie del­la Soci­età Istri­ana di Arche­olo­gia e Sto­ria Patria CVI:1 (2006), pp. 73–102. Tam­bién tenéis en red una con­fer­en­cia muy instruc­ti­va de Ayers Bagley: «Study & Love: Aristotle’s Fall».

Como siem­pre, dejo a vues­tra dis­posi­ción los comen­tar­ios para que­jas, dudas, sug­eren­cias y aporta­ciones. Y sigo ani­man­do a aque­l­los que no estáis suscritos a este blog a que lo hagáis para recibir cómoda­mente sus actu­al­iza­ciones en vue­stro lec­tor de RSS o en vue­stro correo elec­tróni­co.

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  1. Gran entra­da. Enhorabue­na.
    Me encan­tan este tipo de anéc­do­tas.
    La his­to­ria que no nos cuen­tan en los libros y que hace más lle­vadero su estu­dio.

    Bue­na respues­ta de Aristóte­les 😉

    Un salu­do

  2. Un salu­do, Javi. Gra­cias por el comen­tario y por pasar.

  3. Muy bueno, me ha gus­ta­do mucho (otra vez). Vota­do en Menéame, por descon­ta­do…

  4. Fan­tás­ti­ca entra­da, y que angos­tos son los caminos de la vir­tud.
    Un salu­do.

  5. Genial entra­da, y bel­lísi­mas las imá­genes que la acom­pañan. ¡Fan­tás­ti­co!

  6. De lo que se entera uno. Buen aporte.

    Salu­dos!

  7. Exce­lente artícu­lo. Gra­cias.

  8. FMA

    Gra­cias por la entra­da, genial. En las “mis­eri­cor­dias” de la sillería del coro, de la Cat­e­dral de Tole­do, el mae­stro Rodri­go Ale­man tal­ló este tema. Ten­go una foto en blan­co y negro.
    un salu­do

  9. Ramón Ángel González

    Albrecht Dür­er — Dis­eño para la dec­o­ración en el Ayun­tamien­to de Nurem­berg, 1521. En los medal­lones de los arcos de las ven­tanas están rep­re­sen­tadas las his­to­rias del Antiguo Tes­ta­men­to de David y Betsabé y San­són y Dalila, y la leyen­da clási­ca de Aristóte­les y Phyl­lis (medal­lón de la derecha), [el nexo de todas parece ser el poder de las mujeres]. Le dejo el enlace de la Mor­gan Library donde lo he encon­tra­do

    http://www.themorgan.org/collection/drawings/144284#

    Estu­pen­do blog.
    ¡Salu­dos!

  10. Gra­cias a ti por comen­tar.

  11. Muchas gra­cias por la ref­er­en­cia, Ramón Ángel, y por tu amable comen­tario.

  12. hectorl

    Gra­cias por el exce­lente y bien pen­sa­do tex­to, y por las extra­or­di­nar­ias imá­genes.

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