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Ficta eloquentia

La resistencia al libro digital

Hace un tiempo dediqué una entrada al precio del libro digital y, sobre todo, a las malas experiencias que había tenido con dos libros recientemente adquiridos en ebooks.com. Una empresa que, por cierto, sigue siendo incapaz de solucionar mis problemas con ellos y que no parece dispuesta a hacerlo.

El caso es que hoy me he encontrado en Booksquare con una entrada de Kassia Krozser que denunciaba de manera muy clara y elocuente la falta de visión que los editores están teniendo a la hora de comercializar libros electrónicos. Esta falta de adecuación entre el mercado y los editores puede resumirse en cuatro aspectos:

  • el precio. El ejemplo que nos da el artículo es uno más en la enorme lista de despropósitos en la digitalización de libros. Mientras que una copia en papel de ejemplar cuesta 27,50$, la edición electrónica es ligeramente más cara 27,99$. Esto podría tener sentido en el caso de libros descatalogados que requieren ser digitalizados desde un impreso, donde la obra tendría que recomponerse, con los gastos de cotejo y maquetación derivados, siempre que no estemos pensando en su simple escaneo, como ha hecho Cambridge University Press con parte de su fondo. Para las novedades editoriales, que han sido creadas directamente en formato digital —volviendo a Cambridge que hace tiempo que crea sus libros, y los solicita, en LaTeX— y cuyo derivado —con mayor costo, evidentemente— es la obra en papel, el precio es claramente un abuso e injustificable… A menos que consideremos la triste realidad, gran cantidad del precio viene derivada, precisamente, del desarrollo de protecciones digitales que van directamente en contra del usuario.

  • el catálogo. El artículo de Kroszer no se refiere a literatura académica, pero en este caso es indiferente. La literatura de ficción y los textos técnicos sufren el mismo problema en la actualidad y es que el catálogo en papel no corresponde con el catálogo del formato electrónico. Esto es justificable, de nuevo, cuando vamos al fondo de una determinada editorial, pero ridículo si hablamos de libros publicados en —digamos— los últimos diez años. La cuestión de Kozser es en este punto un tanto ingenua: ¿han hecho las editoriales un estudio de mercado sobre el tipo de lectores que consumen los libros? La mía sería: ¿Están dispuestas las editoriales académicas a renunciar al lucrativo negocio de firmar convenios millonarios con las Bibliotecas Universitarias y Centros de Investigación para un acceso restringido a su fondo y liberar de una vez sus obras a un precio razonable?

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  • el formato. Kroszer menciona de pasada el tema del formato diciendo que salvo para unos pocos títulos, tiene poco sentido mantener el formato del libro en papel en su versión electrónica. Aquí, como persona dedicada a la literatura y a la historia, debo disentir. Es preciso mantener este formato sencillamente por una cuestión de coherencia a la hora de citar o referirnos al texto, y la multiplicación de ediciones, paginaciones y plataformas, lo único que podría hacer es crear obras mucho más difíciles de referenciar y etiquetar, algo que es tan importante para los académicos como para la difusión de los textos en red.

  • el drm. Este es mi principal problema con los ebooks que están en el mercado en la actualidad. No entiendo la estúpida obsesión por proteger un pdf hasta hacerlo prácticamente inservible. ¿Qué sentido tiene que pague más por una obra en un formato que está completamente limitado para su lectura? ¿Pago entonces por su inmaterialidad? ¿Por poder llevarlo en mi ordenador, y solo en mi ordenador? ¿Y qué pasa si mi ordenador ha sido llevado a reparar? ¿Qué pasa si quiero leer el pdf en mi iPhone? ¿Qué pasa si tengo 3 ordenadores? ¿Qué pasa si quiero imprimir más páginas del libro que las que se me pone como límite?

Estos cuatro factores son importantes en la evolución del mundo del libro hacia la plataforma digital, y si cobran gravedad es por la propia codicia de las casas editoriales. El ejemplo de la música nos enseña que cuanto más retrasen y compliquen los editores el paso al formato digital, mayores y más agresivas serán las medidas comerciales que tendrán que tomar a posteriori para recuperar el terreno perdido. Kozser menciona sabiamente el caso de las tiendas de iTunes y de Amazon y la rebaja de precios que la música está sufriendo últimamente, y lo propone con sentido como un modelo al que las editoriales deberían prestar atención.

La discusión sobre el precio del libro, que cada ver se convierte en un tema más debatido en Internet debe ponerse en relación con estos aspectos y, sobre todo, pasar a formar parte de un debate activo en la red en castellano.



edito: precisamente en una de las noticias que enlazaba más arriba se destacaba el funcionamiento de Fictionwise, que es uno de los portales más importantes para ebooks digitales en lengua inglesa. El caso es que me entero —vía BoingBoing— de que una de las empresas encargadas de proporcionar la encriptación de libros de Fictionwise, llamada Overdrive, ha decidido cerrar el 30 de enero sin dar ninguna razón específica al respecto. Fictionwise ha colgado en su red una página de FAQ para informar a los usuarios de los problemas que pueden venir derivados de ello: la empresa no dispone de las claves y cada ejemplar está vinculado a una computadora determinada, de manera que si alguien quiere hacerse con una copia protegida por Overdrive después del 30 de enero, le será imposible abrirla en su ordenador.

Cuento esto porque refleja un problema evidente en el drm, que es la relación de dependencia creada entre la copia y la empresa proveedora de protección de la misma. Esta relación puede hacer que partes de un catálogo de ebooks, o el catálogo completo, queden inservibles en un futuro próximo, lo que supone un serio problema para la empresa distribuidora. El resultado de todo ello ya lo hemos vivido recientemente con la música: Apple anunció hace un par de días que todas las canciones vendidas a través de la iTunes Store lo harían libres de drm. Se trata de una buena noticia que no debemos agradecer a Apple —aunque Jobs en principio estaba en contra del drm— sino a Amazon. Apple pide a los usuarios que ya cuentan con canciones de su tienda, que paguen un tercio de su coste original para eliminar la protección. Parece claro que no se trata de un problema de los usuarios la aceptación o eliminación del drm, sino de las propias empresas gestoras, pero a todas luces estas quieren sacar dinero hasta de sus propios errores.

Lo sucedido con la música parece dar buenas pistas de lo que ocurrirá en un futuro próximo con el drm: tendrá que desaparecer. Los únicos perjudicados seremos aquellos que hemos querido hacer las cosas bien y seguir el camino trazado por las empresas. Creo firmemente que el drm pasará a la historia en breve y que en un futuro no muy lejano serán las distribuidoras de contenidos las que tendrán que perseguir a los usuarios para que consuman lo que tengan que ofrecer. Microsoft, como siempre, será la excepción, ya que ha hecho un sistema de protección de copia mucho más complejo para su inminente Windows 7. Creo que los usuarios son lo suficientemente inteligentes y maduros como para saber cuáles son sus posibilidades de apoyar otros modelos de software y de difusión de la cultura. Hasta entonces, solo me queda recomendar que la gente que quiere pagar por los contenidos se haga con una copia libre de drm hasta que se la vendan sin él, y entonces compre.

Cierro con algunas preguntas que me gustaría que contestarais en los comentarios para seguir con el tema: ¿existe un mercado serio de libro digital en castellano? y, de ser así, ¿hay mercado de ebooks académicos en castellano de editoriales, pongo por caso, como Alianza, Gredos, Trotta, Siruela, Fondo de Cultura Económica, Crítica, etc? ¿Preferís un texto en papel o un texto electrónico bien indexado y con la posibilidad de búsquedas? ¿Cuánto estaríais dispuestos a pagar por un libro electrónico? ¿Compráis o habéis comprado alguno y, en ese caso, cuál es vuestra experiencia?

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