La filología hispánica a la palestra

by Jorge Ledo on enero 30, 2009 · 16 comments

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Los estudios sobre la literatura hispánica han presentado tradicionalmente diferencias tácitas entre aquellos que se ocupan del Renacimiento y quienes se dedican a lo moderno y contemporáneo. Suelen ser los primeros muy dados a manejarse en sus clases con un censo más o menos cerrado de autores y de temas, y rara vez contemplan el disfrute literario como una razón legítima para dedicarse a su campo: creen en el valor inmutable e intemporal del clásico reputado que cuenta con una larga tradición a sus espaldas. Los segundos, bastante menos mirados en aquello de variar, no suelen limitarse a tratar obras de relativo valor literario, para ocuparse de temas que enlazan con otras esferas y movimientos intelectuales y, lo que más me interesa subrayar hoy, para recomendar a sus alumnos textos que no pertenecen al ámbito del hispanismo.

Se trata, sin duda, de una situación extraña: si hay una época proclive al estudio desprejuiciado y ambicioso, que atienda a distintas “literaturas nacionales”, disciplinas y tradiciones convergentes, es la nuestra. Por desgracia, la mayoría de mis colegas no suelen ser partidarios de esa idea: prefieren dedicarse a machacar a sus estudiantes con un canon fosilizado de “grandes autores” áureos y traer de vez en cuando a colación algún que otro texto secundario de digestión, si cabe, más pesada. Sus motivaciones van de la desidia al desconocimiento, pasando por la convicción de que un canon fijado en el siglo XIX sigue respondiendo a lo que hemos aprendido desde entonces sobre la historia, la época, su cultura y sus circunstancias.

A ello se suma la ubicua querella en torno a la pertinencia de la literatura como marco para la enseñanza de una cultura y una tradición determinadas. Se trata de una disputa bizantina que surge de vez en cuando, despertando el incomprensible apoyo de los más jóvenes y el reprensible hartazgo de los más veteranos. Los orígenes de la filología moderna tienen su fuente en el Renacimiento, y es bien difícil imaginar que las facultades de filología hispánica actuales contaran con el beneplácito de los padres de la disciplina. Petrarca, Guarino de Verona, Pier Paolo Vergerio, Erasmo, Melanchton o Budé —por espigar un puñado— coincidirían en que la universidad actual se ha convertido en lo que en su tiempo era una una escuela primaria: lo que se estudia es gramática.


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La gramática renacentista no solo comprendía el estudio de la morfología y la sintaxis —valga el anacronismo—, sino que se ocupaba a la vez de un acercamiento superficial a los autores infalibles —los auctores octo— de quienes los alumnos aprendían los rudimentos de la lengua, esto es, la corrección en el decir y la comprensión lectora. Posteriormente se dedicaban a la retórica, con la lectura e imitación de autores más complicados, aprendían a escribir al arrimo de los autores óptimos componiendo temas diversos que habitualmente se entresacaban de los Ejercicios preparatorios o Progymnasmata, una herencia pedagógica de la antigüedad tardía. Después venía el aprendizaje de la dialéctica, es decir, se abandonaba la discusión y la composición retórica, basada en la belleza del discurso y su capacidad para convencer a través de la vía emotiva —pathos—, para acceder a la argumentación de corte silogístico que perseguía la verdad. Esta última no sólo abría al estudiante la vía de la aritmética, a la geometría, a la música y a la astronomía, sino que le concedía herramientas suficientes para discernir la validez de sus propios razonamientos y de los ajenos, preparándolo para comenzar a formarse en leyes, en medicina, en historia o en teología.

En España, las facultades de filología hispánica se encuentran a día de hoy solo en el primer peldaño de este sistema porque lo que se enseña es a leer, pero hay una preocupación mucho menor por una formación integral que habrá de ser necesaria si se quieren alumnos capaces de comprender el Renacimiento, la Edad Media y el Barroco desde una dimensión general. Y en este caso lo mismo vale para los estudiantes que se decanten por la literatura moderna o contemporánea: deberían dárseles los rudimentos para poder enfrentarse a la crítica cultural de una manera mucho más eficiente y, ante todo, mucho más abierta y divulgativa; en fin, enseñarles a imponerse el regimen de la claridad que, por añejo que sea, será siempre prioritario.

¿Qué lugar ocupa la literatura en todo ello?, el que siempre ha detentado: un conjunto textual más o menos extenso que aspira a mostrar la lengua como una artesanía, como una τέχνη que puede crear nuevos mundos, definir el propio o reflexionar sobre cualquier aspecto que merezca la pena pensarse. La cuestión reside en si la preponderancia que se concede en las facultades de filología tiene una correspondencia histórica real. Y con esto no quiero aventurar que los filólogos debieran ser historiadores —si se encargan de épocas pretéritas, y todas lo son, sobra el calificativo—, sino que debieran ser historiadores centrados en las tradiciones y las expresiones textuales. El campo es infinito, pero si los filólogos —y por el nombre aludo a cualquier persona que trabaja en literatura, no solo un lingüista, que parece ser su sentido en ultramar— quieren tener algún futuro, deben formarse para leer textos que nadie más lee, para darles una coherencia construyendo un sentido en torno a ellos, para ser capaces de transmitir su importancia y hacerlo de manera perceptible para el resto de la sociedad. Su dominio de estos procesos los convierte en maestros que educan a alumnos y, más importante, que atraen a diletantes.

En España, donde cada cual tiene una opinión particular sobre qué es un filólogo —cuando sencillamente es quien intenta comprender una cultura a través de sus textos, vuélvase todo lo derridiano que se quiera—, muchos entienden que es el profesional que ostenta un conocimiento más o menos técnico e histórico de la literatura. Otros, entre los que me cuento, pensamos que su tarea es enseñar a leer y a entender a través de los textos, cualquiera que sea su naturaleza, un marco cultural y un periodo histórico determinados. Se trata de un conjunto de estrategias y prevenciones tan útiles para acercarse, con la orientación adecuada, a la cultura renacentista, como a la evolución de Internet o a la Revolución francesa. Hablo, por tanto, de una disciplina que enseña a organizar y estructurar los conocimientos, a establecer vínculos entre ellos, a hacerse una composición de lugar y a establecer juicios con cierta autoridad.

Sea uno de ciencias o de letras, de su padre o de su madre, lo quiera o no, es una actividad intuitiva que se realiza de manera cotidiana, el peligro se da al entender que su recurrencia la convierte un proceso natural, cuando es un arte complejo y cruel que condena, si no se estudia, a caer eternamente y de manera inadvertida en los mismos errores de percepción: nuestros antepasados renacentistas lo llamaban barbarie. La filología sencillamente ofrece herramientas útiles para leer el mundo. La frase es bella y no es mía; está, como casi todo, en los clásicos.


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La enseñanza de la literatura —ahora bajo su acepción moderna, es decir, lírica, narrativa y drama— no es en sí misma un valor. Quiero decir, es bueno que la gente la lea, tanto por los modelos de expresión y por el goce estético que aporta, como por el aprendizaje histórico y la capacidad cognitiva que su práctica conlleva. Ahora bien, darle un papel central cuando salvo aristócratas y preceptores decimonónicos, cátedros del siglo pasado o poetastros de diverso pelaje han hecho una vida de ello es no ya ridículo, sino pernicioso e irresponsable. Al contrario, pensar que los textos que no pertenecen a esta idea de la literatura son un complemento a su estudio, y encasillarlos como tales, es un insulto a la inteligencia y una distorsión —incomprensiblemente consensuada— de una realidad histórica a todas luces diferente. La tradición a la que he remitido anteriormente —el aprendizaje de los rudimentos de la cultura textual como cimientos en la formación del individuo, y su posterior ascenso en dificultad y virtuosismo— era en el fondo un acto que rendía tributo a los muertos mediante la imitación, en un principio, pero con vistas a la emulación: la idea de progreso recorre vías más profundas y complejas que las que normalmente tienden a subrayarse. Lo que vivimos hoy en día queda, si a algo llega, en una sencilla pantomima derivada por enésima vez de un romanticismo trasnochado.

Quisiera que no se me interpretara de manera errónea o sesgada. Cuando hablo de «leer el mundo», me refiero también a leer el lenguaje que los reflejos del mundo hablan. El más trascendental y el más descuidado sigue siendo la informática. La manera en que funciona Internet, los marcos de relación real y conceptual que establece, los movimientos sociales en torno a ella y su lenguaje —superficial y estructural— debiera ser aprendida por los filólogos porque, como los que escriben en esa variedad de lenguas saben mejor que yo, hoy más que nunca todo es texto y el código, poesía.

Pero volvamos al asunto del hispanismo. Podemos sintetizar la situación en dos aspectos problemáticos: la desatención de lo textual —con la enorme complejidad que conlleva— como meollo de la profesión y la pertinacia en enclaustrarse en un cantón lingüístico. La cosa no tendría demasiada importancia si no fuera por la enorme crisis que los estudios de letras habrán de enfrentar de manera inminente y por la tarea fundamental de las facultades de filología: formar a todo el cuerpo profesoral de lengua y literatura de la enseñanza secundaria. Por tanto, los filólogos son los responsables últimos y son a quienes la sociedad concede la custodia de la lectura y la escritura; y si no asumen esa carga de manera responsable, serán otros quienes tomen —mejor o peor— el relevo, aislándolos hasta condenarlos a su desaparición.

Estos problemas se extienden a numerosos ámbitos; el papel desempeñado en cada uno de ellos puede parecer secundario a algunos y central a otros:

  1. La literatura en castellano, a pesar de la enorme importancia del idioma en el mundo, sigue desempeñando un papel menor —o subalterno— en el trabajo de los mayores especialistas en literatura del Renacimiento o literatura comparada.
  2. Salvo escasas y honrosas excepciones, muy poca gente dedicada al estudio de los Siglos de Oro lee con cierto cuidado los trabajos centrados en la literatura europea renacentista y, menos aún, intenta establecer puntos de divergencia y contacto que la sitúen en un marco europeo históricamente real, y no en un absurdo metafísico derivado de muchas y muy variadas guerras de independencia.
  3. La formación con que los alumnos de secundaria llegan a la universidad es muy deficiente. Y esta mantiene un patrón que garantiza que los investigadores, maestros y divulgadores del futuro vayan a tener que dedicar una considerable cantidad de tiempo a adquirir los conocimientos necesarios para comprender otras tradiciones. El común de ellos se dedicará, naturalmente, a repetir un modelo que se retroalimenta de la misma impostura, aislando doblemente —extra e intramuros— a los especialistas.
  4. El desconocimiento prácticamente absoluto del funcionamiento de Internet sigue siendo una carencia absurda y vergonzosa en el cuerpo profesoral. Desatenderla no puede derivar después en quejas sobre la calidad de la escritura en la red, e institucionalizarla sin practicarla —he ahí el aspecto más importante del asunto— determinará prácticas educativas igualmente inútiles.
  5. Si la filología hispánica sigue anclada, en su expresión máxima dentro de la jerarquía académica, en ser legataria de la tradición entendida de la peor de las maneras: como inmovilismo, no solo quedará tocada de muerte la disciplina en sí, sino la verdadera tradición y misión que se les supone a los filólogos: conservar el sentido, o los sentidos de la palabra en la historia.

Me encantará conocer vuestra opinión sobre el tema, tanto de los que tenéis formación de humanidades —filólogos y no filólogos— como de aquellos que tenéis formación científica. Siempre es un placer aprender de vuestros puntos de vista, así que serviros a gusto de los comentarios.

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1 Santi febrero 2, 2009 a las 9:22 am

(Segundo intento, que el primero se lo ha “tragado” el ordenador)

Buenas, Jorge, pues en general estoy bastante de acuerdo con tu análisis de la situación de la filología hispánica en España, con algunas matizaciones.

Creo, por ejemplo, que hay que tener, en cuenta, como tú dices, el nivel con el que llegan muchos de los alumnos a la carrera, y pensar también que dentro del campo de la filología hispánica se engloban perfiles de estudiantes y futuros profesionales muy distintos: futuros lingüistas, críticos literarios, editores, correctores de texto, y muchos profesores de lengua y literatura, además de algún que otro escritor. Para intentar responder a las necesidades de todos estos tipos de alumno, la carrera de filología debería incluir asignaturas como filosofía, historia, lingüística general, teoría de la literatura, lenguas clásicas, una o dos lenguas modernas, informática básica, informática aplicada a la edición, historia de la lengua, literatura comparada, además de seminarios específicos sobre la lengua o literatura de la filología elegida… Intentar esto en los 4 años que dura actualmente la carrera, y teniendo en cuenta, una vez más, el punto de partida, es probablemente imposible. ¿Solución? Pues quizás, como creo que están haciendo en algunas universidades, utilizar los años del Grado para dar una formación humanística lo más completa y sólida posible, y dejar la especialización para el nivel de Posgrado o Master, y más aún para el doctorado.

Dicho esto, estoy totalmente de acuerdo contigo en que en general la universidad española, al menos en lo que respecta a la filología hispánica, es muy conservadora en cuanto a sus métodos, contenidos y herramientas. No dudo que se estén produciendo cambios, y más que se producirán. Pero, por ejemplo, si no han cambiado mucho las cosas en los últimos dos años, todavía se considera a los enfoques del estilo de los “Estudios Culturales” (y sus ramas derivadas: queer studies, women studies…) como una tomadura de pelo, y en cambio no se cuestiona en absoluto la historia literaria tradicional como fuente de conocimiento y método de enseñanza -algo que en el contexto anglo-sajón, como sabes, resulta inimaginable-.

Seamos optimistas: el hecho de que, como tú dices, se haya producido una considerable “diáspora filológica” puede tener también su lado positivo: esa generación de “jóvenes hispanistas” (wink, wink) que han probado y visto varios modelos distintos de universidad, de filología, de docencia, y si algún día volvemos a España y nos integramos en su sistema educativo, no digo que vayamos a salvarla ni a revolucionarla, pero seguro que tenemos ideas nuevas que aportar a este respecto.

2 Ildef agosto 18, 2009 a las 2:20 pm

Vamos a ver ¿Realmente creeis todo lo que decís sobre la filología hispanica, la lengua y la literatura? La verdad, creo que estudiar filología, sea la que sea, es la mayor estupidez que puede hacerse en la actualidad. ¿Cómo es posible que en una época de enorme desarrollo científico tecnológico, al menos en otros lugares, sigamos creyendo que con leer libros, escribirlos, leer poesía, enseñar lengua y literatura somos importantes? Sinceramente, soy de filología hispánica, llevo años dando clases de lengua, literatura y latín, y me siento un verdadero inútil. Mucha literatura y tonterías de esta pero cuando se me avería el coche, o el ordenador, por mucho que le lea poesía no se pone en marcha solo. Si hay que pintar una pared hay que llamar a un profesional y así con muchas otras cosas. Por tanto, ¿Para qué coño vale la pena estudiar letras?
¿Es que no os dais cuenta de que hacemos el ridículo¿ ¿Que la sociedad evoluciona y no nos tiene en cuenta? A la gran mayoría de la gente no le interesa el latín, ni la literatura medieval ni la renacentista ni nada que se le parezca. Es lógico es aburrida, pesada, obsoleta.
Pero, claro, nadie lo dice ni lo reconoce. Seguimos creyendo que somos mejores que los de ciencia. A estos se les cree tontos que no tiene la cabeza amueblada, que solo manejan fórmulas y números friamente. Pero , amigo, gracias a esos genios de las mates, la fìsica, la química tenemos el mundo que tenemos hoy: coches, móviles, aviones, ordenadores, cohetes espaciales, medicina etc. Si se les hubiera hecho caso a los intelectuales aún estaríamos en las cavernas.

3 Jorge Ledo agosto 18, 2009 a las 6:06 pm

Cualquier disciplina tiene la importancia que uno quiera darle. Dudo que nadie en este cuaderno de notas, incluido yo mismo, haya dicho que la filología es una labor que deba plantearse en términos de competencia con las disciplinas técnicas o científicas: ni es su misión, ni me parece adecuado analizarla en esos términos.

Dices que la enseñanza de «lengua, literatura y latín», a la que has dedicado años, te hace sentirte como un «auténtico inútil», y aludes en última instancia a que «hacemos el ridículo» porque, deduzco, «seguimos pensando que somos mejores que los de ciencias». Me da la impresión, y corrígeme si me equivoco, de que la motivación última de tu crítica no se encuentra en la naturaleza de la disciplina, sino en las expectativas adquiridas desde que entraste en la facultad de filología, compartidas —en el mejor de los casos— por tus profesores, y que no han hallado un refuerzo positivo en tus alumnos —y la postura social mayoritaria de la que tus alumnos son muestra—, que no comparten, ni están dispuestos a admitir, tus mismos presupuestos.

A la gran mayoría de la gente no le interesa el latín, ni la literatura medieval ni la renacentista ni nada que se le parezca. Es lógico es aburrida, pesada, obsoleta. Pero, claro, nadie lo dice ni lo reconoce.

Conozco a un amplio número de profesionales dedicados a disciplinas científicas —muchos de mis amigos lo son y unos cuantos colegas— y te sorprendería saber hasta qué punto suenan tus palabras parecidas a las suyas cuando se refieren a la consideración general de sus estudios y sus trabajos, por no mencionar a quienes se encargan de reparar tu coche y tu ordenador cuando se averían, o de pintarte la casa. No se trata de qué es más o menos útil, porque en última instancia, todos los que diseñan y producen tecnología hablan entre sí, se comunican, y cuanto mejor sea esa comunicación —te sorprendería ver la importancia que se le concede en muchas compañías punteras dedicadas a ello— tanto mejor serán los diseños y los productos que se crean: toda mejora técnica, toda empresa colectiva, por humilde que sea, requiere un uso adecuado del lenguaje. Y ese es tu trabajo, tan limitado o ambicioso como lo quieras plantear.

Con respecto al carácter obsoleto de la literatura medieval o renacentista —y ahora me permitirás que tergiverse tus palabras entendiendo literatura como los clásicos—, poco o nada tengo que objetar: si mis alumnos tuvieran que decidir entre ver un puñado de películas con sus amigos en el cine o tomarse el arduo trabajo de aprender latín suficiente para leer las Misceláneas de Poliziano, está claro que ganaría la primera opción. El caso es que la capacidad para apreciar las obras de Poliziano —no se me ocurría nada más «aburrido, pesado y obsoleto»— puede enseñarse, pero encontrar los nexos entre Poliziano y la cultura de su época, ver la belleza y la ardua tarea que reside en su escritura, el afán de superación que hay en cada párrafo y ser consciente, en última instancia, de su circunstancia histórica, las dificultades inherentes a su empresa y sus efectos, y que eso te estimule para seguir profundizando —sin utilidad aparente— en ello es un regalo reservado a unos pocos. En su mismo ejercicio reside la perfección de un arte.

Nunca he defendido la ociosidad o la falta de sentido de los estudios humanísticos, creo que la razón última de ese interés legítimo y vocacional por épocas pretéritas y libros oscuros es transformarlo en algo con sentido que allane el camino a quienes tengan una vocación similar a la tuya, o que faciliten la vida a aquellos con la educación suficiente para interesarse por la cultura que les define. Lo decía Richard de Bury en el Philobyblon, lo repetiría de una manera exquisita Borges, y entre ellos una recua casi infinita de autores: la utilidad de los libros no reside en su novedad, o en asentar un nuevo peldaño en la escala que conduce a la sabiduría, sino en su capacidad para recuperar y actualizar conocimientos ya antiguos que, de no registrarse ad infinitum, caerían irremediablemente en el olvido.

Que valga poco ante argumentos falaces no lo hace menos cierto, cualquiera que haya leído aunque sea un único libro es un depósito de la memoria colectiva, y eso tiene una enorme valía, y más en estos tiempos. Esta idea permanece en el hombre desde mucho antes de Homero hasta Farenheit 451 —tan cacareada en algunos foros— y esperemos que permanezca entre nosotros porque sigue siendo igual de necesaria. No vale nada tener acceso a todos los libros sin un sentido que los ordene, y tu tarea como filólogo es encontrar la mejor narrativa, la más completa, la más atractiva, para que ese sentido —tan personal o universal como se quiera— permanezca.

Existe una palabra en latín con un significado maravilloso durante el Renacimiento: sodalitas. Como sabrás mejor que yo, se refiere a la identificación con un colectivo por motivos variados —profesionales, religiosos, intelectuales—. Los humanistas fundaron sodalitates, que estaban formadas por gente que apreciaba la cultura clásica, que veía un valor en ella, y que quería profundizar en sus misterios. Si has escrito un comentario en esta página es, claro está, gracias a Internet; pero Internet en sí misma, aunque condición necesaria, no es suficiente.

Perdona la extensión de la respuesta, espero que la perorata no haya ensombrecido demasiado lo que quiero decir: tienes la suerte de haber hecho de tu vocación tu medio de vida, Internet te ha facilitado la posibilidad de ponerte en contacto con mucha gente a la que enseñar lo que sabes y de la que aprender, y eres bienvenido a este lugar siempre que te apetezca.

Un saludo.

4 Ildef agosto 19, 2009 a las 10:12 am

No es que realmente me guste. Es lo que tuve que elegir. En tiempos iba encaminado hacia las ciencias, mejor dicho, hacia la F.P. Pero a alguien se le ocurrió pensar que la F.P. era para gente que no valía para estudiar por lo que con una profesión se podía ganar la vida dignamente. En cambio, el que valía debía ir a la universidad. Lo que pasó fue que se me atascaron las mates de tal manera que acabé en letras para huir de las mates. En latín y en lengua me fue bien. Pero desde ese momento tuve claro que tal vez me había equivocado pues la letras ya en ese momento (1984) comenzaban a perder frente a las ciencias.Algunos compañeros de ciencias decían que era una locura elegir letras. Hoy en día sigue pasando lo mismo. He visto a alumnos que están en letras simplemente porque las mates se les han atascado. Así que las circunstancias me llevaron a las letras pero he descubierto que realmente poco o nada aportan. Creo que se pierde mucho el tiempo en teorías, interpretaciones, subjetividades, abstracciones etc. sin llegar a concretar. Al final, cuando uno da clases descubre que lo realmente necesario para entender una lengua, cualquier lengua, es mínimo. POr tanto ¿A qué viene tanta disquisición filosófica, o lingïística? ¿A qué viene a llenar páginas y páginas de libros que solo unos cuantos, el escritor y sus amigos, entienden? No te digo nada de la literatura. ¿Acaso necesitamos tantos estudios sesudos de supuestos especialistas en filología? ¿Es que se puede escribir tanto del Quijote, de Lorca , de Lope, de Shakespeare? Además, estarás de acuerdo en que parece que solo interesa lo que otros han escrito sobre el Quijote pero no el Quijote en sí mismo. Eso es lo que parece que se hace en la universidad y en los institutos. Por otra parte, las propias características de la filología (subjetividad, interpretación hacenque sea poco útil a la sociedad. Es lógico que no se le pueda sacar un rendimiento económico y utilitario salvo el de escribir “todavía” y no “entodavía”. Pero esto es solo un recurso que se aprende desde pequeño y para el que no es necesario escribir libros sesudos. Creo que se escriben esos libros sesudos para poder justificar la existencia de unos estudios que por sí mismos apenas se sostendrían. Afortunadamente yo no soy un fanáticco de las humanidades ni del latín ni de la lengua. A mis alumnos les enseño a aprobar. La verdad, lo agradecen. Si algo les gusta de mí es que voy al grano. No me complico. Creo que hay profes que insisten en que a los alumnos les gusten las letras pero a muchos no les gusta. He tenido a alumnos para los que Antonio Machado es cansino y deprimente como muchos autores españoles por no decir todos. ¿cómo vamos a pretender que gusten autores,caracterizados por el pesimismo y la tristeza, a jóvenes adolescentes que solo quieren divertirse? De ese modo es difícil que se entusiasmen con la lectura. Además existe el prejuicio en buena parte de los filólogos, especialistas y profesores, en demonizar otra literatura (Código Da vinci, Harry Potter, Crepúsculo…) cuando son los libros que causan furor. Eso demuestra que tal vez la mayoría de libros que se sugieren para la lectura en los institutos y universidades no interesan a la gran mayoría pero alguien ha dicho que todo lo que no sea Quijote, Lorca, Unamuno etc no es literatura sin vulgar entretenimiento. Pero el éxito de libros como Harry Potter, Crepúsculo demuestra que lo jóvenes si leen todo dependen del libro y del tema. Por tanto creo que los profes de literatura y los filólogos no son tan necesarios. El que quiere leer leerá y el que no, no. Además creo que no hay que preocuparse porque la gente lea o no. Lo importante es que la gente tenga los conocimientos necesarios para que pueda desenvolverse en la sociedad actual. Dichos conocimientos se pueden adquir hoy mediante muchos medios no solo el libro.

Un saludo a todos.

5 Alejandro enero 8, 2010 a las 12:31 pm

qué lástima, que frustración, que desesperanza e ignorancia en este chico… arrancar la literatura del desarrollo del conocimiento humano es como operarse las tetas… un engendro de la creación…
entonces para tener su móvil y su microondas no fueron necesarias los siglos de letras y trasmisión del conocimiento…
qué lástima, me paso la vida intentando salvar mis hijos de maestros víctimas de esta barbarie… como este…
menos mal que no hay que leer solo de los libros… también se puede en las vallas publicitarias…
le pregunté a mi hijo, rapero, poeta de hiphop, que le parecía tu opinión y te vio con el chándal mirando el fútbol… el tiene rastas y 17 años, y lee a joyce, a lezama y a borges… y escribe poesía… ya ves tú que menos mal que aun hay jóvenes que creen en la literatura… no habrán sido alumnos tuyos…
que la paz esté contigo, hijo mío y harry potter te bendiga…

6 Ana julio 8, 2010 a las 7:12 pm

Aunque hace mucho tiempo de esta entrada he llegado aquí buscando información sobre la filología hispánica, que empiezo a estudiar este año, sinceramente profesores como el del comentario anterior son el cáncer de las letras.
Ami personalmente siempre me gusto leer, escribir, etc y este año he tenido una profesora que también va a lo “práctico” me ha desmotivado de una manera impresionante, a mi me gusta debatir, mirar todas las caras de la moneda, aprender y hacerlo por mi misma, mientras tengo a un profesional a mi lado que me guíe para formarme como persona. Pero con estos profesionales la educación se hunde y no me extraña, también he tenido profesores a los que les encantaba su trabajo y que toda la clase se quedaba embobada mirándolos, escuchándolos y admirando su vocación porque nos la transmitían a nosotros.
Por último decir que tengo 19 años y me encanta Unamuno, Cela (desde los 14), Antonio Machado, etc y en mi opinión Crepúsculo, y en menor medida la saga Harry Potter, no me oporta nada en mi formación como persona, y me parece obvio que no se puedan comparar con grandes libros que hacen reflexionar y crecer, sin tanta publicidad ni manipulación mediática.
Un saludo

7 Maite octubre 20, 2011 a las 12:10 pm

He llegado a esta entrada tal y como le ha pasado a Ana, buscando información sobre Filología Hispánica. A diferencia de ella, yo tengo 27 años y ahora, después de estar trabajando desde los 19 por motivos personales, me estoy planteando trabajar un poco menos y estudiar un poco más y una de las carreras que más me llaman la atención, por lo que quiero hacer en el futuro con mi vida, precisamente es ésta.
En su momento, con 18 años, no tenía nada claro qué hacer y estudié un grado superior de Audiovisuales y Multimedia y acabé trabajando de administrativa, que no tiene nada que ver. Pero es lo que decían en una entrada anterior: no hay estudios o carreras con salidas, son las personas las que encontramos más o menos salidas dependiendo de cómo nos impliquemos con lo que hacemos y de lo buenos que seamos en el terreno en el que nos movemos.
Utilizo las tecnologías como persona joven que soy y cada día tengo más claro que hay muchísima gente, incluidas muchas amistades universitarias que estudian ciencias, que tendrían que revisar todo lo que escriben en las redes sociales -por poner un ejemplo claro- porque no utilizan puntos, comas, exclamaciones… ¡Y ya no digamos de determinadas palabras que se inventan! Estoy cansada de leer “haiga” en vez de haya, de que se conjuguen mal los verbos (sobre todo las primeras personas del plural del pretétito imprefecto), que se confundan las V con las B y de un largo etcétera que supongo que ya imaginaréis.
Creo que para estudiar siempre hay tiempo y por eso me estoy interesando a estas alturas de mi vida a ponerme a estudiar Filología Hispánica porque me encanta leer todo lo que cae en mis manos, me encanta escribir en mis ratos libres (algo últimamente imposible) y me gusta la cultura en general.
¿Es eso un delito? ¿Es un delito que aunque siempre se me dieron bien las matemáticas e hice todos los créditos variables de la E.S.O. de combinatoria y estadística, quiera apartar los números y coger las letras?
Defiendo que cada persona tiene unos gustos y unas preferencias únicas y que, precisamente eso, es lo que nos hace a todos diferentes. Y defiendo todavía con más fuerza el tener un trabajo que te guste, como mínimo, para ser feliz y para no amargarte la vida, a ti y a los que están a tu alrededor.

Por cierto, una pregunta ya que estoy: ¿sabéis si es posible estudiar Filología Hispánica a distancia? Es que no sé si podré combinarme un trabajo con la carrera y estoy buscando información para poder decidirme.

Un saludo a todos.

8 Jorge Ledo octubre 20, 2011 a las 12:50 pm

No es un delito que te atraigan las humanidades, Maite, como tampoco lo es que quieras estudiar filología hispánica. Si cuentas con buenos profesores, que seguro que sí, verás que una buena base en ciencias naturales te va a ser mucho más necesaria de lo que hubieras llegado a plantearte en un principio.

Desde luego, te animo a que emprendas filología por gusto, ya que es una carrera que puede aportar mucho en lo intelectual. En lo que toca a lo laboral, la situación en España es ahora mismo muy complicada para una licenciada en hispánicas. Te diría incluso que ni el trabajo duro ni el buen aprovechamiento de la carrera te van a garantizar trabajar de algo relacionado con ello. Pero igualmente te digo, a título personal, que el mundo es muy grande y que si sabes orientar tus estudios de manera conveniente te permitirán viajar mucho y aprender algo, o viceversa.

En lo que respecta al estudio del grado a distancia, la opción que parece más evidente es la UNED, donde hay muy buenos profesionales. De cualquier forma, y si me permites el consejo, intenta cursarla de manera presencial, ya que accederás a la materia de una manera mucho menos “traumática” y los temarios serán mucho más manejables, permitiéndote profundizar en las asignaturas que más te atraigan.

Saludos.

9 johnny diciembre 21, 2011 a las 4:56 pm

Hombre, no seamos tan pretenciosos. Creo que hay una defensa exagerada de las letras. No creo que por estudiar letras se sea mejor persona que el que no lo sea. Tal vez se han mitificado en exceso las letras. Está claro que en España el desarrollo científico, tecnológico y económico no han destacado. Es más, no ha habido ciencia ni tecnología. Salvo la fregona y el chupachups.
Como se dieron cuenta de que era imposible desarrollar la ciencia y la tecnología en España se decidió que lo más importante era leer y escribir libros.
Parece que si alguien dice que no sabe mates o no sabe arreglar su ordenador no pasa nada. pero si a cualquiera se le ocurre decir que no conoce a Cervantes, a Lorca o a cualquier otro literato de renombre o que no ha leído un libro, la gente se rasga las vestiduras. Se escandaliza. No digamos si a alguien se le ocurre decir que ha leído la saga de Harry Potter y demás. ¿Por qué?
Además, si el mundo es como es es gracias a las ciencias más que a las letras. Ahora mismo hay una crisis económica muy seria en España y en parte del mundo. ¿Dónde están los literatos, filósofos y demás company aportando sus ideas para solucionar la crisis?
Si aparecen es para decir lo de siempre. ¡¡¡¡No hay valores, no hay valores, no hay valores!!!!
Si uno observa las tertulias televisivas, radiofónicas o periodísticas, apenas aparece gente de ciencia. Si aparece es con motivo de alguna catástrofe. Y solo para hacerle decir que todo se va al garete.
Por otra parte me he dado cuenta de que todos estos tertulianos no tienen ni pajorera idea de ciencia. Es que se callan ante un científico. Lo cual demuestra el bajo, escaso, por no decir nulo conocimiento de ciencia. Quisiera saber si son capaces de resolver operaciones sencillas de mates o de responder a ciertas preguntas científicas de uso cotidiano. P. ejemplo. ¿Cómo funciona la batería de su coche?
Además ¿Por qué un señor o señora que escribe un libro y gana un premio literario se gana el derecho a aparecer en cualquier tertulia para opinar sobre la situación de la sociedad y, encima, aconsejar a la gente sobre lo que debe o no hacer?
Señores y señoras, las letras son una forma de conocimiento pero no la única. Así que no me sean fanáticos.

Un saludo

10 oradansa enero 31, 2012 a las 9:29 am

Bueno, comienzo a escribir este comentario con un gran temor a no estar a la altura en lo que a la ortografía y nivel cultural se refiere. Dado que conozco mis limites, ni siquiera me esforzare en hacer como que no los tengo; escribire sin gran esfuerzo en agradar, gramaticalmente hablando. Me gustaria saludar, antes de nada: Hola a todos, y en especial a Jorge. Un tipo con un manejo del lenguaje que le hace sentir a uno como un analfabeto. No va con ironia ni burla, es sincera, y puede que algo acida, admiración. Si yo tuviera tus armas, linguisticamente hablando, ten por seguro que dejaria mi huella en el mundo. Algo que me molesta bastante es esa mania que teneis muchos de criticar a Harry Potter y compañia. A caso los libros no puede tener fines meramente de entretenimiento? A caso tengo que hacer un autonalisis de mi alma y de la del resto del mundo cada vez que me pongo a leer? Tanto Harry Potter como el resto de historias que nos llegan de Inglaterra, EEUU, etc… suelen ser infinitamente mas entretenidas que las que se escriben aqui, en españa. No digo mas profundas, solo mas entretenidas. Y por supuesto mucho mas imaginativas, donde va a parar. La verdad, en estos dias albergo en mi interior una cruenta lucha que me esta agotando psicologicamnete. Me gustaria estudiar filologia hispanica, porque me encantaria tener un dominio lo mas amplio posible del lenguaje, pero me doy cuenta, por los foros como este ( o blogs) de que si comienzo a estudiar esta carrera, me van a hinchar de textos antiguos y, reconozcamoslo, algunos bastante aburridos, hasta que consigan extinguir a base del tedio mas insistente mis, por otro lado, fragiles inquietudes.
Mi pregunta es la siguiente: ¿Necesito estudiar filologia hispanica, es decir, profundizar a fndo en el apredinzaje del idioma, para conseguir tener un nivel excepcional, mas o menos como el de Jorge, a nivel linguistico? O realmente valdria con leer y escribir mucho. Por que la idea de hechar algun que otro vistazo a textos antiguos, puede llegar incluso a resultarme interesante, se apreciar la belleza de la vida. Pero estudiarlos a fondo, hechando de menos a Tolkien, Martin, Roulling ( lo siento si estan mal escritos) a cada momento, creo que podria acabar con mi ilusion. Y sin ella no soy nadie. Para ser mas claro, mi pregunta es( y ya se que la respuesta es objetiva y que cada uno somos como somos, pero agradeceria un esfuerzo al respecto) ¿me aburrire estudiando filologia hispanica? Gracias de antemano, un saludo. Y por cierto Jorge, con esos marabillos malabarismos que haces con las palabras, podrias obsequiar al mundo con alguna joya literaria, casi diria que es tu responsabilidad hacerlo. El talento es escaso, y desde mi punto de vista, los que lo poseen estan obligados, moralmente ablando, a hacer algo con él. ( no digo que no lo hagas ya, lo mismo ya lo has hecho y estoy yo pasandome de listo). Bueno, un saludo.

11 Jorge Ledo enero 31, 2012 a las 6:18 pm

Johnny. No creo que nadie haya ensalzado aquí las letras sobre las ciencias o, al menos, yo no he interpretado de esa manera los comentarios. Siempre he defendido en este sitio la necesidad de una formación integral, que consista en adquirir conocimientos de cuantos más campos mejor y, más importante aún, contar con las destrezas necesarias para adquirirlos por uno mismo.

En lo que toca a Harry Potter, tema recurrente en los comentarios, yo no tengo nada en contra de la literatura de consumo, ni mucho menos de la fruición del prójimo, faltaría más. Mi trabajo es formar a la gente para que pueda disfrutar de otras obras donde ese goce no sea tan evidente, por supuesto en mi balanza pesa más Cervantes que Crepúsculo, lo que no significa que un seminario bien enfocado sobre este tipo de obras no pueda ser revelador tanto para quien lo imparte como para quien lo recibe.

El papel social de la intelligentsia es harina de otro costal, y tu pregunta justa y necesaria, lamentablemente un comentario en un blog no es el lugar más adecuado para desarrollarla. En cualquier caso, es importante no confundir a un escritor con un filólogo o a un filósofo con un profesor de filosofía, o a ninguno de ellos con un intelectual: no tienen por qué ser lo mismo y, de hecho, normalmente no lo son.

Como sea, la literatura no está por fortuna sujeta a los márgenes que tú pareces quererle imponer, y te garantizo que una lectura atenta de cualquier «gran obra» demuestra la honda huella que la ciencia siempre ha dejado en la literatura y, por qué no, viceversa. Ojalá tenta tiempo para demostrar eso de una manera más gráfica en este espacio.

Gracias por pasar y por tu interesante comentario.

12 Jorge Ledo enero 31, 2012 a las 7:17 pm

Oradansa. Gracias por los halagos, que hablan más de tu educación que de cualquier mérito real que pueda atribuírseme. Te repito lo mismo que en el anterior comentario, no hay nada malo en la literatura de entretenimiento y, obviamente, no es necesario que cada vez que abras un libro te pongas —o te ponga— trascendente. Muchos clásicos permiten de hecho ambas formas, entre muchas otras, de leerse.

Con los textos antiguos tocas mi fibra sensible, qué le vamos a hacer. Mentiría si te dijera que durante la carrera no tendrás que leer un buen número de tostones o de obras directamente infumables; pero no me parecería justo ocultarte que parte de tu formación consistirá en entenderlos e interpretarlos para la gente que siente la misma curiosidad que tú ahora, y quizás llegues a desarrollar un cierto placer —pasión, incluso— en hacerlo. Piensa que la educación del gusto te permitirá plantearte cuestiones que nunca te habrías preguntado, a despertar a través de una lectura una sed que solo sacian otras lecturas, entrando en una dinámica infinita y fascinante. El viaje no es cómodo, pero es el único que conozco que merece la pena.

La filología no es una escuela de estilo literario. Me atrevería a decir, con matices, que uno suele salir de la facultad escribiendo peor que al entrar. Cierto es que será más claro, pensará más cada palabra e intentará demostrar a cada golpe de tecla lo mucho que sabe; pero eso no hace a nadie mejor escritor, si acaso lo contrario. Súmale que la lectura atenta de obras canónicas es una enorme cura de humildad que ha sofocado los efluvios líricos de muchos filólogos (tendré la cautela de no añadir «afortunadamente»). Tu formación filológica te servirá para darte cuenta de muchos aspectos relacionados con la escritura y ser capaz de analizarlos técnicamente; pero lo que seguro no te va a ofrecer es un método con que apropiarte de ellos y crear obras de valor similar. A Tolkien —filólogo impenitente también y gran lector de ladrillos anglosajones— no creo que lo eches de menos. A medida que vayas leyendo textos clásicos, medievales, renacentistas y decimonónicos, comprenderás con mayor profundidad de dónde arranca su proyecto literario y cuáles son los objetivos de su propuesta estética. Uno tiene decidir si siempre quiere ser público o saber algo de lo que sabe el mago.

A tu última pregunta, la respuesta es «sí»: te aburrirás estudiando filología hispánica o cualquier otra disciplina, sea la que sea. Aburrirse y frustrarse es parte normal del proceso de aprendizaje de cualquier oficio —decir lo contrario, se lo dejo a los pedagogos—. Afortunadamente, no se sabe de nadie que haya quedado atrapado a perpetuidad en el aburrimiento y se ve que la secuela más grave que deja son las ganas de divertirse. A medida que vamos aprendiendo, o bien el aburrimiento preocupa menos o es que a uno le sale callo, vete a saber; el caso es que, como por ensalmo, hay gente a la que lo aburrido acaba por divertirle.

Mi consejo, porque me lo pides, es que pienses por qué te gusta escribir. Si es por disfrute, entonces sigue, llena cuartillas de manera compulsiva, nadie te puede quitar eso. Si quieres aprender el oficio de escritor, intenta rodearte de profesionales de la escritura, no de la lectura, ve a talleres, conoce a “oficiales”, enseña tu trabajo cuando consideres que es el momento oportuno y ten buena cintura para las críticas. Cursar filología, como cualquier otro grado, tendrá tanto que decirle a tu ilusión de ser escritor como tú quieras y, en ese sentido, no puede hacerte daño.

PD. Te recomiendo dos relatos que me parecen idóneos para el momento en que te encuentra. «Sensini», de Roberto Bolaño y «Obras completas», de Augusto Monterroso. Ya me contarás qué te parecen.

13 Sergio diciembre 8, 2012 a las 8:00 am

En cuanto al profesor que está cansado de las letras, y esas cosas que él dice, si no te gusta tu trabajo y no te gustan las letras, apárcalo, y no te quejes tanto. Estudia otra cosa, estudia una carrera de ciencias, o lo que a ti te dé la gana, ya verás como espabilas.

En cuanto a que los jóvenes no les interesa la literatura y los clásicos y abogan más por los best-seller, te diré que en la Edad Media La Celestina era una de las más leídas, eso explica su amplificación en actos, y sus ediciones posteriores. Creo que se te olvida decir que esos libros que a los jóvenes causan pavor han sido muy pero que muy valorados en el momento de ser escrito, o un poco más tarde, en algunos casos.
Mira, yo soy joven aún, y me gusta La Celestina, El Quijote, y la literatura clásica. A mí me aporta más un clásico que un moderno. Y no sólo eso, ahora estudio 5º de Hispánicas, pero desde el instituto siempre me han gustado los clásicos, por tanto, deje de lamentarse a lo tonto y dedícate a estudiar otra cosa que te haga feliz.

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