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Ficta eloquentia

La filología hispánica a la palestra

Los estudios sobre la literatura hispánica han presentado tradicionalmente diferencias tácitas entre aquellos que se ocupan del Renacimiento y quienes se dedican a lo moderno y contemporáneo. Suelen ser los primeros muy dados a manejarse en sus clases con un censo más o menos cerrado de autores y de temas, y rara vez contemplan el disfrute literario como una razón legítima para dedicarse a su campo: creen en el valor inmutable e intemporal del clásico reputado que cuenta con una larga tradición a sus espaldas. Los segundos, bastante menos mirados en aquello de variar, no suelen limitarse a tratar obras de relativo valor literario, para ocuparse de temas que enlazan con otras esferas y movimientos intelectuales y, lo que más me interesa subrayar hoy, para recomendar a sus alumnos textos que no pertenecen al ámbito del hispanismo.

Se trata, sin duda, de una situación extraña: si hay una época proclive al estudio desprejuiciado y ambicioso, que atienda a distintas “literaturas nacionales”, disciplinas y tradiciones convergentes, es la nuestra. Por desgracia, la mayoría de mis colegas no suelen ser partidarios de esa idea: prefieren dedicarse a machacar a sus estudiantes con un canon fosilizado de “grandes autores” áureos y traer de vez en cuando a colación algún que otro texto secundario de digestión, si cabe, más pesada. Sus motivaciones van de la desidia al desconocimiento, pasando por la convicción de que un canon fijado en el siglo XIX sigue respondiendo a lo que hemos aprendido desde entonces sobre la historia, la época, su cultura y sus circunstancias.

A ello se suma la ubicua querella en torno a la pertinencia de la literatura como marco para la enseñanza de una cultura y una tradición determinadas. Se trata de una disputa bizantina que surge de vez en cuando, despertando el incomprensible apoyo de los más jóvenes y el reprensible hartazgo de los más veteranos. Los orígenes de la filología moderna tienen su fuente en el Renacimiento, y es bien difícil imaginar que las facultades de filología hispánica actuales contaran con el beneplácito de los padres de la disciplina. Petrarca, Guarino de Verona, Pier Paolo Vergerio, Erasmo, Melanchton o Budé —por espigar un puñado— coincidirían en que la universidad actual se ha convertido en lo que en su tiempo era una una escuela primaria: lo que se estudia es gramática.


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La gramática renacentista no solo comprendía el estudio de la morfología y la sintaxis —valga el anacronismo—, sino que se ocupaba a la vez de un acercamiento superficial a los autores infalibles —los auctores octo— de quienes los alumnos aprendían los rudimentos de la lengua, esto es, la corrección en el decir y la comprensión lectora. Posteriormente se dedicaban a la retórica, con la lectura e imitación de autores más complicados, aprendían a escribir al arrimo de los autores óptimos componiendo temas diversos que habitualmente se entresacaban de los Ejercicios preparatorios o Progymnasmata, una herencia pedagógica de la antigüedad tardía. Después venía el aprendizaje de la dialéctica, es decir, se abandonaba la discusión y la composición retórica, basada en la belleza del discurso y su capacidad para convencer a través de la vía emotiva —pathos—, para acceder a la argumentación de corte silogístico que perseguía la verdad. Esta última no sólo abría al estudiante la vía de la aritmética, a la geometría, a la música y a la astronomía, sino que le concedía herramientas suficientes para discernir la validez de sus propios razonamientos y de los ajenos, preparándolo para comenzar a formarse en leyes, en medicina, en historia o en teología.

En España, las facultades de filología hispánica se encuentran a día de hoy solo en el primer peldaño de este sistema porque lo que se enseña es a leer, pero hay una preocupación mucho menor por una formación integral que habrá de ser necesaria si se quieren alumnos capaces de comprender el Renacimiento, la Edad Media y el Barroco desde una dimensión general. Y en este caso lo mismo vale para los estudiantes que se decanten por la literatura moderna o contemporánea: deberían dárseles los rudimentos para poder enfrentarse a la crítica cultural de una manera mucho más eficiente y, ante todo, mucho más abierta y divulgativa; en fin, enseñarles a imponerse el regimen de la claridad que, por añejo que sea, será siempre prioritario.

¿Qué lugar ocupa la literatura en todo ello?, el que siempre ha detentado: un conjunto textual más o menos extenso que aspira a mostrar la lengua como una artesanía, como una τέχνη que puede crear nuevos mundos, definir el propio o reflexionar sobre cualquier aspecto que merezca la pena pensarse. La cuestión reside en si la preponderancia que se concede en las facultades de filología tiene una correspondencia histórica real. Y con esto no quiero aventurar que los filólogos debieran ser historiadores —si se encargan de épocas pretéritas, y todas lo son, sobra el calificativo—, sino que debieran ser historiadores centrados en las tradiciones y las expresiones textuales. El campo es infinito, pero si los filólogos —y por el nombre aludo a cualquier persona que trabaja en literatura, no solo un lingüista, que parece ser su sentido en ultramar— quieren tener algún futuro, deben formarse para leer textos que nadie más lee, para darles una coherencia construyendo un sentido en torno a ellos, para ser capaces de transmitir su importancia y hacerlo de manera perceptible para el resto de la sociedad. Su dominio de estos procesos los convierte en maestros que educan a alumnos y, más importante, que atraen a diletantes.

En España, donde cada cual tiene una opinión particular sobre qué es un filólogo —cuando sencillamente es quien intenta comprender una cultura a través de sus textos, vuélvase todo lo derridiano que se quiera—, muchos entienden que es el profesional que ostenta un conocimiento más o menos técnico e histórico de la literatura. Otros, entre los que me cuento, pensamos que su tarea es enseñar a leer y a entender a través de los textos, cualquiera que sea su naturaleza, un marco cultural y un periodo histórico determinados. Se trata de un conjunto de estrategias y prevenciones tan útiles para acercarse, con la orientación adecuada, a la cultura renacentista, como a la evolución de Internet o a la Revolución francesa. Hablo, por tanto, de una disciplina que enseña a organizar y estructurar los conocimientos, a establecer vínculos entre ellos, a hacerse una composición de lugar y a establecer juicios con cierta autoridad.

Sea uno de ciencias o de letras, de su padre o de su madre, lo quiera o no, es una actividad intuitiva que se realiza de manera cotidiana, el peligro se da al entender que su recurrencia la convierte un proceso natural, cuando es un arte complejo y cruel que condena, si no se estudia, a caer eternamente y de manera inadvertida en los mismos errores de percepción: nuestros antepasados renacentistas lo llamaban barbarie. La filología sencillamente ofrece herramientas útiles para leer el mundo. La frase es bella y no es mía; está, como casi todo, en los clásicos.


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La enseñanza de la literatura —ahora bajo su acepción moderna, es decir, lírica, narrativa y drama— no es en sí misma un valor. Quiero decir, es bueno que la gente la lea, tanto por los modelos de expresión y por el goce estético que aporta, como por el aprendizaje histórico y la capacidad cognitiva que su práctica conlleva. Ahora bien, darle un papel central cuando salvo aristócratas y preceptores decimonónicos, cátedros del siglo pasado o poetastros de diverso pelaje han hecho una vida de ello es no ya ridículo, sino pernicioso e irresponsable. Al contrario, pensar que los textos que no pertenecen a esta idea de la literatura son un complemento a su estudio, y encasillarlos como tales, es un insulto a la inteligencia y una distorsión —incomprensiblemente consensuada— de una realidad histórica a todas luces diferente. La tradición a la que he remitido anteriormente —el aprendizaje de los rudimentos de la cultura textual como cimientos en la formación del individuo, y su posterior ascenso en dificultad y virtuosismo— era en el fondo un acto que rendía tributo a los muertos mediante la imitación, en un principio, pero con vistas a la emulación: la idea de progreso recorre vías más profundas y complejas que las que normalmente tienden a subrayarse. Lo que vivimos hoy en día queda, si a algo llega, en una sencilla pantomima derivada por enésima vez de un romanticismo trasnochado.

Quisiera que no se me interpretara de manera errónea o sesgada. Cuando hablo de «leer el mundo», me refiero también a leer el lenguaje que los reflejos del mundo hablan. El más trascendental y el más descuidado sigue siendo la informática. La manera en que funciona Internet, los marcos de relación real y conceptual que establece, los movimientos sociales en torno a ella y su lenguaje —superficial y estructural— debiera ser aprendida por los filólogos porque, como los que escriben en esa variedad de lenguas saben mejor que yo, hoy más que nunca todo es texto y el código, poesía.

Pero volvamos al asunto del hispanismo. Podemos sintetizar la situación en dos aspectos problemáticos: la desatención de lo textual —con la enorme complejidad que conlleva— como meollo de la profesión y la pertinacia en enclaustrarse en un cantón lingüístico. La cosa no tendría demasiada importancia si no fuera por la enorme crisis que los estudios de letras habrán de enfrentar de manera inminente y por la tarea fundamental de las facultades de filología: formar a todo el cuerpo profesoral de lengua y literatura de la enseñanza secundaria. Por tanto, los filólogos son los responsables últimos y son a quienes la sociedad concede la custodia de la lectura y la escritura; y si no asumen esa carga de manera responsable, serán otros quienes tomen —mejor o peor— el relevo, aislándolos hasta condenarlos a su desaparición.

Estos problemas se extienden a numerosos ámbitos; el papel desempeñado en cada uno de ellos puede parecer secundario a algunos y central a otros:

  1. La literatura en castellano, a pesar de la enorme importancia del idioma en el mundo, sigue desempeñando un papel menor —o subalterno— en el trabajo de los mayores especialistas en literatura del Renacimiento o literatura comparada.
  2. Salvo escasas y honrosas excepciones, muy poca gente dedicada al estudio de los Siglos de Oro lee con cierto cuidado los trabajos centrados en la literatura europea renacentista y, menos aún, intenta establecer puntos de divergencia y contacto que la sitúen en un marco europeo históricamente real, y no en un absurdo metafísico derivado de muchas y muy variadas guerras de independencia.
  3. La formación con que los alumnos de secundaria llegan a la universidad es muy deficiente. Y esta mantiene un patrón que garantiza que los investigadores, maestros y divulgadores del futuro vayan a tener que dedicar una considerable cantidad de tiempo a adquirir los conocimientos necesarios para comprender otras tradiciones. El común de ellos se dedicará, naturalmente, a repetir un modelo que se retroalimenta de la misma impostura, aislando doblemente —extra e intramuros— a los especialistas.
  4. El desconocimiento prácticamente absoluto del funcionamiento de Internet sigue siendo una carencia absurda y vergonzosa en el cuerpo profesoral. Desatenderla no puede derivar después en quejas sobre la calidad de la escritura en la red, e institucionalizarla sin practicarla —he ahí el aspecto más importante del asunto— determinará prácticas educativas igualmente inútiles.
  5. Si la filología hispánica sigue anclada, en su expresión máxima dentro de la jerarquía académica, en ser legataria de la tradición entendida de la peor de las maneras: como inmovilismo, no solo quedará tocada de muerte la disciplina en sí, sino la verdadera tradición y misión que se les supone a los filólogos: conservar el sentido, o los sentidos de la palabra en la historia.

Me encantará conocer vuestra opinión sobre el tema, tanto de los que tenéis formación de humanidades —filólogos y no filólogos— como de aquellos que tenéis formación científica. Siempre es un placer aprender de vuestros puntos de vista, así que serviros a gusto de los comentarios.

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