Los estudios sobre la literatura hispánica han presentado tradicionalmente diferencias tácitas entre aquellos que se ocupan del Renacimiento y quienes se dedican a lo moderno y contemporáneo. Suelen ser los primeros muy dados a manejarse en sus clases con un censo más o menos cerrado de autores y de temas, y rara vez contemplan el disfrute literario como una razón legítima para dedicarse a su campo: creen en el valor inmutable e intemporal del clásico reputado que cuenta con una larga tradición a sus espaldas. Los segundos, bastante menos mirados en aquello de variar, no suelen limitarse a tratar obras de relativo valor literario, para ocuparse de temas que enlazan con otras esferas y movimientos intelectuales y, lo que más me interesa subrayar hoy, para recomendar a sus alumnos textos que no pertenecen al ámbito del hispanismo.
Se trata, sin duda, de una situación extraña: si hay una época proclive al estudio desprejuiciado y ambicioso, que atienda a distintas “literaturas nacionales”, disciplinas y tradiciones convergentes, es la nuestra. Por desgracia, la mayoría de mis colegas no suelen ser partidarios de esa idea: prefieren dedicarse a machacar a sus estudiantes con un canon fosilizado de “grandes autores” áureos y traer de vez en cuando a colación algún que otro texto secundario de digestión, si cabe, más pesada. Sus motivaciones van de la desidia al desconocimiento, pasando por la convicción de que un canon fijado en el siglo XIX sigue respondiendo a lo que hemos aprendido desde entonces sobre la historia, la época, su cultura y sus circunstancias.
A ello se suma la ubicua querella en torno a la pertinencia de la literatura como marco para la enseñanza de una cultura y una tradición determinadas. Se trata de una disputa bizantina que surge de vez en cuando, despertando el incomprensible apoyo de los más jóvenes y el reprensible hartazgo de los más veteranos. Los orígenes de la filología moderna tienen su fuente en el Renacimiento, y es bien difícil imaginar que las facultades de filología hispánica actuales contaran con el beneplácito de los padres de la disciplina. Petrarca, Guarino de Verona, Pier Paolo Vergerio, Erasmo, Melanchton o Budé —por espigar un puñado— coincidirían en que la universidad actual se ha convertido en lo que en su tiempo era una una escuela primaria: lo que se estudia es gramática.
La gramática renacentista no solo comprendía el estudio de la morfología y la sintaxis —valga el anacronismo—, sino que se ocupaba a la vez de un acercamiento superficial a los autores infalibles —los auctores octo— de quienes los alumnos aprendían los rudimentos de la lengua, esto es, la corrección en el decir y la comprensión lectora. Posteriormente se dedicaban a la retórica, con la lectura e imitación de autores más complicados, aprendían a escribir al arrimo de los autores óptimos componiendo temas diversos que habitualmente se entresacaban de los Ejercicios preparatorios o Progymnasmata, una herencia pedagógica de la antigüedad tardía. Después venía el aprendizaje de la dialéctica, es decir, se abandonaba la discusión y la composición retórica, basada en la belleza del discurso y su capacidad para convencer a través de la vía emotiva —pathos—, para acceder a la argumentación de corte silogístico que perseguía la verdad. Esta última no sólo abría al estudiante la vía de la aritmética, a la geometría, a la música y a la astronomía, sino que le concedía herramientas suficientes para discernir la validez de sus propios razonamientos y de los ajenos, preparándolo para comenzar a formarse en leyes, en medicina, en historia o en teología.
En España, las facultades de filología hispánica se encuentran a día de hoy solo en el primer peldaño de este sistema porque lo que se enseña es a leer, pero hay una preocupación mucho menor por una formación integral que habrá de ser necesaria si se quieren alumnos capaces de comprender el Renacimiento, la Edad Media y el Barroco desde una dimensión general. Y en este caso lo mismo vale para los estudiantes que se decanten por la literatura moderna o contemporánea: deberían dárseles los rudimentos para poder enfrentarse a la crítica cultural de una manera mucho más eficiente y, ante todo, mucho más abierta y divulgativa; en fin, enseñarles a imponerse el regimen de la claridad que, por añejo que sea, será siempre prioritario.
¿Qué lugar ocupa la literatura en todo ello?, el que siempre ha detentado: un conjunto textual más o menos extenso que aspira a mostrar la lengua como una artesanía, como una τέχνη que puede crear nuevos mundos, definir el propio o reflexionar sobre cualquier aspecto que merezca la pena pensarse. La cuestión reside en si la preponderancia que se concede en las facultades de filología tiene una correspondencia histórica real. Y con esto no quiero aventurar que los filólogos debieran ser historiadores —si se encargan de épocas pretéritas, y todas lo son, sobra el calificativo—, sino que debieran ser historiadores centrados en las tradiciones y las expresiones textuales. El campo es infinito, pero si los filólogos —y por el nombre aludo a cualquier persona que trabaja en literatura, no solo un lingüista, que parece ser su sentido en ultramar— quieren tener algún futuro, deben formarse para leer textos que nadie más lee, para darles una coherencia construyendo un sentido en torno a ellos, para ser capaces de transmitir su importancia y hacerlo de manera perceptible para el resto de la sociedad. Su dominio de estos procesos los convierte en maestros que educan a alumnos y, más importante, que atraen a diletantes.
En España, donde cada cual tiene una opinión particular sobre qué es un filólogo —cuando sencillamente es quien intenta comprender una cultura a través de sus textos, vuélvase todo lo derridiano que se quiera—, muchos entienden que es el profesional que ostenta un conocimiento más o menos técnico e histórico de la literatura. Otros, entre los que me cuento, pensamos que su tarea es enseñar a leer y a entender a través de los textos, cualquiera que sea su naturaleza, un marco cultural y un periodo histórico determinados. Se trata de un conjunto de estrategias y prevenciones tan útiles para acercarse, con la orientación adecuada, a la cultura renacentista, como a la evolución de Internet o a la Revolución francesa. Hablo, por tanto, de una disciplina que enseña a organizar y estructurar los conocimientos, a establecer vínculos entre ellos, a hacerse una composición de lugar y a establecer juicios con cierta autoridad.
Sea uno de ciencias o de letras, de su padre o de su madre, lo quiera o no, es una actividad intuitiva que se realiza de manera cotidiana, el peligro se da al entender que su recurrencia la convierte un proceso natural, cuando es un arte complejo y cruel que condena, si no se estudia, a caer eternamente y de manera inadvertida en los mismos errores de percepción: nuestros antepasados renacentistas lo llamaban barbarie. La filología sencillamente ofrece herramientas útiles para leer el mundo. La frase es bella y no es mía; está, como casi todo, en los clásicos.
La enseñanza de la literatura —ahora bajo su acepción moderna, es decir, lírica, narrativa y drama— no es en sí misma un valor. Quiero decir, es bueno que la gente la lea, tanto por los modelos de expresión y por el goce estético que aporta, como por el aprendizaje histórico y la capacidad cognitiva que su práctica conlleva. Ahora bien, darle un papel central cuando salvo aristócratas y preceptores decimonónicos, cátedros del siglo pasado o poetastros de diverso pelaje han hecho una vida de ello es no ya ridículo, sino pernicioso e irresponsable. Al contrario, pensar que los textos que no pertenecen a esta idea de la literatura son un complemento a su estudio, y encasillarlos como tales, es un insulto a la inteligencia y una distorsión —incomprensiblemente consensuada— de una realidad histórica a todas luces diferente. La tradición a la que he remitido anteriormente —el aprendizaje de los rudimentos de la cultura textual como cimientos en la formación del individuo, y su posterior ascenso en dificultad y virtuosismo— era en el fondo un acto que rendía tributo a los muertos mediante la imitación, en un principio, pero con vistas a la emulación: la idea de progreso recorre vías más profundas y complejas que las que normalmente tienden a subrayarse. Lo que vivimos hoy en día queda, si a algo llega, en una sencilla pantomima derivada por enésima vez de un romanticismo trasnochado.
Quisiera que no se me interpretara de manera errónea o sesgada. Cuando hablo de «leer el mundo», me refiero también a leer el lenguaje que los reflejos del mundo hablan. El más trascendental y el más descuidado sigue siendo la informática. La manera en que funciona Internet, los marcos de relación real y conceptual que establece, los movimientos sociales en torno a ella y su lenguaje —superficial y estructural— debiera ser aprendida por los filólogos porque, como los que escriben en esa variedad de lenguas saben mejor que yo, hoy más que nunca todo es texto y el código, poesía.
Pero volvamos al asunto del hispanismo. Podemos sintetizar la situación en dos aspectos problemáticos: la desatención de lo textual —con la enorme complejidad que conlleva— como meollo de la profesión y la pertinacia en enclaustrarse en un cantón lingüístico. La cosa no tendría demasiada importancia si no fuera por la enorme crisis que los estudios de letras habrán de enfrentar de manera inminente y por la tarea fundamental de las facultades de filología: formar a todo el cuerpo profesoral de lengua y literatura de la enseñanza secundaria. Por tanto, los filólogos son los responsables últimos y son a quienes la sociedad concede la custodia de la lectura y la escritura; y si no asumen esa carga de manera responsable, serán otros quienes tomen —mejor o peor— el relevo, aislándolos hasta condenarlos a su desaparición.
Estos problemas se extienden a numerosos ámbitos; el papel desempeñado en cada uno de ellos puede parecer secundario a algunos y central a otros:
- La literatura en castellano, a pesar de la enorme importancia del idioma en el mundo, sigue desempeñando un papel menor —o subalterno— en el trabajo de los mayores especialistas en literatura del Renacimiento o literatura comparada.
- Salvo escasas y honrosas excepciones, muy poca gente dedicada al estudio de los Siglos de Oro lee con cierto cuidado los trabajos centrados en la literatura europea renacentista y, menos aún, intenta establecer puntos de divergencia y contacto que la sitúen en un marco europeo históricamente real, y no en un absurdo metafísico derivado de muchas y muy variadas guerras de independencia.
- La formación con que los alumnos de secundaria llegan a la universidad es muy deficiente. Y esta mantiene un patrón que garantiza que los investigadores, maestros y divulgadores del futuro vayan a tener que dedicar una considerable cantidad de tiempo a adquirir los conocimientos necesarios para comprender otras tradiciones. El común de ellos se dedicará, naturalmente, a repetir un modelo que se retroalimenta de la misma impostura, aislando doblemente —extra e intramuros— a los especialistas.
- El desconocimiento prácticamente absoluto del funcionamiento de Internet sigue siendo una carencia absurda y vergonzosa en el cuerpo profesoral. Desatenderla no puede derivar después en quejas sobre la calidad de la escritura en la red, e institucionalizarla sin practicarla —he ahí el aspecto más importante del asunto— determinará prácticas educativas igualmente inútiles.
- Si la filología hispánica sigue anclada, en su expresión máxima dentro de la jerarquía académica, en ser legataria de la tradición entendida de la peor de las maneras: como inmovilismo, no solo quedará tocada de muerte la disciplina en sí, sino la verdadera tradición y misión que se les supone a los filólogos: conservar el sentido, o los sentidos de la palabra en la historia.
Me encantará conocer vuestra opinión sobre el tema, tanto de los que tenéis formación de humanidades —filólogos y no filólogos— como de aquellos que tenéis formación científica. Siempre es un placer aprender de vuestros puntos de vista, así que serviros a gusto de los comentarios.







































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(Segundo intento, que el primero se lo ha “tragado” el ordenador)
Buenas, Jorge, pues en general estoy bastante de acuerdo con tu análisis de la situación de la filología hispánica en España, con algunas matizaciones.
Creo, por ejemplo, que hay que tener, en cuenta, como tú dices, el nivel con el que llegan muchos de los alumnos a la carrera, y pensar también que dentro del campo de la filología hispánica se engloban perfiles de estudiantes y futuros profesionales muy distintos: futuros lingüistas, críticos literarios, editores, correctores de texto, y muchos profesores de lengua y literatura, además de algún que otro escritor. Para intentar responder a las necesidades de todos estos tipos de alumno, la carrera de filología debería incluir asignaturas como filosofía, historia, lingüística general, teoría de la literatura, lenguas clásicas, una o dos lenguas modernas, informática básica, informática aplicada a la edición, historia de la lengua, literatura comparada, además de seminarios específicos sobre la lengua o literatura de la filología elegida… Intentar esto en los 4 años que dura actualmente la carrera, y teniendo en cuenta, una vez más, el punto de partida, es probablemente imposible. ¿Solución? Pues quizás, como creo que están haciendo en algunas universidades, utilizar los años del Grado para dar una formación humanística lo más completa y sólida posible, y dejar la especialización para el nivel de Posgrado o Master, y más aún para el doctorado.
Dicho esto, estoy totalmente de acuerdo contigo en que en general la universidad española, al menos en lo que respecta a la filología hispánica, es muy conservadora en cuanto a sus métodos, contenidos y herramientas. No dudo que se estén produciendo cambios, y más que se producirán. Pero, por ejemplo, si no han cambiado mucho las cosas en los últimos dos años, todavía se considera a los enfoques del estilo de los “Estudios Culturales” (y sus ramas derivadas: queer studies, women studies…) como una tomadura de pelo, y en cambio no se cuestiona en absoluto la historia literaria tradicional como fuente de conocimiento y método de enseñanza -algo que en el contexto anglo-sajón, como sabes, resulta inimaginable-.
Seamos optimistas: el hecho de que, como tú dices, se haya producido una considerable “diáspora filológica” puede tener también su lado positivo: esa generación de “jóvenes hispanistas” (wink, wink) que han probado y visto varios modelos distintos de universidad, de filología, de docencia, y si algún día volvemos a España y nos integramos en su sistema educativo, no digo que vayamos a salvarla ni a revolucionarla, pero seguro que tenemos ideas nuevas que aportar a este respecto.
Vamos a ver ¿Realmente creeis todo lo que decís sobre la filología hispanica, la lengua y la literatura? La verdad, creo que estudiar filología, sea la que sea, es la mayor estupidez que puede hacerse en la actualidad. ¿Cómo es posible que en una época de enorme desarrollo científico tecnológico, al menos en otros lugares, sigamos creyendo que con leer libros, escribirlos, leer poesía, enseñar lengua y literatura somos importantes? Sinceramente, soy de filología hispánica, llevo años dando clases de lengua, literatura y latín, y me siento un verdadero inútil. Mucha literatura y tonterías de esta pero cuando se me avería el coche, o el ordenador, por mucho que le lea poesía no se pone en marcha solo. Si hay que pintar una pared hay que llamar a un profesional y así con muchas otras cosas. Por tanto, ¿Para qué coño vale la pena estudiar letras? ¿Es que no os dais cuenta de que hacemos el ridículo¿ ¿Que la sociedad evoluciona y no nos tiene en cuenta? A la gran mayoría de la gente no le interesa el latín, ni la literatura medieval ni la renacentista ni nada que se le parezca. Es lógico es aburrida, pesada, obsoleta. Pero, claro, nadie lo dice ni lo reconoce. Seguimos creyendo que somos mejores que los de ciencia. A estos se les cree tontos que no tiene la cabeza amueblada, que solo manejan fórmulas y números friamente. Pero , amigo, gracias a esos genios de las mates, la fìsica, la química tenemos el mundo que tenemos hoy: coches, móviles, aviones, ordenadores, cohetes espaciales, medicina etc. Si se les hubiera hecho caso a los intelectuales aún estaríamos en las cavernas.
Cualquier disciplina tiene la importancia que uno quiera darle. Dudo que nadie en este cuaderno de notas, incluído yo mismo, haya dicho que la filología es una labor que deba plantearse en términos de competencia con las disciplinas técnicas o científicas: ni es su misión, ni me parece adecuado analizarla en esos términos.
Dices que la enseñanza de «lengua, literatura y latín», a la que has dedicado años, te hace sentirte como un «auténtico inútil», y aludes en última instancia a que «hacemos el ridículo» porque, deduzco, «seguimos pensando que somos mejores que los de ciencias». Me da la impresión, y corrígeme si me equivoco, de que la motivación última de tu crítica no se encuentra en la naturaleza de la disciplina, sino en las expectativas adquiridas desde que entraste en la facultad de filología, compartidas —en el mejor de los casos— por tus profesores, y que no han hallado un refuerzo positivo en tus alumnos —y la postura social mayoritaria de la que tus alumnos son muestra—, que no comparten, ni están dispuestos a admitir, tus mismos presupuestos.
Conozco a un amplio número de profesionales dedicados a disciplinas científicas —muchos de mis amigos lo son y unos cuantos colegas— y te sorprendería saber hasta qué punto suenan tus palabras parecidas a las suyas cuando se refieren a la consideración general de sus estudios y sus trabajos, por no mencionar a quienes se encargan de reparar tu coche y tu ordenador cuando se averían, o de pintarte la casa. No se trata de qué es más o menos útil, porque en última instancia, todos los que diseñan y producen tecnología hablan entre sí, se comunican, y cuanto mejor sea esa comunicación —te sorprendería ver la importancia que se le concede en muchas compañías punteras dedicadas a ello— tanto mejor serán los diseños y los productos que se crean: toda mejora técnica, toda empresa colectiva, por humilde que sea, requiere un uso adecuado del lenguaje. Y ese es tu trabajo, tan limitado o ambicioso como lo quieras plantear.
Con respecto al carácter obsoleto de la literatura medieval o renacentista —y ahora me permitirás que tergiverse tus palabras entendiendo literatura como los clásicos—, poco o nada tengo que objetar: si mis alumnos tuvieran que decidir entre ver un puñado de películas con sus amigos en el cine o tomarse el arduo trabajo de aprender latín suficiente para leer las Misceláneas de Poliziano, está claro que ganaría la primera opción. El caso es que la capacidad para apreciar las obras de Poliziano —no se me ocurría nada más «aburrido, pesado y obsoleto»— puede enseñarse, pero encontrar los nexos entre Poliziano y la cultura de su época, ver la belleza y la ardua tarea que reside en su escritura, el afán de superación que hay en cada párrafo y ser consciente, en última instancia, de su circunstancia histórica, las dificultades inherentes a su empresa y sus efectos, y que eso te estimule para seguir profundizando —sin utilidad aparente— en ello es un regalo reservado a unos pocos. En su mismo ejercicio reside la perfección de un arte.
Nunca he defendido la ociosidad o la falta de sentido de los estudios humanísticos, creo que la razón última de ese interés legítimo y vocacional por épocas pretéritas y libros oscuros es transformarlo en algo con sentido que allane el camino a quienes tengan una vocación similar a la tuya, o que faciliten la vida a aquellos con la educación suficiente para interesarse por la cultura que les define. Lo decía Richard de Bury en el Philobyblon, lo repetiría de una manera exquisita Borges, y entre ellos una recua casi infinita de autores: la utilidad de los libros no reside en su novedad, o en asentar un nuevo peldaño en la escala que conduce a la sabiduría, sino en su capacidad para recuperar y actualizar conocimientos ya antiguos que, de no registrarse ad infinitum caerían irremediablemente en el olvido.
Que valga poco ante argumentos falaces no lo hace menos cierto, cualquiera que haya leído aunque sea un único libro es un depósito de la memoria colectiva, y eso tiene una enorme valía, y más en estos tiempos. Esta idea permanece en el hombre desde mucho antes de Homero hasta Farenheit 451 —tan cacareada en algunos foros— y esperemos que permanezca entre nosotros porque sigue siendo igual de necesaria. No vale nada tener acceso a todos los libros sin un sentido que los ordene, y tu tarea como filólogo es encontrar la mejor narrativa, la más completa, la más atractiva, para que ese sentido —tan personal o universal como se quiera— permanezca.
Existe una palabra en latín con un significado maravilloso durante el Renacimiento: sodalitas. Como sabrás mejor que yo, se refiere a la identificación con un colectivo por motivos variados —profesionales, religiosos, intelectuales—. Los humanistas fundaron sodalitates, que estaban formadas por gente que apreciaba la cultura clásica, que veía un valor en ella, y que quería profundizar en sus misterios. Si has escrito un comentario en esta página es, claro está, gracias a Internet; pero Internet en sí misma, aunque condición necesaria, no es suficiente.
Perdona la extensión de la respuesta, espero que la perorata no haya ensombrecido demasiado lo que quiero decir: tienes la suerte de haber hecho de tu vocación tu medio de vida, Internet te ha facilitado la posibilidad de ponerte en contacto con mucha gente a la que enseñar lo que sabes y de la que aprender, y eres bienvenido a este lugar siempre que te apetezca.
Un saludo.
No es que realmente me guste. Es lo que tuve que elegir. En tiempos iba encaminado hacia las ciencias, mejor dicho, hacia la F.P. Pero a alguien se le ocurrió pensar que la F.P. era para gente que no valía para estudiar por lo que con una profesión se podía ganar la vida dignamente. En cambio, el que valía debía ir a la universidad. Lo que pasó fue que se me atascaron las mates de tal manera que acabé en letras para huir de las mates. En latín y en lengua me fue bien. Pero desde ese momento tuve claro que tal vez me había equivocado pues la letras ya en ese momento (1984) comenzaban a perder frente a las ciencias.Algunos compañeros de ciencias decían que era una locura elegir letras. Hoy en día sigue pasando lo mismo. He visto a alumnos que están en letras simplemente porque las mates se les han atascado. Así que las circunstancias me llevaron a las letras pero he descubierto que realmente poco o nada aportan. Creo que se pierde mucho el tiempo en teorías, interpretaciones, subjetividades, abstracciones etc. sin llegar a concretar. Al final, cuando uno da clases descubre que lo realmente necesario para entender una lengua, cualquier lengua, es mínimo. POr tanto ¿A qué viene tanta disquisición filosófica, o lingïística? ¿A qué viene a llenar páginas y páginas de libros que solo unos cuantos, el escritor y sus amigos, entienden? No te digo nada de la literatura. ¿Acaso necesitamos tantos estudios sesudos de supuestos especialistas en filología? ¿Es que se puede escribir tanto del Quijote, de Lorca , de Lope, de Shakespeare? Además, estarás de acuerdo en que parece que solo interesa lo que otros han escrito sobre el Quijote pero no el Quijote en sí mismo. Eso es lo que parece que se hace en la universidad y en los institutos. Por otra parte, las propias características de la filología (subjetividad, interpretación hacenque sea poco útil a la sociedad. Es lógico que no se le pueda sacar un rendimiento económico y utilitario salvo el de escribir “todavía” y no “entodavía”. Pero esto es solo un recurso que se aprende desde pequeño y para el que no es necesario escribir libros sesudos. Creo que se escriben esos libros sesudos para poder justificar la existencia de unos estudios que por sí mismos apenas se sostendrían. Afortunadamente yo no soy un fanáticco de las humanidades ni del latín ni de la lengua. A mis alumnos les enseño a aprobar. La verdad, lo agradecen. Si algo les gusta de mí es que voy al grano. No me complico. Creo que hay profes que insisten en que a los alumnos les gusten las letras pero a muchos no les gusta. He tenido a alumnos para los que Antonio Machado es cansino y deprimente como muchos autores españoles por no decir todos. ¿cómo vamos a pretender que gusten autores,caracterizados por el pesimismo y la tristeza, a jóvenes adolescentes que solo quieren divertirse? De ese modo es difícil que se entusiasmen con la lectura. Además existe el prejuicio en buena parte de los filólogos, especialistas y profesores, en demonizar otra literatura (Código Da vinci, Harry Potter, Crepúsculo…) cuando son los libros que causan furor. Eso demuestra que tal vez la mayoría de libros que se sugieren para la lectura en los institutos y universidades no interesan a la gran mayoría pero alguien ha dicho que todo lo que no sea Quijote, Lorca, Unamuno etc no es literatura sin vulgar entretenimiento. Pero el éxito de libros como Harry Potter, Crepúsculo demuestra que lo jóvenes si leen todo dependen del libro y del tema. Por tanto creo que los profes de literatura y los filólogos no son tan necesarios. El que quiere leer leerá y el que no, no. Además creo que no hay que preocuparse porque la gente lea o no. Lo importante es que la gente tenga los conocimientos necesarios para que pueda desenvolverse en la sociedad actual. Dichos conocimientos se pueden adquir hoy mediante muchos medios no solo el libro.
Un saludo a todos.
qué lástima, que frustración, que desesperanza e ignorancia en este chico… arrancar la literatura del desarrollo del conocimiento humano es como operarse las tetas… un engendro de la creación… entonces para tener su móvil y su microondas no fueron necesarias los siglos de letras y trasmisión del conocimiento… qué lástima, me paso la vida intentando salvar mis hijos de maestros víctimas de esta barbarie… como este… menos mal que no hay que leer solo de los libros… también se puede en las vallas publicitarias… le pregunté a mi hijo, rapero, poeta de hiphop, que le parecía tu opinión y te vio con el chándal mirando el fútbol… el tiene rastas y 17 años, y lee a joyce, a lezama y a borges… y escribe poesía… ya ves tú que menos mal que aun hay jóvenes que creen en la literatura… no habrán sido alumnos tuyos… que la paz esté contigo, hijo mío y harry potter te bendiga…