Tanto para aque­l­los que no estén famil­iar­iza­dos con la red de blogs his­pana, como para quienes no se ded­i­can a hur­gar en la blo­gos­fera con cier­ta fre­cuen­cia, quizás el nom­bre de Enrique Dans no les sug­iera nada. Sin embar­go, como par­to de que las almas cán­di­das que entran en este lugar invierten su tiem­po en otras cosas, hoy me gus­taría dedi­car­le una entra­da.

Enrique Dans, con más de 42.000 suscrip­tores en su blog, es uno de los blog­gers más influyentes en la red his­pana. ¿A qué se debe su éxi­to? Fun­da­men­tal­mente a los temas que toca —tec­nológi­cos, económi­cos y sobre chismes elec­tróni­cos—, que refle­jan los intere­ses del públi­co may­ori­tario de este tipo de medio; adereza­do esto con un pun­ti­to con­tes­tatario que raya lo pre­vis­i­ble, pero que gus­ta mucho a los lec­tores. Reconoz­co que lle­vo un tiem­po suscrito a su blog, y en oca­siones lo leo des­de la per­ple­ji­dad o, sen­cil­la­mente, des­de el desacuer­do; pero hay que recono­cer­le que es un buen comu­ni­cador que com­prende el medio en que se mueve y el públi­co para el que escribe, y eso, para quien visi­ta una cier­ta can­ti­dad de blogs a lo largo de día, es una rara y pre­ciosa cual­i­dad.

Si a estas alturas me pre­gun­taran, con razón, ¿y qué? Yo les con­tes­taría que me he leí­do la colum­na de Enrique Dans de hoy, que ded­i­ca a un tema que ya se empieza a repe­tir de man­era macha­cona: la vol­un­tad de los artis­tas y pro­mo­tores de que se con­ce­da a los provee­dores de Inter­net (ISPs) la fac­ul­tad para con­tro­lar a sus usuar­ios. Ya se sabe la his­to­ria, se envían has­ta tres adver­ten­cias por la descar­ga de mate­ri­ales suje­tos a copy­right, para, a la cuar­ta, pri­var­les de su conex­ión; es decir, el mod­e­lo Sarkozy.

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Esto, en el caso español, resul­ta un tan­to chocante: los españoles lle­va­mos pagan­do un tiem­po el omi­noso canon dig­i­tal —con el que, por cues­tiones de sen­ti­do común, no comul­go— que se car­ga al pre­cio de cualquier soporte sus­cep­ti­ble de alma­ce­nar mate­r­i­al dig­i­tal; algo que en prin­ci­pio, debería per­mi­tirnos copi­ar y dis­tribuir cualquier obra reg­istra­da libre­mente, inclu­so aunque no teng­amos el dere­cho para hac­er­lo. El caso es que aho­ra se nos quiere impon­er un con­trol extra, además de pagar por lo “ya roba­do” a los posee­dores legales del copy­right. Nadie va a dis­cu­tir que el argu­men­to hace aguas por todas partes, y que se tra­ta de un abu­so en toda regla. Y de ahí que Dans, jun­to con una amplia rep­re­sentación de la blo­gos­fera, hayan reac­ciona­do de man­era aira­da, pro­ponien­do que todos copiemos, que todos dis­tribuyamos y demás.

Y aquí ten­go que dis­en­tir muy a mi pesar. La reac­ción aira­da es com­pren­si­ble, y a veces es bueno ejercer el dere­cho al pata­leo; como es igual­mente evi­dente de que la copia de un mate­r­i­al que no nos pertenece, que no hemos com­pra­do, para su pos­te­ri­or dis­tribu­ción no es un deli­to en España. Pero esto no quiere decir que no sea moral­mente reprob­a­ble. Tan­to Enrique Dans como la recua que lo secun­da entona en este pun­to un can­to sobre la lib­er­tad de la cul­tura, ento­nan en oca­siones —a modo de pas­tiche inconexo— las bon­dades de los con­tenidos bajo licen­cia Cre­ative Com­mons o con códi­go abier­to (Open Source). La cuestión sería pre­gun­tarse cuán­tos de ellos gen­er­an por sí mis­mo con­tenidos que el resto con­sumiría y vicev­er­sa.

Yo no ten­go ningún prob­le­ma en que lim­iten mi acce­so a mate­ri­ales suje­tos a copy­right porque, sen­cil­la­mente, responde a un mecan­is­mo de legal­i­dad —ante la ley todos somos iguales— que hay que respetar: el con­cede a un creador, un his­to­ri­ador, un artista el dere­cho a cobrar un suel­do por el tra­ba­jo que real­iza; al igual que al inver­sor que apoya con su dinero la creación de esa obra. Esto, para cualquier per­sona cabal, es algo muy razon­able. Está claro que tam­poco estoy a favor de que ningún provee­dor de Inter­net o de tele­fonía con­t­role mi activi­dad en Inter­net; y esto no es porque yo ten­ga nada que ocul­tar, sino pre­cisa­mente al con­trario, porque nun­ca he sido un exhibi­cionista, y menos sin pre­vio avi­so.

Lle­ga­dos a este pun­to, es cuan­do me parece que las cosas se ponen com­pli­cadas, porque ten­emos dos dere­chos indis­cutibles en clara con­tra­posi­ción: el dere­cho a la pri­vaci­dad de las tele­co­mu­ni­ca­ciones y el dere­cho a percibir hon­o­rar­ios por una mer­cancía. La medi­da de Dans, jun­to con la de tan­tos otros redac­tores de blogs es bien sen­cil­la: descar­gad, copi­ad, com­par­tid… La respues­ta más fácil, más irre­spon­s­able y, evi­den­te­mente, la que más gus­ta leer. Mien­tras tan­to, uno sigue con los ojos puestos en Google Books, en Inter­net Archive y en tan­tos otros lugares donde se des­blo­quean mate­ri­ales que han per­di­do los dere­chos de explotación, y después echo un vis­ta­zo a la blo­gos­fera y —sal­vo algu­nas hon­rosas excep­ciones— un silen­cio abso­lu­to. Es más, jun­to con el silen­cio, la fal­ta total de conocimien­to y de uso de esas fuentes.

Lle­ga­dos a este pun­to, digo, a uno le da por pen­sar que quizás los que alu­den al dere­cho de copia, a la lib­er­tad de la cul­tur­al, son el fon­do unos román­ti­cos, unos ver­daderos adalides del dere­cho de las masas —sí, sí, porque pien­san en masas— a ilus­trarse, porque quieren cam­biar el mun­do y, muy socráti­cos, pien­san que el mal se cura con el conocimien­to. Esto es lo que se dice uno y entonces, por curiosi­dad, va a echarle un vis­ta­zo a la lista de lo más descar­ga­do del emule, sólo por curiosi­dad. Y se encuen­tra con esto:

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Claro, se le cae el alma a los pies, resul­ta que la amplia may­oría de usuar­ios del emule lo emplean para bajar los con­tenidos que las propias multi­na­cionales a las que ata­can cre­an para el públi­co. Y aquí la solu­ción no pasa por sacarse una foto con cara de pre­so, ni por entonar una pseu­do-aren­ga; sino que es un pro­ce­so largo que impli­ca que la gente empiece a com­par­tir cul­tura que escape a los cir­cuitos may­ori­tar­ios de dis­tribu­ción de la cul­tura, y que com­pre aque­l­los pro­duc­tos bajo copy­right que con­sidere que lo mere­cen. Nadie hace ningún favor a la cul­tura, ni ningún favor a la lib­er­tad en Inter­net, descargán­dose mate­ri­ales como los de la lista de arri­ba o sus deriva­dos, más bien al con­trario.